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Vetusta Morla: Un día en el pueblo con Vetusta Morla

por Manuel Piñón

01.05.2009 | sin comentarios
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Vetusta Morla: Un día en el pueblo con Vetusta Morla

En Villalvilla de Montejo, un pueblo de Segovia al que se llega tomando un desvío en el km. 134 de la A-1 que conduce por un camino de tierra, hay censadas veintidós personas. Sin embargo, sólo dos viven aquí todo el año. Casas de las que sólo queda una fachada semiderruida conviven con otras reformadas, o en el trance de serlo. Un par de albañiles alargan la hora del bocadillo mientras con- templan el paisaje desde el pequeño monte en el que se encuentra el pueblo.

Pasada la torre de tensión eléctrica que alimenta las casas, cerca de un pequeño riachuelo, se escucha a alguien cantar. Es Pucho (Madrid, 1979), voz de Vetusta Morla, que estira garganta, músculos y ánimo en un paseo matutino que ha convertido en rutina desde hace cuatro semanas. Las que lleva el grupo recluido aquí para preparar nuevas canciones y afrontar el siguiente tramo de una gira que ha superado ya el centenar de conciertos; entre otras cosas afrontan dos noches de ya confirmado lleno en el Circo Price de Madrid (30 abril y 1 mayo). En abril de 2008, cuando acababa de publicarse su exitoso debut Un día en el mundo , ya agotaban el aforo del madrileño Joy Eslava. “El 19 de abril, una fecha imposible olvidar", apunta Juanma Latorre (Alicante, 1977), guitarrista de la banda, que recibe a 'Rolling Stone' a la entrada del pueblo. Esa primera hazaña la refrendaron los siguientes conciertos y las ventas: más de 20 mil copias vendidas, una detrás de otra, sin trampa ni cartón. “El público ha sido el abanderado del grupo, el que se ha encargado del boca-oreja. Hay gente que nos ha dicho: ‘Llevo cinco años sin comprarme un disco, pero el vuestro me lo he pillado porque merece la pena gastarse el dinero en él", cuenta Guillermo Galván (Madrid, 1980), también guitarrista y nieto de la dueña de este refugio rural de Vetusta Morla.

El día anterior recibieron la noticia de que habían ganado tres Premios de la Música (autor revelación, artista revelación y mejor álbum de pop alternativo). Tenían planeado ir a comer cordero a la vecina Aranda de Duero y lo hicieron con doble motivo. Hasta ahí las celebraciones, porque hoy, que acaban con este encierro voluntario, tocan lentejas. “Y filetes, que hay que acabar comida", remata Guillermo. Mariano, un paisano de unos 70 años, llamará más tarde a la puerta para felicitarles: “Me enteré ayer en el telediario de Antena 3 y me alegré un montón", certifica.

En la sala está el resto de Vetusta Morla: Álvaro B. Baglietto (Madrid, 1974), bajista –“y encargado estos días de encender la chimenea", rematan sus compañeros–, Jorge González (Madrid, 1979), percusiones y programaciones, y David ‘El Indio' García (Madrid, 1979), batería con cara de comanche –“mi madre ya me llamaba ‘Indio' de pequeño", explica el propio David–, que sirve cañas con un grifo de cerveza que les ha regalado su mánager. Distribuidos por parejas en los tres dormitorios de la casa, han acondicionado un cuartito en el piso de arriba donde más tarde interpretarán para 'RS' tres canciones nuevas.

“Vinimos aquí para aprovechar al máximo el tiempo, poder tocar a las dos de la mañana si nos apetecía", explica Juanma, un tipo tranquilo que hace de una desarmante normalidad su carta de presentación. “Compartimos local de ensayo en Tres Cantos (Madrid) con otras bandas y hay que respetar los horarios de los demás. Aquí en cambio éramos solo nosotros y nuestra música, sin distracciones ni límites de tiempo".

