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Y Florence ascendió a los cielos

La líder de Florence and the Machine está de resaca. Quedamos con ella en un restaurante de Manhattan. Pide una copa de vino y se dispone a contarnos cómo, con solo 25 años, se ha convertido en el ser más barroco y celestial del pop actual. Por Vanessa Grigoriadis

08.01.2012 | 3 comentarios
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Y Florence ascendió a los cielos

Florence... like a virgin. (Foto: Nadav Kander)

Florence Welch entra en el reservado de un restaurante de Manhattan (Nueva York) y pide una copa de vino tinto. “Llevo todo el día esperando este momento”, dice, deslizando sus delicadas manos sobre la copa. Su apariencia es pulcra y digna, similar a la de una eficiente empleada de una librería: su pelo, del mismo color que las luces de freno de los coches, está recogido en un moño suelto, y lleva una ajustada blusa vintage debajo de un corto kimono negro. Al momento, mece la cabeza entre sus manos. “Dios, anoche actué en el bar de un hotel, y lo siguiente que sé es que estoy en una bañera redonda que hay en medio de la habitación de alguien”, revela con un lamento. “No había agua en la bañera, y ahí estuve un rato, pensando: ‘Vale, aquí me quedo un par de horas más”. Se frota las sienes: “Creo que me bebí unos 17 martinis con vodka”.

Esto no es algo extraño para welch, 25 años, la artista británica (de Londres) de “pop coral de cámara”, según su propia descripción, que desde hace unos años se ha convertido en algo parecido a Björk para el público de la era Crepúsculo. Hasta Beyoncé es fan declarada, y ha llegado a decir que su último disco está influenciado por la música de Welch. “Me encanta el álbum de Beyoncé”, dice Welch. “Lo he escuchado varias veces, intentando averiguar a qué se refiere exactamente: Mmm… ¿tal vez en esa parte de guitarra?”. En el escenario (además de ella, nueve músicos más, entre ellos un arpista y tres coristas, forman Florence and the Machine) Welch proyecta la imagen de una elegante y etérea heroína romántica. Canta sobre amores condenados y la belleza de la muerte, recreando las mismas macabras historias que la han fascinado desde niña: le encantaban los frescos del palacio de los Medici que relatan el martirio de Santa Ágata con los pechos siendo cercenados, o los violentos mitos griegos como el de Prometeo y su hígado comido por un águila. En su nuevo disco, Ceremonials, el drama de su exitoso primer disco, Lungs (2009), se ha intensificado gracias a las guitarras más rudas y una imaginería que compara explícitamente el suicidio con el enamoramiento, como cuando cuenta el placer que debió experimentar Virginia Woolf al suicidarse llenándose los bolsillos de piedras y caminando hacia las profundidades.

Fuera del escenario, Welch aparenta ser mucho más optimista, aunque está claro que es una artista complicada, con intensas emociones que van de la felicidad a la sensiblería o a la ansiedad, pasando por la autoparodia. Todo, en el tiempo que tarda en tomarse una copa de vino. Después de pedir “algo para picar” (aceitunas, espinacas y ensalada kale, de col rizada o repollo), repasa un poco la noche anterior, que culminó con la pérdida de su teléfono y de un empaste mientras comía un aperitivo vegetal; además, casi prende fuego a su habitación en el hotel Bowery al encender una vela no muy estable y dejarla en el aparador. “Al final acabé con el típico llanto de borracha, ese en el que no lloras de verdad, no es ni siquiera real, y encima te pones más fea que nunca”, dice: “En ese momento necesitas a tu mejor amiga para te anime y te diga: ‘Venga, ¡no pasa nada!’”.

