Claroscuro

Una mujer finge tener un color de piel diferente al suyo y otra reprime sus sentimientos, en una película delicada y sutil que nos habla sobre los prejuicios, tanto sociales como propios
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Rebecca Hall

Tessa Thompson, Ruth Nigga, Alexander Skarsgård, André Holland

Cortesía de Netflix

La actriz Rebecca Hall debuta como directora con Claroscuro, la adaptación de la obra homónima publicada en 1929 y escrita por Nella Larsen, una escritora afroamericana quien, en sus dos únicas novelas (la otra es Arenas movedizas) y en sus escasos relatos cortos, exploró la identidad sexual y racial de una manera muy adelantada a su tiempo. 

Tanto la novela como la película escrita y dirigida por Hall cuentan una historia ambientada en Harlem y que se centra en la reunión de dos amigas de colegio. La primera se llama Irene Redfield (Tessa Thompson), una mujer de clase media casada con un médico llamado Brian (André Holland) y con dos hijos. La segunda es Clare Kendry (Ruth Nigga), una mujer casada con John Bellew (Alexander Skarsgård), un banquero adinerado y en extremo racista. Clare se hace pasar como una mujer blanca para su pareja y para los demás, algo que se conoce en sociología como racial passing y de ahí el título original en inglés. Pero a lo largo de la historia intuimos que las dos también reprimen el amor que siente la una por la otra.

Aunque Irene critica la actitud de su amiga, lo cierto es que ella también disfruta de hacerse pasar por una mujer blanca para ingresar a lugares y obtener los beneficios reservados para los individuos de piel más clara que la suya. La delicada fotografía en blanco y negro de Eduard Grau (A Single Man), ayuda a convencernos del éxito de Clare al convencer a su marido de que él no está emparentado con una “negra”. 

Pese a su juego hipócrita, Clare es un espíritu libre, mientras que Irene, quien no tiene por qué ocultar su origen étnico a un esposo que es tan afroamericano como ella, asume una actitud conservadora y moralista. A esto se le suma tener como empleada doméstica a una mujer negra, a la que trata de una forma más bien despectiva. 

El deseo ardiente de Clare por compartir tiempo con su amiga, la lleva a escaparse continuamente de John y eso hace que vuelva a sentirse cómoda con lo que ella es. Sin embargo, su juego está destinado a la tragedia. 

La película de Hall mantiene el tono sobrio de la novela de Larsen, así como sus complejidades y sutilezas, dejando que sea el espectador quien realice sus propias interpretaciones de los diálogos y las situaciones que se presentan. Su cinta se siente muy teatral, enfocada en la palabra y en las interpretaciones de sus cuatro actores protagonistas. Sin embargo, la fotografía expresionista le otorga una cualidad etérea que contrasta con la realidad de Clare e Irene, dos mujeres prisioneras de los prejuicios, tanto externos como internos.