El hombre que no hace mucho titulaba una canción There’s no drinking after you’re dead [Ya no puedes beber cuando estás muerto] se mata ahora a cafés. “Dejé de beber hace muchos meses”, dice Paul Weller con una mezcla de orgullo y resignación. “De hecho, Sonik kicks es el primer disco que he grabado sobrio desde hace…”. Una salvaje y bochornosa borrachera en Praga, a finales de 2008, tuvo la culpa. Los tabloides británicos reprodujeron fotografías y vídeos en los que Weller y su entonces nueva novia, la joven Hannah Andrews (hoy su esposa y reciente madre de dos gemelos), progresaban como adolescentes hacia el estado etílico que finalmente les tumbó en la acera, prácticamente inmóviles. Así les encontró la policía, que les acompañó al hotel donde al día siguiente fueron interrogados. Este es uno de los vídeos de aquella noche:
En aquel momento, Paul Weller se había convertido en un habitual de la prensa amarilla inglesa. Recién publicado 22 dreams (2008), el álbum que resucitó su carrera en solitario y que inició una trilogía (que suma Wake up the nation y Sonik kicks) que reúne la mejor música que ha hecho en solitario, The Sun, Daily Mail y demás le hincaron el diente al saber que había abandonado a Samantha Stock, su pareja durante trece años y madre de dos de sus siete hijos, para irse a vivir con Hannah Andrews, una corista de 23 años que había colaborado en la grabación de 22 dreams. Paul acababa de cumplir 50 años, y las alusiones a una supuesta crisis de mediana edad no tardaron ni medio segundo en vestir los titulares, no de manera precisamente comprensiva hacia el músico.
Mientras su vida personal era un carrusel de cambios sucedidos a la luz pública –o quizá gracias a eso, como le preguntaremos despúés–, la inspiración musical parecía haber vuelto y con más fuerza que nunca. Al álbum doble 22 dreams, con gran acogida por parte de una crítica británica que ya le consideraba pieza de museo, le siguió Wake up the nation (2010), nominado al prestigioso Mercury Prize y elegido uno de los mejores álbumes del año.
Acompañado del enésimo café (“Los bebés no me dejan dormir mucho últimamente”, dice), Paul Weller cuenta que entró a grabar Sonik kicks “muy poco después de haber terminado Wake up the nation”, persiguiendo “el mismo espíritu de urgencia, improvisación y espontaneidad que había logrado con el anterior”.
Grabar tan deprisa, ¿tiene también que ver con una urgencia provocada por el paso del tiempo?
Sí, es importante… Espero vivir más, pero soy consciente de que envejezco y quiero hacer todo el trabajo que pueda, quiero dejar en el mundo tanto como sea posible.
La muerte en 2009 de tu padre, que fue tu mánager desde que empezaste, te afectó en ese sentido.
Sí, hace que pienses en tu propio tiempo restante. Pero también ha coincidido que mis últimos cinco años han sido muy creativos. Esos periodos no duran mucho, desde luego no duran para siempre, y hay que aprovecharlo al máximo. Puede que el año que viene ya no tenga nada que decir.
¿Te has descubierto en algún momento pensando en tu música en términos de “legado”, en lo que quedará de ti y cómo y por qué serás recordado?
No sé si he pensado exactamente en eso, es una cuestión más personal. Creo que la responsabilidad de un artista es dejar cuanto más trabajo en el mundo mejor. Si escribiera libros, intentaría escribir la mayor cantidad de libros que pudiera. Lo mismo pasa con la música. Es para lo que estoy aquí, para hacer música, así que ¿por qué no iba a hacer toda la que pudiera? Me defino por lo que hago.
No es una postura común, en cualquier caso. Lo normal hoy día es tardar mucho en grabar un nuevo álbum.
Por eso la música actual sufre tanto. Hay demasiadas bandas que hacen un buen disco y después se van a la mierda por haberse tomado dos o tres años de descanso. Yo vengo de una época distinta, en la que sacabas un álbum cada año. Eso se ha acabado. Pero esa frecuencia ayudaba a trabajar, practicar, descubrir, y cada disco era mejor y mejor. ¡Los Beatles grabaron trece discos en ocho años!
¿Consideras que todavía estás en etapa de aprendizaje?
