Una película de policías

Lo que en un principio parece un documental que resalta el heroísmo de algunos miembros de la policía, al final resulta ser un teatro de las apariencias, al igual que lo es la institución misma
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Alfonso Ruizpalacios

Cortesía de Netflix

La palabra «policía» es un galicismo que se remonta al siglo XVIII y cuyo origen etimológico se encuentra en el vocablo griego polis, que significa “varios” y también «ciudad-estado» (“política” y “policía” tienen la misma raíz).

Como organización estatal, la policía tiene como objetivo proteger y servir al ciudadano, garantizando su seguridad y el ejercicio de sus derechos y deberes. Pero lo cierto es que, en la práctica, la policía a lo largo de la historia ha sido una fuerza de coerción que se aleja del bien común y que responde a los intereses particulares y egoístas de los gobiernos de turno. Asimismo, los miembros de la policía, los cuales deberían tener una ética y moral intachable, han sucumbido a la corrupción inherente al poder que se les otorga. 

Hoy en día, la institución de la policía se encuentra en su punto más bajo, especialmente en países como Estados Unidos, México y Colombia, donde la brutalidad, el desmán y la mala interpretación de sus objetivos ha convertido a esta institución en la enemiga del derecho a la libertad de expresión y del derecho del ciudadano a protestar y a manifestarse contra los abusos del gobierno. 

Alfonso Ruizpalacios, el director de las excelentes cintas mexicanas Güeros y Museo, nos ofrece un nuevo trabajo llamado Una película de policías, el cual mezcla de una manera ingeniosa e innovadora el documental con el argumental (eso que antes se conocía como docudrama), enfatizando y haciendo referencia tanto la estructura narrativa del género policíaco, como a la vapuleada institución social. 

La cinta se inicia con la historia de Teresa, una mujer mexicana de treinta y cuatro años, cuyo padre fue policía y quien lleva más de diecisiete ejerciendo esta misma labor. Veremos cómo ella, sin ninguna experiencia previa, atiende un parto y ayuda a dar a luz a un bebé, debido a que la asistencia médica ha fallado en llegar a tiempo para cumplir con su labor. El espectador, al ser testigo de esta situación, sospecha que esta es una cinta que busca humanizar a los policías, haciendo ver que no todos son unas personas corruptas y violentas.  

Luego pasamos a la historia de Montoya, otro miembro de la policía que resulta ser la pareja sentimental de Teresa. Lo veremos vigilar un desfile realizado por la comunidad gay, sintiéndose incómodo, pero a la vez respetuoso del derecho de las personas a manifestarse. De hecho, soporta con estoicismo algunos irrespetos y abusos.

La buena factura y la música sesentera de Lalo Schiffrin refuerzan la atmósfera de una película policíaca de la vieja guardia, que busca rescatar y exponer el heroísmo de algunos miembros de esta fuerza de seguridad ciudadana. Pero, a la vez, nos hace sospechar que no estamos viendo un verdadero documental. 

Del mismo modo, luego de que el espectador ha percibido a Teresa y a Montoya como un par de buenos policías, comenzamos a ver como los dos reciben sobornos como si fuera algo cotidiano y normal dentro de su trabajo, y nos adentraremos en el pasado oscuro y difícil de la pareja, lo cual va cambiando sistemáticamente nuestra percepción. 

Más adelante, a la mitad de la cinta, descubriremos que Teresa y Montoya, conocidos como “la patrulla del amor”, son representados por dos actores que encarnan a los personajes extraídos de la vida real. Raúl Briones, el actor que interpreta a Montoya, nos habla de su antipatía por los policías y su formación demasiado apresurada para la enorme responsabilidad que deben asumir.  A su vez, Mónica Del Carmen, la actriz que interpreta a Teresa, también asume una visión crítica de la institución a la que su personaje pertenece. 

Al final, Ruizpalacios nos revela a los verdaderos policías: dos personas imperfectas que entran a una institución corrupta y quienes, al portar un uniforme que les otorga poder, terminan siendo parte del problema y no de la solución, como si ser policías fuera una cuestión de apariencias.