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Especiales ENTREVISTA

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Robert Downey Jr.: la entrevista completa

Tipo duro, hablador superestrella. Él es todo lo que quieras que sea, y Iron Man, también.

01.06.2010 | 3 comentarios
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Robert Downey Jr.: la entrevista completa

Sentado en una tumbona de lona en un rincón vacío de Venice Beach, entre el paseo lleno de salas de tatuaje y el gris y vacío océano, Robert Downey Jr. está vestido para pasar desapercibido, con una sudadera negra con capucha y unas enormes gafas de cristales polarizados “como las que salen en la tele” que hacen que se parezca al boceto que hizo el FBI de Unabomber. Lleva unos pantalones anchos con cordeles de esos que los hombres sólo se ponen cuando sus otros pantalones están secándose y tienen que salir a abrir la puerta. Las prendas sueltas le permiten hacer movimientos variados: doblarse, retorcerse, estirarse, moverse nervioso e incluso rebozarse por la arena o tumbarse boca arriba y contemplar el cielo. Todo eso ayuda a Downey, de 45 años, a descargar toda la energía cuando lleva un rato hablando. Sobrio y triunfador, el pilar de dos billones de dólares de las franquicias de Sherlock Holmes y Iron Man es, por lo menos, tan vibrante y frenético como el tipo colocado y problemático que solía llenar las portadas de la prensa rosa hace una década. Hablar con él es como una tormenta de partículas en el espacio exterior, paréntesis sobre paréntesis, digresión sobre digresión, un flujo cósmico no lineal pero nada disparatado. Downey se niega a seguir ningún tipo de guión, sin centrarse nunca demasiado, siempre subyugado a una nueva idea. Ésa es la esencia de su mente, de su ser, y, podría decirse, de su genio como actor.

“Vamos a hacer una asociación de palabras,” dice.

“Viral”, digo yo, sin saber por qué.

 “Redundante”, responde Downey. No sé por qué.

“Esotérico”, añado.

Para un segundo. “Accesible”.

Dejo la siguiente palabra en blanco. Este juego no es el llamativo ejercicio de actor de método que esperaba. Tal vez Downey esté cansado. Es un serio devoto de Wing Chung, una disciplina de Kung Fu, pero hoy se ha estado quejando de una lesión en el hombro. Por ahora, sin embargo, está resistiéndose a tomar un Advil [un tipo de antiinflamatorio], reflejo de su riguroso compromiso de superación personal basado en lo natural.

 Lo intento de otra forma. “Vaginal”, digo.

 “Perfecto” [en francés].

Y lo es. Más que perfecto. Da miedo, es elegante, raro. Y lo dijo sin una pausa, como si su absurda delicia lingüística –“perfecto vaginal”, no puedo parar de decirlo– ya existiera en el subconsciente colectivo, y él simplemente lo buscara y lo recuperara.

El partido verbal continúa aunque, poco a poco, pierde vigor, acabándolo en “remordimiento” y “lametón”. Downey, cuya maestría se basa en el instinto –en su fe y obediencia a su instinto: recuerda su retorcida cara de negro en Tropic Thunder, una actuación que es un capricho convertido en una exigencia – sabe perfectamente cuándo volver a retomar el asunto.

El único problema es que es difícil saber cuál es el asunto. ¿Iron Man 2? Downey no saca el tema. Más tarde, al presionarle, dirá que ha sido “la lección más grande de toda su carrera”,  dejándome con la sensación de que “lección” es un eufemismo para “calvario”.

Él prefiere hablar de temas más abstractos. “Déjame que te lo diga de esta forma”, dice, respondiendo a una pregunta abierta sobre su estado mental en la actualidad. “Estoy en el continuo proceso de trascender los rituales basados en el miedo”. Le pido que lo explique un poco más, que lo aclare. Se retuerce en su silla y mueve la cabeza, primero a un lado, luego a otro, luego a otro. Los ajustes no paran nunca. Para Downey, que entrenó hace mucho como bailarín clásico y que aún se mueve como tal –columna arqueada, hombros cuadrados, pies asentados sólo ligeramente, cuello recto, barbilla levantada– incluso pensar es una actividad física.