Siempre. Siempre tienes que estar aprendiendo. Si sientes que no tienes nada más por aprender es mejor que pares, porque no podrás hacer nada bueno. Siempre he creído que eres tan bueno como tu último disco; es una ética de trabajo de la vieja escuela. Hay un montón de bandas que sacan un buen disco, se pasan un par de años de gira, promocionándolo, y al final de esos dos o tres años no tienen nuevas canciones porque se han pasado el tiempo tocando, sin aprender. También veo a mucha gente de mi edad que ha dejado de aprender, sólo piensan en su edad dorada. ¡Joder! No hay edad más dorada que la que estás viviendo.
¿Qué es lo último que has aprendido?
Hay cosas en mi último disco que son rompedoras, innovadoras. He aprendido que la música no tiene final, que las posibilidades son ilimitadas. Hay que afrontar la música como un lienzo en blanco. En realidad es algo que he aprendido desde 22 dreams [2008]. Las buenas reacciones de la gente ante ese disco fueron alentadoras.
¿En el sentido de que te lo jugabas a todo o nada con ese álbum, después de la crisis posterior a As is now (2005)?
No pensaba en esos términos. Me agrada que gustara a la gente, pero estaba haciendo un disco para mí, era pura indulgencia. Nunca puedes pensar en el público porque el efecto no se puede planear o planificar: a veces estás en total sintonía con el público, y a veces la música se pierde en el camino, no funciona la comunicación. Es así.
Después de As is now, y de los dos años de gira que le siguieron, llegaste a un punto en el que confesaste sentirte “creativamente vacío”. ¿Cómo lo superaste?
Dejé de dar conciertos, me tomé un año libre. No iba a hacer nada de trabajo, pero al final de ese año ya tenía hecho 22 dreams [risas]. Empecé a tocar con otra gente, a trabajar con otra gente, intentando salir de la caja en la que estaba. Después de As is now, la banda con la que estaba, que era fantástica, había llegado a un pico, no se podía ir más allá, no podíamos mejorar. Tuve que repensar muchas cosas. Pero creo que los cambios fueron buenos para mí y para todos.
Cambiaste a los músicos, también al productor, pero también viviste cambios personales: te separaste. ¿Sentías la necesidad de romper con todo para poder continuar?
Tendría que someterme a una sesión de psicoanálisis para descubrir si las dos cosas están conectadas. Es posible, pero no lo sé. En el terreno profesional, sí, desde luego fue una decisión meditada, consciente. En el personal, no lo sé. Conocí a otra persona, de la que me enamoré. Si eso formó parte de un proceso… no lo sé, sinceramente. Ahora estoy muy feliz con lo que tengo.
Tuviste otra crisis, quizá mayor, cuando terminó el proyecto The Style Council a finales de los 80. En el documental Into tomorrow, Dee C Lee, que era tu mujer entonces, te acusó de “sabotear tu felicidad” para recuperar la inspiración que relanzara tu carrera.
[Silencio] Es posible. Puede que tenga razón. Aunque darle la razón, por otra parte, me resulta simplista. Seguro que fue uno de los motivos, pero separarte de tu mujer, o de tu pareja… No lo haces si eres feliz. Si estás enamorado puedes volar, no estás atado a nada, eso te hace libre. Es como me siento ahora: soy muy feliz con mi mujer, siento que el cielo es el límite, que podría ir a cualquier lado. Pero, en cualquier caso, creo que [Dee] podría tener razón.
Quizá la pregunta es si pones la música por delante de tus relaciones personales.
Bien… Creo que sí lo hice entonces. No lo haría ahora, soy una persona diferente a la que era hace 20 años. Creo que he sido así durante gran parte de mi vida, pero no ahora. Sigo estando muy comprometido con mi música, me apasiona, pero no más de lo que me apasionan mi mujer y mis hijos y mi familia. Así que he cambiado. Probablemente para bien. Pero la música es una parte tan, tan importante de mi vida que entiendo que antes me comportara de manera egoísta. Sólo pensaba en tocar, tocar, grabar discos, hacer cualquier cosa que pudiera… Sigo igual de obsesionado, pero mi familia ya no es el segundo plato. Mis prioridades han cambiado.
En esa etapa de crisis, ¿alguna vez te cuestionaste tu propia relevancia?