Podríamos atribuir este comportamiento a su reciente ruptura con el que era su novio desde hacía cuatro años, editor de una revista británica – cuyo nombre, cuando surge, hace que los ojos de Welch se llenen de lágrimas – o también al estilo de vida de las giras y sus juergas, aunque asegura que no bebió ni una gota de alcohol cuando teloneó a U2 el pasado verano: “Me sentía como un gladiador en el Coliseo y necesitaba todas mis energías”. Desde hace tres años, cuando empezó a tener éxito, no ha podido descansar un mes entero. En medio de este torbellino no ha encontrado ni un momento para mudarse de la casa de su madre en el sur de Londres, donde vive desde que tenía 13 años. “No he tenido tiempo para independizarme”, comenta, y hace una pausa: “Sería terrible morir sin haberme marchado de la casa de mi madre”.

Cuando era niña, Welch, la menor de tres hermanos, dice que siempre se sentía atraída por la idea de las cantantes con el corazón roto: “A los 10 años, me ponía el camisón de mi madre con una copa llena de zumo de naranja y cantaba temas de Billie Holiday”. Los primeros temas que escribió trataban sobre rupturas: “Cosas como ‘Eso es lo último que me regaló, la rosa que está en la mesa, y está muerta… el cuadro de la pared se ha caído al suelo y se  ha roto’. Por supuesto, nada de eso ha sucedido todavía”. Como suele sucederles a las chicas súper dramáticas, soñaba con actuar en Broadway y no paraba de pedirles a sus padres entradas para ver musicales como Starlight express o Chicago. “¿Sabes que la mayoría de los adolescentes están desesperados por ir a conciertos?”, pregunta: “Pues yo me moría por ir a musicales”.

Welch componía obras en su litera, con personajes imaginarios que poseían superpoderes. “Pasé mucho tiempo intentando saltar de lo alto de mi litera con un paraguas, como Mary Poppins”, recuerda: “Me caí todas las veces”. También jugaba con tres niños que vivían en el mismo barrio. “Éramos muy buenos amigos, además de magos”, dice. A los 11 años, su madre, una profesora de arte renacentista, abandonó a su padre por el padre de otra familia. “Fue muy traumático”, asegura: “Nos mudamos todos juntos. Nosotros pensábamos que ellos eran raros y ellos pensaban que nosotros éramos unos ladrones. Pero creo que eso me ayudó a ser capaz de lidiar con casi todo, así que ahora creo que podría tratar con cualquier persona”.

En su nueva casa, los gustos musicales de Welch evolucionaron de las Spice Girls (“yo quería ser la spice pija”, asegura) al grunge y a Green Day. Hizo un conjuro con unas amigas: escribieron sus hechizos en los libros del colegio, y empezó a vestir de morado y a ponerse pintalabios negro, “una mezcla entre Fuera de onda y Jóvenes y brujas”. Un par de años más tarde pasó a escuchar a Lauryn Hill y a Wu-Tang Clan (“era una prostituta musical”, dice), y garage-rock.

A los 18, Welch se enamoró del guitarrista rítmico de un grupo entre los Libertines y los Stones. “Nadie en el colegio quería salir conmigo, así que cuando llegó el momento, estaba perdidamente enamorada”, recuerda: “Él me volvía completamente loca”. Se matriculó en la escuela de arte (“pintaba muchos dibujos en los que yo misma vomitaba mis entrañas o en los que yo era un pino languideciendo”), asistió a todos los conciertos de su novio, dejó la escuela para ser camarera en un pub para “estudiantes de arte y pacientes mentales”. También empezó a tocar canciones que había compuesto, como Kiss with a fist, en el sótano de una casa okupa en las noches de micros abiertos: “Yo no los llamaría conciertos. Eran algo como: ‘Hay un micro, voy a gritar un poco, son las tres de la mañana, las paredes están empapeladas con papel de burbujas”…

La transformación de chica descuidada a superestrella no tardaría en llegar, de la mano de su colaboración con Isabella Summers, una productora que solía cuidar de su primo cuando ella era una adolescente. Cuando volvimos a encontrarnos”, cuenta Summers, “Welch vestía mitad chica hip-hop con la parte de arriba de un biquini dorado y vaqueros blancos, y mitad Pipi Calzaslargas, con calcetines y zapatos grandes y vestidos cortos estilo grunge”. Conectaron de inmediato, aunque su método de composición no era nada convencional. Para Dog days se encerraron en el estudio, se subieron a unas sillas y pusieron Like a prayer, de Madonna, a todo volumen. Hicieron un montón de ruidos de arpa con un teclado y utilizaron los radiadores a modo de batería. “Intentábamos componer un éxito en media hora desde la nada”, recuerda Summers.