“¿Supone una forma de pensamiento mágico o estoy fluyendo realmente?”, me dice con una mezcla de distancia meditativa y cercanía, de compromiso, para acto seguido explicar en qué se diferencian los rituales que llama “basados en el miedo” de los demás. “Depende de si el ritual es espontáneo o premeditado, dependiendo de algún tipo de necesidad de control”.

Es fácil menospreciar sonidos como los que vienen del mundo de la medicina natural ayurvédica [sistema curativo natural de India] pero no lo es tanto cuando la persona que los recita es un estupendo testimonio de su potencial reconstituyente. Downey –el  nuevo Downey con su orina limpia, que lleva siendo el nuevo Downey tantos años que se ha convertido en el Downey corriente– es un  ejemplo de recuperación, del poder del pensamiento positivo, de la búsqueda de la iluminación. Antes de que acabe el día, le veré abrazar y besar a su delgada mujer y compañera desde hace cinco años, Susan, que irradia serenidad. Es un abrazo y un beso real, que demuestra afecto verdadero.

Y también estoy a su lado mientras pone en su ordenador una canción hecha por su hijo Indio, de 16 años. Es  una canción apasionada y valiente. Y la abstracción de Downey al escucharla es también real. Veré también su epicúrea forma de beber un refresco orgánico de fruta. Es un ejemplo real de la felicidad que hay en un refresco líquido. Downey no sólo parece estable y limpio, también firme y destilado.

Su charla sobre la iluminación y la liberación se convierte en algo más fácil de entender una vez que aceptas que su dialecto particular y la cosmología híbrida que hay detrás, es una forma de música mental más que un sistema totalmente razonado. “En el momento en el que limpias tu pizarra”, asumiendo que “tu pizarra” es algo así como el contador mental que la gente utiliza para llevar la cuenta de sus derrotas y victorias en la vida, “cualquier cosa es posible”.

De una forma parecida –esquiva pero evocadora– describe la fase de su carrera que vino después de los años de intensa autoinmolación, y justo antes a esta etapa de constante esfuerzo y perpetuo autoescrutinio. “En el universo de Joseph Campbell, que habla de abandonar el camino de los demás, me encuentro ahí fuera, es frondoso y verde y hay abundancia, pero creo que al final todo se reduce simplemente a la supervivencia en la jungla”.

Traducción, creo: estuvo dando un paseo y se aburrió.

El Tao de Downey es borroso y enigmático, pero sus principios, aplicados correctamente, parece que dan resultados. Una vez limpio y con su pizarra vacía, Downey se preparó para su siguiente etapa –el cambio de dimensión que le ha convertido en lo que es ahora, la estrella de la secuela de un superhéroe, una secuela con uno de los principios más brutos de la historia del cine; el dueño de una productora en alza (sus empleados contestan al teléfono como “Equipo Downey”); y el propietario de un ultramoderno edificio de oficinas en Venice y de una paradisíaca urbanización en Malibú de miles de hectáreas con vistas al océano– haciendo ejercicios de flexibilidad artística mejorados gracias a las ceremonias de magia blanca.

“En relación a mi carrera, me tomé tiempo para prepararla”, dice sobre los años anteriores a su exitoso regreso. “Un poco de Zodiac por aquí, un poco de Fincher por allá, otro poco de Shaggy Dog [Cariño, estoy hecho un perro, en España], conseguí contratar un seguro y, entonces: ‘¡Boom!’ ”. El boom es el personaje protagonista de Iron Man, que Downey había estado codiciando persistentemente. El plan de dar vida a un superhéroe de cómic no sólo no le apetecía por ser todo lo contrario a la devoción por la complejidad con la que se ha ganado su credibilidad como actor, sino que lo contemplaba como una vigorosa atrocidad, “absolutamente viable en su profanidad”, cuyas reverberaciones le devolverían a la vida –a una mejor. Así que, hizo algunos conjuros astrales. Y no es una metáfora. Antes de su prueba para Iron Man, construyó, de verdad, a partir de materiales físicos, un “altar para la posibilidad de uno mismo” a partir de “objetos escogidos intuitivamente”, que incluía una foto del superhéroe y –ahora la cosa se pone misteriosa– “una varita mágica de piedra solar”.