Sí. Con frecuencia. Hubo un tiempo, antes incluso de As is now, en el que sentía que ya no tenía ninguna relevancia en la música. Pero ahora me siento más contemporáneo, siento que hago discos que suenan a hoy. A medida que te haces mayor, es difícil mantener el pulso de los tiempos en tus discos. Nunca imaginé seguir haciendo discos a esta edad, pero los hago, y tengo que lidiar con ello. Todo depende de la fuerza que tenga lo que haces. Y mis últimos dos discos han sido muy rompedores, personal pero también musicalmente. Y Sonik kicks… no escucho a muchas bandas, nuevas o viejas, que suenen así. Eso hace que, para mí, valga la pena.
Ya es la segunda vez que utilizas la palabra “rompedor” para referirte a lo que estás haciendo. ¿Quieres retar a tu público o a ti mismo?
A ambos.
¿Si tuvieras que elegir?
Lo haría por mí. Es lo más importante. Si hiciera música para satisfacer al público no tendría ningún sentido. Tengo que satisfacerme y retarme a mí mismo primero. Después, esperar que a la gente le guste, pero no puedo pensar mucho en eso. Puedo hacer el mejor disco de la historia, en mi opinión, publicarlo y que a nadie le guste.
¿Alguna vez te ha asustado ir demasiado lejos?
¿Se puede ir demasiado lejos? A mí siempre me preocupa no haber ido lo suficientemente lejos, no haber arriesgado del todo. Pero es una sensación que me gusta. Después de los últimos dos discos, al terminarlos me quedé pensando: “Deberías haber ido más lejos, deberías haber ido más lejos”. Y ese ha sido el motor que me ha empujado a hacer el siguiente disco.
¿Qué música te ha inspirado para grabar Sonik kicks?
Nada en particular. Sentía que estábamos trabajando aislados, como si estuviéramos en el espacio. No había nada alrededor. Escucho muchos tipos de música distintos. ¡Deberías ver lo que llevo en el coche! Música brasileña, folk inglés, jazz… de todo.
¿Sigues comprando discos en las tiendas?
Todo el tiempo.
¿Nada de Internet?
Yo no, pero a veces le encargo a mi mujer que busque algo. Yo estoy todo el tiempo yendo a comprar discos.
Y eso que cada vez hay menos tiendas.
En Londres sólo quedan unas pocas tiendas independientes, tipo Rough Trade, Sister Ray y sitios así, que son buenos. Pero la mayoría van cerrando. Es triste, porque me encanta ir a una tienda de discos, mirar los estantes y salir con diez discos de los que no tenía noticia. Eso, esa sensación personal, no pasa en Internet. Si llega un día en que todo se compre por Internet será un día triste.
Y si llega el día en que la música no se edita físicamente, en CD o como sea, ¿seguirás en el negocio?
Tendré que seguir, sí, pero con pena. La gran colección de música que tengo en casa… Quiero que cuando muera pueda dejársela a mis hijos y decirles: “Tomad, aquí está vuestra herencia”. Ellos podrán elegir entre quedárselo y escucharlo o deshacerse de ello. Pero me pregunto cómo les pasarán ellos su música a sus hijos. ¿En un microchip? Se perderá el esplendor, la belleza de mirar las portadas, oler los álbumes… El aspecto físico de la música. No es la misma experiencia. Es igual que con los libros. Un libro puede estar estropeado, pero ha sido leído, ha sido amado. No es lo mismo leer en un iPad.
¿Cuál es el mejor disco que has comprado últimamente?
Me ha gustado mucho el último de Baxter Dury, Happy soup. También Memory Case EP, de una banda que se llama The Early Years, o lo que hacen Erland & The Carnival. Últimamente he estado ocupado con mis bebés, pero de normal voy una vez a la semana a una tienda de discos y suelo comprar unos diez, la mayor parte nuevos. De esos diez, unos siete u ocho acaban en la basura porque son una puta mierda. Me suelo quedar un par. Leo muchas críticas en las revistas que dicen “esto es brillante”, y luego resulta que es basura.
¿Como qué?
Muchas cosas, todas esas bandas tipo White Denim, Decemberists, esas bandas americanas sin ninguna gracia que parecen cazadores de osos. Hay miles. En cuanto a la música inglesa, tampoco hay mucho, la verdad. Todavía estamos con el pos-indie tipo Libertines, vaqueros ajustados y ropas mugrientas.