Unos años después, Welch se topó con Mairead Nash, la mitad de un dúo femenino de djs de la escena londinense (el nombre de la banda de Pete Doherty, Babyshambles, fue ocurrencia de Nash), en el baño de un club nocturno. Después de que Welch le regalase una ebria interpretación del clásico de Etta James Something’s got a hold on me, Nash la contrató para una fiesta navideña. A partir de ahí, sólo tuvo que dar un pequeño salto para pasar de “los baños a los premios Brits”, según Welch. ¿Qué opinan sus amigos y su antiguo novio de su éxito? “Eso me pregunto yo”, dice, mirando hacia arriba con una sonrisa coqueta: “Ni idea”.

“Odio las resacas, pero tienen algo especial. Son casi el estado perfecto para la creatividad, porque no estás despierta del todo y nada parece real”, Florence Welch después de una noche agitada

En 2008, tras pasar un año entero tocando en salas pequeñas de Londres, su mánager le llevó al festival de Austin South by Southwest, donde dio un concierto muy esperado, y en el que se encontraban Andrew VanWyngarden y Ben Goldwasser, de MGMT. Le ofrecieron abrir sus conciertos en su gira europea, a 30 euros por concierto. “El dinero justo para que los tres miembros de mi banda y yo nos lo repartiéramos para comprar bebida”, dice. “Andrew y yo nos intercambiábamos ropa. Yo tengo unas mallas suyas de danza verde lima, rajadas hasta el ombligo, que llevé en un festival”, añade. En aquella época llevaba el pelo de su color natural, castaño, pero una noche ella y VanWyngarden fueron a buscar un salón de belleza llamado Rock Hair en París. “No había dormido, había tomado un poco de válium y vino tinto, y Andrew quería hacerse un mullet [tipo de corte de pelo: corto por la parte superior del cráneo y largo por la nuca]”, cuenta Welch: “Yo me lo teñí de rojo con flequillo corto. Más tarde, sobria, intenté que fuera castaño de nuevo, pero fui incapaz. Mi verdadero yo no quería volver a aparecer”.

Con este aspecto de heroína pelirroja prerrafaelita, las letras de Welch sobre el placer de dejarse ir y cortejar a la muerte cobran aún más sentido. Pero fuera del escenario, dice que está “aterrorizada por la muerte”. Hace una pausa: “En mi música hay muchos elementos celestiales, infernales, paganos y reverenciales, pero la verdad es que creo que la muerte es probablemente la nada eterna, la desaparición en el vacío. Y no me gusta. El mundo es muy excitante y vibrante”.

Tras su cena de verdura y vino, Welch habitualmente se va pronto a dormir. “Hace poco vi varias películas románticas con una amiga, y nos dijimos: ‘¡No nos vamos a casar en la vida!”, comenta. Dice sentirse un poco culpable por no tener planes de boda y formar una familia, y por no tener claro si le gustaría vivir una vida más tradicional. “Aunque sea tan caótica, soy Virgo, y en mi trabajo soy una gran perfeccionista”, dice: “Creo que muchas de mis canciones tratan sobre el problema femenino de intentar ser perfecta, y aún así, sentirte culpable porque nunca conseguirás todo lo que pretendes. Así que la niña que hay en mi interior dice: ‘Que le den, ¿qué más da? Sal durante tres días, no serás capaz de conseguirlo de todas formas”. Suspira y añade: “Lo cierto es que aunque odio las resacas creo que tienen algo de especial. Son cosas que hay que hacer: un concierto, un tatuaje, emborracharse o componer. Son la mejor cura. Las resacas son casi el estado perfecto para la creatividad, porque no estás despierta del todo y nada parece real”.