Downey es acuario, y su locura, además de sus respuestas meta-mega conceptuales para las preguntas básicas (sobre su inesperada emergencia como intérprete de papeles de conocidísimos iconos culturales, suelta: “Me encanta cuando algo que parece imposible que se convierta en algo bueno acaba siéndolo, porque me recuerda que las cosas no son tan inalcanzables como creo que lo son cuando estoy en punto muerto”), hacen que sea difícil de entrevistar de una forma convencional o estructurada, pero también lo convierten en alguien con quien poder mantener una interesante charla.

Downey tiene el tipo de mente cuyas puertas de la percepción están siempre abiertas... abiertas a todo tipo de exageradas posibilidades. Está fascinado por los márgenes de la ciencia y la conspiración. Si existe un lenguaje de los pájaros, por ejemplo. O lo que el ejército ha estado haciendo realmente en el Laboratorio Nacional de Brookhaven, en Long Island, donde dice Downey que los investigadores han estado dirigiendo experimentos secretos para conseguir “súper soldados” con un aparato capaz de generar “tres niveles” de camuflaje: “Escondido, Invisible y Desaparecido”. ¿De verdad se cree Downey todo este material paranormal o es sólo, en sus palabras, un imaginativo entretenimiento de “sonidos hidropónicos”? Es algo que no está muy claro y que probablemente sea irrelevante. Es un omnívoro mental. Se comería casi cualquier cosa en cuanto a ideas o, por lo menos, las masticaría. Lo que se trague es otra cuestión. En parte porque toda esta psicodelia nace de un alma llena de sentido común, bien informada, modelada por la experiencia y moralmente sólida. De hecho, tiene algo del clásico tipo duro.

¿Cree que las drogas deberían ser legalizadas? De ninguna manera, ni siquiera la marihuana, a la que llama “la mayor destructora de la ambición de todas” y se lamenta de que una sustancia tan particularmente “insidiosa” sea tan ampliamente considerada como benigna. “Para mí la hierba es como si tienes una mesa con las esquinas más afiladas, las haces redondas, y no dejas de preguntarte cómo es posible que sigas haciéndote daño en las rodillas. Es porque ves las cosas de forma diferente a como son realmente”.

También tiene una visión sorprendente de la vida en la cárcel, cuyas descripciones en los medios son “bidimensionales”, le parece, que ponen demasiado énfasis en su supuesta brutalidad. De 1999 a 2000, Downey fue un recluso en la prisión del Estado de California por sus infames y recurrentes fracasos de limpiar su pizarra en materia de narcóticos durante mediados y finales de los noventa. “Cuando la puerta de la celda se cierra, es cuando estás seguro”, dice. “No hay nada, aparte de algún malvado funcionario, que pueda hacerte daño si estás en la celda correcta. De hecho estás en el lugar más seguro de la tierra. A salvo de los intrusos. De cualquier cosa que pudiera interferir en la espiral mortal”. Todo eso, mientras no compres droga en prisión: “Si sigues esos impulsos, acabarás endeudado con alguien que es tal amenaza para el bienestar público como para estar incluso en prisión”.

Pero su opinión más reaccionaria de todas tiene que ver con la grandeza, creatividad y vitalidad de Los Ángeles. No escucha ni una palabra en contra de la ciudad, o en contra de la industria del entretenimiento. “Es”, dice con una firme voz de patriotismo municipal, “como su propio nombre indica, una ciudad de ángeles”. La gente que tiene una visión de Los Ángeles más cínica y que cree que vencerá a las estadísticas –las tan desfavorables estadísticas que han vencido a otros como él– están condenados a perder, dice, y no pueden culpar por su fracaso a otra cosa más que a sus negativos prejuicios. “Me gusta el rencor en pequeñas dosis, pero si quieres zambullirte en una situación en la que crees que tu odio puede estar completamente justificado, bienvenido. Ven aquí y ve por tus propios ojos si simplemente estás en una parte diferente del casino”.