Tiempo. esa es la gran diferencia entre los Vetusta Morla de hace un año y los de 2009. Mientras que antes Juanma empalmaba reuniones decisivas del grupo –“nos pasamos la vida reunidos", dirá cualquier miembro de Vetusta si les preguntas por separado– con entradas en su puesto de trabajo, ahora ya no tiene que mirar el reloj ni tomar más cafés de los estrictamente necesarios. Todos en el grupo han convertido la música en su única dedicación. Guillermo: “Ha sido una liberación. Nos hemos pasado un último año muy jodido; estábamos de conciertos hasta arriba y además la mayoría teníamos que trabajar de lunes a viernes". “Y aún así no hubo ningún fin de semana que no nos apeteciera ir a tocar", apunta Jorge. “También es cierto que ha ayudado mucho que nuestro equipo ha crecido y hemos podido permitirnos llevarnos un backliner, un técnico de sonido, un road mánager que se ocupase de conducir y los hoteles".

Y en ese paso de pobres a ricos, ¿os quedan automatismos como el de extrañarse cuando alguien te afina los instrumentos? 

(Guillermo) Puede que sí, aunque a la gente que trabaja con nosotros la conocemos del barrio, de toda la vida, y hemos intentado que todo siga siendo muy familiar. La primera vez que alguien te va a colgar una guitarra ya afinada no sabes muy bien cómo reaccionar. Pero es como cuando vas a un hotel y un botones se ofrece para llevarte la maleta; lo importante es dejar que te ayuden cuando lo necesitas, cuando llevas tres maletas, porque una la puedes llevar tú perfectamente.

¿Qué es lo próximo que os gustaría dejar de hacer? 

(Juanma) Todo lo relacionado con nuestro sello [Vetusta Morla crearon Pequeño Salto Mortal para autoeditarse]. Hay días que estás hasta las cejas de curro y desearías quitártelo de encima. Pensándolo en frío, lue- go ves la enorme ventaja que ha supuesto, porque manejarlo nosotros es lo que nos ha dado tanta libertad.(Jorge) Y eso que tomar una decisión en Vetusta Morla no es fácil. Tiene que ser por acuerdo, no por mayoría, y muy evaluada, después de darle muchas vueltas.

¿No hay derecho de veto?

(G) El veto es que si no hay consenso no se hace. Lo que sí que hay luego es un ‘periodo de convencimiento’; si uno no ve claro algo, los otros pueden estar durante quince días comiéndole la oreja para que lo vea. El problema es que, muchas veces, después de quince días suele haber alguno que cambia de opinión en el sentido contrario.

¿Qué decisión ha generado más debate?

(J) Cuando sacamos la edición especial del disco al principio. Había mucha incertidumbre y muchos parámetros que no manejábamos sobre distribución, y no sabíamos qué inversión hacer.

(Álvaro) Al final lo que hemos aprendido de toda estas decisiones es que dependen de una sensación interna, de que te haga ilusión. Todo lo que hemos hecho guiándonos por ese impulso ha salido bien.

(G) La edición de nuestro disco ha sido una palmada de dinero, era muy cara y la vendíamos muy barata, pero queríamos que ya que lo sacábamos fuera algo especial.

(D) Hecho artesanalmente disco a disco.

(Jo) Para que saliera mínimamente rentable tuvimos que encargar las transparencias, las piezas del puzzle y el embolsado en sitios distintos. Luego nos encerrábamos y nos poníamos a empaquetar.