Al día siguiente, a primera hora de la tarde, dedica un poco de tiempo a doblar la ropa: “Ahora que estoy soltera. Tengo que apañármelas sola, y puedo pasarme horas guardando cosas”. Luego sale a echar un vistazo a varias tiendas en Chelsea, Manhattan, después de que su ayudante le haya traído un remedio casero para sustituir el empaste que se le cayó la otra noche. “Empastes caseros, diversión asegurada en las giras con Florence Welch”, bromea, acariciándole la mejilla. Dice que no le importa haber perdido su móvil: “Creo que a veces es bueno perder cosas. Porque si vuelves a encontrar lo que has perdido, esa sensación de alivio casi hace que merezca la pena. Y si nunca has perdido nada, nunca habrás tenido esa sensación”.

Los sentimientos profundos, ya sea por la trascendencia de ver amanecer o de acabarse una botella de vino, son lo que mueve a Welch, y eso incluye aquellos que tienen que ver con el amor. Reflexiona: “El amor es un sentimiento enfermizo. Desde luego no creo que sea la sensación más agradable: es como estar loco y enfermo. Casi  te convierte en maníaco. Tengo la esperanza de que algún día pueda llegar a ese punto en el que me sienta cómoda con ello. En cuanto a ser soltera, bueno, lo soy desde hace poco tiempo, así que aún no sé exactamente cómo me siento”. En la tienda, Welch se mueve lentamente entre las estanterías llenas de ropa y joyería, con la actitud disciplinada de una cliente seria. Está pensando en comprarse algún vestido y un sombrero, siempre con esta pregunta en la cabeza: “¿Hace que parezca guay o que me parezca a Lady Marion [la mujer de Robin Hood]? Hay una fina línea que las separa”. Una hora después decide comprarse un bombín rojo con una pluma. “Estoy pasando una etapa de desorden obsesivo-compulsivo por el burdeos”, dice. “Siempre me siento atraía por un solo color, así que pienso: ‘Esto lo puedo conjuntar con aquello’. Y un día cualquiera me levanto, abro el armario y me doy cuenta: ‘¡Oh no, lo he vuelto a hacer otra vez!”.

Rebusca entre su cartera pero parece que no lleva dinero encima. “Nunca consigo controlar el saldo de mis tarjetas, así que siempre acabo escribiendo notas de ‘te debo’ a todo el mundo”, recuerda. Alguien de su entorno se para en un cajero antes de ir al concurrido bar del centro Freeman’s. En su exterior, Welch pasa la mano sobre un grafiti en la pared que reza: “Eso es lo que hay”. “Me encantan esos restaurantes que siempre tienen escrita en sus paredes alguna letra de los Strokes”, señala.

Welch tiene que coger un vuelo a Londres mañana a las cinco de la mañana, y ha decidido irse pronto a descansar. Pero de pronto se encuentra a un buen amigo, y rápidamente le da un abrazo pasando las manos por su cintura. “¡Qué casualidad!”, le dice. Y exclama: “Justo estaba pensando en no salir ni emborracharme esta noche, pero me parece que a lo mejor lo haré.” 

Comentarios

kira
15.01.2012 | 17:03
kira

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AAA
14.01.2012 | 12:34
AAA

Para mí Florence + the machine es de lo mejor que hay actualmente, y que conste que no me gusta el indie ni mierdas de modernos, pero esta chica tiene un algo especial, un reportaje muy bueno, gracias.

Sin Registrar
09.01.2012 | 14:11

Ésta chica quiere parecer tan guay que cosigue el efecto contrario. Menos pose y mejor música, chavala, que eres deprimente.

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