El sol, desdibujado y pálido tras las nubes, casi ha desaparecido en el horizonte. Hace frío en la playa y Downey se pone la capucha y se rodea a sí mismo con los brazos. La charla va decayendo y nuestra atención se centra ahora en un algo que lleva toda la tarde sucediendo más allá de nuestras tumbonas. El ronco ayudante de Downey, un tipo llamado Jimmy Rich, al que le quedan pocos espacios de piel sin tatuar en sus grandes brazos, está agachado entre una masa de cables, baterías y libros de instrucciones, preparándose para lanzar un cohete en miniatura. ¿Por qué? No lo sabemos. Tal vez sea un cortés intento de ofrecerle al periodista visitante una bonita metáfora visual de la trayectoria de Downey: de adicto a superestrella. O, tal vez, el lanzamiento es sólo una forma de agitar las neuronas del jefe, que se limpió de narcóticos pero aún necesita pequeñas emociones para mantener un cuelgue natural.

Finalmente el cohete está listo. Downey declina coger el control manual, así que Jimmy se echa hacia atrás y pulsa el botón. Nada. Toca algunos cables, vuelve a intentarlo, y el puntiagudo misil se levanta en un arco platónico, en cuyo apogeo hace saltar el paracaídas, que es capturado por una leve brisa que hace que frene su trayectoria y que aterrice unos pasos más allá de donde despegó.

Downey está maravillado por el elegante espectáculo. Prácticamente levita en su silla. Imaginar y entusiasmarse por las cosas que suceden ahí afuera es su tarea habitual ahora mismo.

“Conseguiste hacerte con él, colega”, le dice a Jimmy.

Hasta aquí el primer día, en Venice Beach. Hablamos sobre muchos principios espirituales, anticipamos muchas teorías de auto superación, acuñamos el brillante término inventado “perfecto vaginal”, y todo acabó bien, con el bello aterrizaje del cohete de juguete que parecía personificar la encantadora nueva vida de la estrella de cine.

El segundo día fue un poco más real.

El plan para hoy era conocer a Downey en su cuartel general, un búnker modernista a ras de suelo cuya primera planta se asemeja a una apacible sala de guerra tripulada por unos diez jóvenes de ropa informal que están tan acostumbrados a trabajar con ordenadores y teléfonos de última generación, que ni siquiera parece que estén trabajando. Su misión es promover lo que Downey llama “la marca”. Parece que disfruta en su papel de ejecutivo, saboreando la jerga de la moderna ciencia de la dirección tanto como el lenguaje de la psicomitología cuántica. Cuenta que su motivación para formar este equipo fue la de “tratar de conseguir una infraestructura flexible y capaz de amoldarse a la situación”.

Pero nuestra cita en sus oficinas no llegará nunca. Media hora antes de salir para Venice, mi móvil suena. “Soy Downey”, dice. Me habla de una frustrante mañana en la oficina, un lío o pelea que agotó su paciencia, y me informa que está de camino a mi hotel.

Su impulsiva decisión de separarse del Equipo Downey hace que mi cariño por él sea mayor, lo admito, porque parece que va en contra, de una forma muy humana, de algunas afirmaciones, duras y definitivas, que hizo ayer sobre la autodisciplina y la madurez que me hicieron sentir cobarde, blando y caótico, en definitiva, como un ser inferior. “La línea es la línea y el camino es el camino”, dijo. También: “He llegado a un punto en el que no puedo conformarme con nada menos que mi mejor intento de llevar una existencia recta”. Y la última, la más intransigente de todas: “Creo que hay un cierto tipo de personas para las que el camino a la libertad pasa por cargar a sus acciones con una responsabilidad que no puedan eludir”.