Volveremos sobre eso. Tus letras, aunque abstractas e improvisadas en muchas canciones de tus últimos álbumes, también han vuelto a reflejar asuntos políticos, hoy todos bastante horribles.
Siempre lo han sido.
Quizá ahora más que cuando compusiste The Eton rifles (1979), una de tus canciones en The Jam más reconocidas, incluso por el primer ministro David Cameron…
[Gruñido] Es extraño cómo alguien puede estar tan confundido sobre un tema, cómo no podía ver que era un ataque contra él, bueno, no contra él directamente, pero contra su clase de los privilegiados. Eso demuestra que hay gente que escucha música sin prestarle ninguna atención, como si fuera un sonido de fondo. Eton rifles va de la marcha Right to Work [Derecho a trabajar] que, en 1979, fue de Liverpool hasta el Parlamento, en Westminster. Pasaron por el colegio Eton [el más selecto de Inglaterra] y hubo una pelea entre los trabajadores y los alumnos. David Cameron fue a Eton. Es raro. Que alguien que no entiende esa letra esté a cargo del gobierno es terrorífico.
A mucha gente le parece terrorífico David Cameron, pero no parecen apoyar a la oposición laborista, a tenor de las encuestas.
Es que son iguales. Van a los mismos colegios, a las mismas universidades, todos son buenos chicos de clase media. No puedo ver ninguna diferencia entre ellos.
Pero dijiste que votarías laborista la última vez.
No voté la última vez. Estoy hasta los cojones de todos ellos.
¿Te da lo mismo que gobiernen unos u otros?
Siempre he odiado a los ‘tories’, por ser ‘tories’, por Thatcher, por todo lo que hicieron en los setenta y ochenta. Pero ahora es muy difícil encontrar diferencias entre los dos partidos. […] Aunque ahora, mientras lo estoy diciendo, pienso que me arrepiento de no haber votado, la próxima vez lo haré. Hay un político laborista, Tony Benn, un socialista de la vieja escuela, que el otro día escribía que “el cinismo es el mayor enemigo que puede tener una persona”. El hombre tiene razón. Dejémonos de cinismos y votemos. Aunque es duro, ¿no? No se quita uno la sensación de que la voz del pueblo no se oye, o que sea importante para los políticos.
Londres también ha vivido su experiencia de indignación popular, Ocuppy London.
Fue genial, una de las mejores cosas que ha pasado últimamente.
Sin embargo, al contrario de lo que sucedía en los ochenta en Inglaterra, las bandas jóvenes no parecen acompañar con su compromiso las protestas generacionales. ¿Por qué crees que pasa esto?
Creo que es por la situación de la política en los últimos 15 ó 20 años. Las políticas las dirigen los medios de comunicación, todo se queda y se discute en la superficie. Bajo esa superficie, están los billones gastados en Irak y Afganistán, la crisis y recesión a la que nos han llevado los bancos y los banqueros, que aun así se llevan sus bonus millonarios. Pero en Occidente la gente es muy materialista, si tienen sus pantallas de plasma, sus iPads, sus ordenadores… Prefieren sus seguridades materiales. Pero qué importa lo que yo diga. Yo no soy político, soy músico.
También lo eras cuando creaste Red Wedge, el colectivo de músicos que giró por Inglaterra para pedir el voto contra Thatcher, a favor de Neil Kinnock (Partido Laborista) en las elecciones de 1987. Aunque después te arrepentiste.
No me arrepiento de haberlo hecho contra ella, me arrepiento de haberlo hecho dentro de Red Wedge, por lo utilizado que fue por el Partido Laborista. Pero el ambiente, el espíritu de la gente que participó fue muy positivo porque sabíamos que lo estábamos haciendo por los motivos correctos, aunque luego los políticos nos utilizaran.
¿Volverías a hacer algo parecido?
No por ningún partido. Creo que es importante involucrarse para hacer llegar mensajes a la gente, pero soy reacio a hacerlo de la mano de un partido concreto. Lo haría para defender la libertad, la verdad, y para parar la guerra, pero no lo haría por un partido, no son dignos de confianza. Hay muy pocos políticos que quieran cambiar las cosas, y desde luego no son los que están en el poder, esos se olvidan muy pronto del servicio público. Mira Tony Blair, que resultó ser un puto criminal de guerra.
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01.04.2013
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