Una pausa para explicar un par de detalles de la biografía de Vetusta que se han convertido ya en hitos del pop español reciente y amenazan con convertirse en leyendas urbanas. Sí, estuvieron casi diez años tocando sin publicar más que ocasionales EPs. No, no estuvieron amasando todo este tiempo las doce canciones de Un día en el mundo. Sí, estuvieron ahorrando todo ese tiempo el dinero ganado en conciertos para pagarse su debut. No, no rechazaron ofertas de multinacionales millonarias para abogar por la independencia –Guillermo: “eran del plan ‘déjame tu casa y que me folle a tu novia'; querían nuestro disco gratis y hacerse cargo sólo de la distribución"–. Y sí, la primera tirada de Un día...  (2.080 copias) incluía en cada disco una pieza distinta del puzzle que componía la portada del disco. Esa pieza, junto a las transparencias en las que venían las letras, fueron introducidas manualmente por los miembros de la banda. Ve ahora y dile a Amaia Montero –por decir una artista típica de multinacional– que haga lo mismo para su segundo LP.

“Cuando salió el disco yo curraba en una empresa de reformas", recuerda Álvaro. “A la hora de la comida iba a la oficina de nuestra distribuidora para ver cómo iban las ventas. Aparecía allí con el mono puesto. Los tipos flipaban. Después de unos días repitiendo la jugada,uno de los que curraban allí me dijo: ‘No hagas esto'”.

“Había mucha ansiedad por nuestra parte", reconoce Guillermo. “Acostumbrados a la venta directa, ver que en las tiendas se agotaban nuestros discos y no los reponían, el poco cariño que había, fue brutal. Nos destrozaba cuando alguien nos decían que en tal gran superficie no había encontrado nuestro LP, a pesar de que tú sabías que tenían pedidos nuestros sin vender".

Convicción. imprescindible para estar en Vetusta Morla. No se pondrían una boa de plumas, ni les verás tatuándose el nombre del grupo con una serpiente enroscada en las letras, pero se creen lo que están haciendo. “No voy a pedir disculpas a nadie por querer dedicarme a esto, que es esa actitud indie que tanto daño ha hecho a esta profesión de músico", razona Guillermo. No hace falta preguntar a sus cinco compañeros para saber que piensan exactamente igual. Y ahí va otro ingrediente: unidad. Si ya es difícil poner a dos músicos de acuerdo en algo –de Juan y Junior a Jota y Florent–, pensar en un sexteto en el que todos reman a una parece imposible. En Vetusta Morla lo hacen. Donde suele haber egos, ellos ponen canciones; donde esperarías detectar conflictos y facciones, sólo encuentras toneladas de compañerismo. Ejemplo para ilustrarlo: durante la gira, rotan en el reparto de habitaciones, equipo de producción incluido, para hacer piña. No hace falta pasar un día con ellos en un pueblo segoviano para comprobarlo, con unos minutos basta. Verles tocar en ese cuartito deconstruido en la foto superior es volver a creer.

“En mitad del relámpago llegó el mal de altura", canta Pucho leyendo la letra de un folio. Si las canciones del disco anterior sonaban épicas, prepárate para el gran sonido súper sinfónico de este tema todavía sin título. Sobre la marcha discuten sobre doblar el estribillo, añadir algún arreglo con las guitarras y hasta de meter coreografías con ¡pezoneras!

La intensidad que alcanzan contrasta con la de la canción siguiente, en la que citan el cuento de La princesa y el guisante. Arranca con un piano y un tempo que Pucho reclama como ‘Allegro sedante'. Sentados en banquetas y concentrados, el resto de la banda se miran y dan indicaciones los unos a los otros. Y llega la gran sorpresa: Maldita dulzura, con una guitarra amejicanada por la que Bunbury suspiraría. No la tienen completamente rematada, pero suena definitiva y tiene todo para convertirse en rival de Valiente o Copenhague. No cuesta imaginarse a su público sucumbiendo al escucharla. Ya ha pasado. “En Alicante un tío se desmayó en un concierto", cuenta Jorge. “Lo peor fue luego; Guille le lanzó una botella de agua  para que bebiera... que le impactó en la cabeza".

Desvanecimientos aparte, este grupo está provocando cambios y adhesiones. “No sabemos el qué, pero algo se está moviendo en torno a nuestra música", concluye Guillermo. Definirlo es cuestión de tiempo.

Foto: Raúl Córdoba.

 

 

 

 

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