Downey se presenta en la puerta del hotel en un elegante Audi blanco que parece recién sacado del concesionario, virginal y luminoso, desde el inmaculado negro de las ruedas al parabrisas, tan limpio que parece invisible: debe de ser un modelo exclusivo para las estrellas de cine. Está solo en el coche: sin conductor, ayudante o capucha para evitar ser reconocido. Ayer, era una persona con un plan –ayudar al reportero a hacer su trabajo, sentarle en una tumbona viendo despegar un cohete comiendo aperitivos saludables de una maleta de picnic– pero hoy se encuentra en modo “pase lo que pase”.

Tiene puestos a los Doobie Brothers en el coche, claramente indiferente a la última moda, y está protestando por el carísimo interfono que acaba de instalar en su nueva casa. Se queja de que al teclado le falta un botón que le conecte directamente con Indio, justo lo que más le interesaba. Le dijo a su mujer que la ausencia de ese botón hace que el aparato sea inservible para él, y cuando ella le pidió que se calmara, él defendió agresivamente su derecho a mostrar su descontento por un producto defectuoso por el que ha pagado. Dejó el asunto sin resolver, me cuenta, porque tiene terapia de pareja programada para esta tarde. Downey reserva dos huecos por semana –paga por adelantado– con un terapeuta al que llama “el mejor loquero de América”. Dedica una sesión a mantener la relación con su mujer. La otra es un “flotador” que puede usar según sus necesidades. Él y Susan podrán solucionar el problema en la sesión de esta noche, dice, lo que parece relajarle.

Y sube el volumen de la música.

La importancia de la maquinaria resuelve-problemas en la que Downey confía para protegerse de sus propias debilidades y cagadas es enorme, y no el típico pasatiempo que suelen tener las estrellas. Por lo menos, no en este caso. “Las ramificaciones de un pequeño desliz no son lo que solían ser”, me dijo ayer. “Ya no es cosa de niños”. Aunque la verdad es que las cosas de niños, para Downey, nunca lo fueron. Eran más del tipo crack, heroína, juicios publicitados o encarcelamientos.

Su primer matrimonio, con la actriz Deborah Falconer, acabó siendo tan miserable y conflictivo que Downey pasó su 30 cumpleaños hecho un ovillo en el suelo, con el síndrome de abstinencia, mientras su mujer le miraba desde arriba, temblando de ira. Sus rendiciones normalmente estaban seguidas de un regreso que era el comienzo de una caída mucho más profunda, más terrorífica. Parte del problema, extrañamente, era su pertinaz profesionalidad y resistencia, o quizá su orgullo por ellas. “Solía pasar que me llevaban al set de rodaje en una furgoneta en cuya parte trasera estábamos de fiesta, me daban un poco de atún y me ponía a funcionar”. Esta capacidad para trabajar aunque se encontrara mal “era la esencia. Era mi autoestima”, dice. “Es tan triste, tan bonito. También dice algo de la condición humana. Hay algo en ello, que de una forma inmadura es una versión del honor”.

Hoy, en vez de disertar sobre los elementos, regímenes y creencias en los que ha confiado para dejar su larga y tortuosa juerga, parece que se siente obligado a recordar esos momentos. Conduce por las colinas de Hollywood para enseñarme la primera casa que se compró después de poner un pie en la industria, y luego baja por Sunset Boulevard pasando por los sitios en los que cometió sus delincuencias nocturnas, compartidas con colegas tan fiesteros como el que fuera ídolo de adolescentes Leif Garret, cuya compañía en clubes y bares, dice Downey, “siempre lo hacía todo más interesante”. Recuerda su gusto por los clubes de metal, garitos como el Flaming Colossus y su cariño a la banda de culto Faster Pussycat. También rememora el  sentimiento de vacío cuando todos los bares cerraban a las 4 de la mañana y su alivio cuando retomaba la acción a mediodía.

Conduciendo hacia el oeste, hacia la costa, en su nuevo Audi cuyo complicado panel frontal le desconcierta, sube el volumen de un oscuro tema de Elvis Costello, The Long Honeymoon. Sueña con colaborar con Costello algún día para crear un programa musical o un concierto   sobre cuyos detalles es bastante vago y sobre el que aún no le ha hablado a Costello. Podría pasar, o no. Downey está repleto de ideas y proyectos, incluyendo unas cuantas bastante detalladas para películas, pero le entristece estar demasiado ocupado actualmente, gracias a su tirón en las pantallas, su dinamismo y su aparente inmunidad a la sobreexposición. A finales de año empezará el rodaje de la secuela de Sherlock Holmes. También está grabando una película del espacio en 3D llamada Gravity, en la que da vida a un astronauta atrapado en una estropeada estación espacial que tiene que arreglar.

A medida que nos acercamos a la costa, Downey explica el incidente sucedido en la oficina hace unas horas y que le hizo abandonarla. La cosa empezó con su decisión de cancelar su viaje familiar anual al festival de Coachella.

Había varias razones logísticas para tomar esa decisión, pero la primera consideración era paternal: iba a llevar a su hijo de vacaciones a Italia pronto y le pareció que la excursión al festival musical, que además implicaría perder días de instituto, era muy indulgente, demasiado lujo. Pero antes de poder darle la noticia a su hijo –noticia que Downey sabía que sería complicada y que requeriría de toda su firmeza– un miembro del Equipo Downey se adelantó y abrió la caja de los truenos. Downey sintió que le habían usurpado sus derechos como padre, y así se lo hizo saber al infractor. Jefe descontento.

Comemos en un chiringuito en la playa de Malibú y Downey se toma un Dr. Pepper porque la bebida está asociada, cosas del márketing, con Iron  Man 2 y él quiere ser leal a la causa. Cuando la canción A Whiter Shade of Pale se desliza por los altavoces que hay en la pared, mueve la cabeza de una forma que deja claro que es una de las canciones más tristes que hay. ¿Por qué será, se pregunta? El puzle se queda sin resolver. Rompo el momento de melancolía al hacer la inevitable pregunta a la que muchos actores de la talla y el estatus de Downey suelen responder afirmativamente: ¿Siente algún deseo de dirigir? No exactamente. “¿Qué crees que he estado haciendo durante los últimos cinco años?”, dice.

Unos minutos después está apretando un botón para abrir la puerta de la casa que se ha pasado reformando la mayor parte del año. Tiene un estilo y unas vistas que parecen sacadas de un cuadro irreal. La fruta en los árboles parece haber sido colgada a mano, tan perfectamente espaciada en las ramas podadas por un experto. Los caminos están rastrillados y barridos y definidos por unas líneas tan puras e inmaculadas que parecen los caminos en miniatura de un país de cuento. Los interiores de la casa no llegan a tener esa perfección. Las habitaciones no están amuebladas del todo, y aunque impecables, aún dan sensación de austeridad.

“Ésta es la peor cafetera de la historia”, se queja Downey desde la cocina, mientras intenta preparar un expreso con un aparato que le hace esperar y esperar para obtener su chute de cafeína mientras una lucecilla verde en su costado se enciende y se apaga: debe estar pidiéndole paciencia al dueño mediante un oscuro proceso interno. “¿Cómo he podido escoger esta máquina de entre todas las demás opciones online? Blinkie, la cabrona con cara de japonesa”, dice Downey. Está bromeando, por supuesto, y exagerando su furia, pero de alguna forma parece genuinamente irritado. Primero el interfono equivocado, y ahora esto.

Justo en ese momento el miembro del Equipo Downey que se adelantó a él para contarle a su hijo que no habría festival este año, aparece en el umbral de la puerta. Se comporta mansamente y Downey ni le mira mientras su empleado intenta arreglar las cosas contándole que ha grabado, para el disfrute de Downey, experto en artes marciales, el especial del Definitivo Campeonato de Lucha. El jefe no actúa con frialdad, ni da miedo: está ausente, como si estuviera hablando por un teléfono imaginario.

Después de tomarnos el café, Downey me lleva a dar un paseo por su bella y enorme parcela, parándose a hablar con los jardineros que están ocupados podando, cavando y plantando. Uno de ellos le dice con una indirecta que un tractor sería de gran ayuda, y Downey promete comprárselo inmediatamente.

Seguimos el paseo y dice, “¿Ves? Hasta las quejas recaen sobre mí”. Creo que le entiendo. Las pequeñas e interminables cargas de tener los pies en la tierra y ser respetable después de haber estado, no hace tanto, perdido en el espacio y haber tenido una pésima reputación, le están desgastando un poco, tal vez.  “El problema es”, opina, “que tienes que trabajar en una doble franquicia para poder permitirte mantener el ritmo”.

Tiene, en las formas, una cualidad similar a la de Gatsby mientras pasea por este pedazo de paraíso del que es ahora dueño. Se siente orgulloso del lugar, pero de una forma distante, como si todavía no estuviera del todo convencido de su existencia. Me enseña el complejo de corrales de madera y establos fregados a conciencia en los que aún está decidiendo si llenar con caballos de verdad: “A lo mejor nos acabamos convirtiendo en gente de tipo ecuestre”. Yo no lo veo claro. No me da la impresión de tener la disposición del clásico criador de caballos, el tipo de persona que encuentra una gran satisfacción desenredando las crines, vaciando las alforjas, ajustando la silla de montar y trotando en círculos. Aunque no hay que olvidar que ya se ha reinventado a sí mismo antes.

En el borde del patio que tiene vistas a la autopista que bordea la costa, finalmente Downey entiende lo que su nueva casa significa para él, no tanto como una impresionante parte de una propiedad real, sino como una huella de cómo su vida ha cambiado de una forma que, me parece a mí, aún debe sorprenderle como algo majestuosamente inexplicable. “Ahí es donde todo se fue al diablo”, dice, mirando a un tramo de carretera bajo nosotros. “Solía conducir cerca de ese lugar con un sentimiento de desagrado, de amargo remordimiento. Ahí es donde tiré todo por la borda porque estaba enfermo. Y ahora pienso: ‘Dios mío, mi mujer y yo estaremos aquí hasta que nuestros nietos vayan a nuestro funeral. Siempre estaremos aquí. Nunca nos iremos. Qué locura”.

Hablando de su mujer, Downey me dice que ha llegado el momento de volver a la costa para asistir a la sesión de terapia de la que me habló antes, con el enfado del interfono: “Tengo que explicarle a mi mujer mi reacción durante 90 minutos delante de un profesional”.

Cuando Downey llega a la autopista con su Audi, los persistentes recuerdos y los prolongados traumas salen a la superficie de repente, espontáneamente.

Un torrente catártico, cáustico, cósmico, de palabras, imágenes y energías que probablemente hayan estado golpeando su cráneo durante todo el día. Emergen rápidamente, casi involuntariamente. Estamos de nuevo en 1996, el año en el que todo se le vino abajo: no sólo por la ley, sino por la justicia, en su sentido más amplio y profundo. Y justo en el último momento, lo acaba contando.

“Éste es el lugar histórico, hace años, en un Ford F-150, justo cuando el semáforo se puso en verde y justo cuando volvía de tener una atroz relación con sustancias altamente tóxicas.

¿Has conocido alguna vez al tipo de chica por la que estás seguro de que acabarías arrestado después de pasarte 16 horas follándote su boca? La conocí en un restaurante, se atragantó con una espina de pescado y tuve que hacerle la maniobra de Heimlich (compresión abdominal). Lo recuerdo como una noche gloriosa, ella me dijo que un productor  musical la estaba espiando –no me importaba– se volvió loca porque yo estaba colocado, ella estaba fuera de sus casillas.

A ver. Voy a situarte. Es cerca del mediodía.  Me siento listo para volver a Malibú. Tengo que tener cuidado con el coche, hay un arma dentro. Estoy destrozado, llevo a la chica en coche de vuelta a la ciudad, se vuelve loca porque sigo haciendo lo que siempre hago. La dejo en casa, supongo que aún espiada por el productor musical. Me siento bien. Vuelvo al coche con el arma. Tengo que llegar a casa a salvo, y justo cuando llego al semáforo, piso el acelerador. Veo a ese policía que YA me ha parado y me ha hecho la prueba de alcoholemia por lo menos un par de veces en los meses anteriores. Enciende las luces, me hace parar, y descubre muchos delitos graves. Por supuesto, el novio de mi camello paga la fianza, aparece con 10.000 dólares en billetes pequeños, de diez y de veinte, un tipo que tiene una pequeña tienda (su antiguo socio, Gary, era uno de los camellos con mejor aspecto que he conocido, del tipo técnico de sonido de Seals and Crofts reconvertido en camello de  cocaína de alta costura). El caso es que recuerdo que, cuando llegué a casa, probé la única cocaína que me supo tan bien como la que me tomé con mi padre y Jack Nicholson…

Y eso es porque antes del arresto estuve de fiesta, con el hijo de un fenómeno local. Él y sus colegas vinieron en el antiguo Jaguar de papá, un coche tan rápido que ni los pájaros podían apartarse. Era gente del tipo chino con dinero, y procedí a coger una enorme pieza de heroína negra como el alquitrán de uno de los bolsillos de mi pantalón de payaso, la puse en papel de plata e hice el mayor turulo de papel de aluminio Reynolds en la historia. Los tipos cogieron un cuelgue enorme –cinco putos Mensajeros del Miedo en mi salón durante dos días–, y entonces fue cuando me detuvieron. Y al volver me puse a pensar: ‘¿Dónde está esa cocaína tan buena?’. Y ahí estaba yo con una necesidad como nunca de anestesiarme. Mi mujer me había abandonado y se había llevado a mi hijo, mi vida era un puto desastre, y de repente mi cabeza hizo una conexión neuronal y me di cuenta de que la cocaína no podía estar en otro sitio más que en la basura, así que me puse a escarbar en ella y ahí estaba, tan pura y tan limpia, y ahí yo, en mi propia cocina, cocinando una roca –sin Vicodin, sin Valium, nada para relajarme, si acaso  el culo de la botella de Absolut Citron en la nevera– pensando: ‘Mejor, imposible’. El triunfo del espíritu.

Y lo siguiente que me pasa a eso es que me van a llevar en dos semanas bajo custodia por razones de lo más extrañas, y el teléfono suena y es el hijo del fenómeno que me dice: ‘Colega, ¿tienes un poco más de ese opio?’.

Por supuesto, le dije que era opio. Nunca se llama heroína, es un gran tabú. Pero ese material, ese fango mexicano que tenía, te cogía por los huevos y te destrozaba. Todos estos años esnifando coca y accidentalmente me meto con la heroína después de fumar crack por primera vez.

Finalmente, éste fue el punto más bajo de todos. Fumar yerba y fumar cocaína hace que te rindas y te quedes totalmente indefenso. La única salida de ese estado de desesperación es la intervención”.

Día dos, la autopista de la costa del Pacífico en Malibú.

Así es como acaba.

Con Downey contando la verdad –toda la verdad y nada más que la verdad, obligado por ninguna otra autoridad o juramento más que su frenético y salvaje apetito por seguir perdurando y evolucionando– sobre lo que sucedió antes de ser capaz de volver a empezar.

Comentarios

nicole
31.03.2011 | 02:56
nicole

Excelente entrevista yo también siempre he sido una admiradora de Rbert Downey Jr. esta entrevista me la puedo leer mil veces y no me aburriría lo AMO

runaway
15.09.2010 | 11:42

siempre he sido fan derobert downey jr, bravo por la entrevista!!!

veronicaroman
01.06.2010 | 13:12

Mooola

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