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Especiales ENTREVISTA

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Loquillo. Historia de tres ciudades

por Darío Vico

01.01.2010 | sin comentarios
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Loquillo. Historia de tres ciudades

Celebramos sus treinta años de carrera acompañando al ‘loco’ por las calles de las tres urbes que han marcado su intensa vida y obra: Barcelona, Madrid y San Sebastián.
 

Sobremesa en Zaranda, un pequeño restaurante del barrio de Chamberí. Se retiran los postres y la conversación surge al amparo del café, las propiedades digestivas de un agua con gas – “Con una rodaja de limón, por favor”, requiere Loquillo– y una postrera copa  que ayudan a nuestro protagonista a recordar en primera persona sus pasos por las tres ciudades que han marcado su vida y carrera: la Barcelona de finales de los 70, en la que creció en una familia obrera y renació como rocker; el Madrid de los 80, donde fue el primer dandi después de que la especie pareciera extinguirse un tercio de siglo atrás; y la San Sebastián del cambio de milenio, en la que maduró de estrella de rockanrol a cabeza de familia: de la suya propia... y de la del rock español.

 

BARCELONA. Aquella ciudad que fue mágica
La Barcelona del 77 al 80 fue la ciudad mas libre que ha habido en España... Todo empezó a moverse de nuevo allí. Sentía que vivía en una ciudad subterránea, libertaria, underground, pero que aglutinaba a trescientas mil personas, una Barcelona oculta pero cada vez más emergente que era una amenaza al status quo de los partidos tradicionales. Nadie quiere hablar de aquella Barcelona, fue algo muy fuerte, lo ocultaron; cuando llegó Pujol la borró, la criminalizó. Primero fue la quema de la sala Scala por un supuesto grupo anarquista, cuando todo el mundo sabía que habían sido los servicios secretos de Martín Villa. Luego, el atentado de Terra Lliure a Jiménez Losantos... Se hizo todo lo posible por romper esa ciudad, de la que yo puedo considerarme legítimamente hijo...

El Clot es un barrio de emigrantes, siempre lo fue y ahora lo ha vuelto a ser, en eso no ha cambiado. Antes eran aragoneses, andaluces y murcianos, y ahora marroquíes, colombianos y ecuatorianos. Simplemente, ahora cada uno habla un idioma distinto. Es un barrio creado y criado en la inmigración, cosa que me parece muy interesante, un barrio anarquista, el primero en el que se levantaron las barricadas el 18 de julio. Parte de mi familia era de la CNT y la otra parte, del POUM. Mis abuelos tenían una carbonería justo delante de donde se escondía Durruti.  Con eso te lo digo todo, ése es mi barrio, ésa es mi familia, ahí crecí yo.

En los setenta era un barrio duro, un barrio obrero, estaba la Olivetti, una de las empresas más importantes de la ciudad y donde se organizaban las mayores huelgas. Yo nací al lado de una estación de tren y veía todo el rato los trenes pasar delante de mi casa, pim pam, pim pam, y de ahí me viene la eterna sensación de tener que huir, de soñar con marcharme en uno de aquellos trenes. Siempre he sabido que tenía que ir a un sitio, nunca he sabido muy bien cuál. Y la sigo teniendo, creo que eso me salva.

[Último sorbo al café. Siempre  cada gesto con elegancia novecentista, más la de un Ferrer i Guàrdia que la de un Romanones, claro]. Mi padre nunca perdonó a la izquierda que pactó con el poder. La democracia pasó de largo por mi casa, se olvidó a toda la gente que había estado luchando durante tantos años. No me jodas. Yo era un chico muy reflexivo, muy ‘para adentro’. Era el hijo de un perdedor y sabía que me lo iban a recordar siempre. Pero nadie iba a sentirse mejor que yo porque sí. Así que, lo primero era salir de ahí, del agujero... La traducción de Clot al castellano es agujero. No había futuro, en eso tenía razón el punk. Estaba la música o la delincuencia. Algunos de mis amigos se dedicaron a atracar bancos; mi historia, ya la sabes. Pero hubo un tiempo que pasábamos el tiempo escuchando música juntos. Nada de los Chunguitos, no; rockanrol, los Clash. Quizás es que yo mantuve ese orgullo de barrio, ya sabes, eso de que había que ser honrado. Lo intenté con el baloncesto, era segundo base, y podía haber sido bueno, pero no había dinero para seguir con eso ni para ir a la universidad. Yo dormía en el pasillo de mi casa. Y escapé.

Ramblas, Ramblas, Ramblas... todo sucedía allí, y allí lo aprendí todo, la Avenida de la Luz, la calle Pelayo, los garitos del Raval y el barrio chino... Walk on the wild side, colega. Lou Reed y los Burning no mentían. Y para salir adelante, te lo montabas. Traficabas, currabas en lo que podías, era lo que había... Muy divertido. Sonaba rockanrol en todas partes. Punkies y rockers íbamos juntos, currábamos a los hippies, nuestro enemigo, así de claro. Estaban pasando tantas cosas que era tiempo de anfetas, no de ácidos. Cosas que quisieron borrar; hasta físicamente. ¿Donde está aquella Barceloneta, el parque de atracciones de Monjuit, el salón Cibeles...? De las Ramblas van a quitar hasta los pajaritos. La ciudad que conocí ya no está, pero no me importa, tu patria es tu infancia, a partir de ahí... Todo es decadencia. Murió la Barcelona underground, la Barcelona de revistas como Disco Express y Star... Murió porque llegó la democracia y todo se normalizó, se quiso normalizar. Entró el nacionalismo y no querían una ciudad cosmopolita, porque consideraban que lo cosmopolita era españolista. Y aún hoy ocurre...

Pero no me dejo llevar por la nostalgia. Aquello se acabó; nací allí, viví un tiempo y luego me largué. Nunca me harán un momumento allí ni podría volver a hacer otra canción sobre Barcelona.

 

MADRID. Sin problemas con las mujeres  

Mis primeros viajes a Madrid fueron muy curiosos... Primero vine a jugar un campeonato de baloncesto con el colegio Alpe, sería el 77... Y luego, en el 79, a hacer coros en Aplauso en los playbacks de Sleepy LaBeef y Robert Gordon. Comparado con la Barcelona en la que yo vivía entonces, Madrid parecía estar muy atrás. Pero en el año 1980, Barcelona ‘dejó de ser’ y Madrid recogió los restos del naufragio. Ouka Leele, Ceseepe, Nazario, El Hortelano, Mariscal, todo el underground de Barcelona se largó para Madrid. En dos años se fue todo el mundo. Y yo también, claro. Madrid fue el lugar al que vinimos a parar los disidentes. Yo había grabado en Barcelona un disco antes de ir a la mili, Los tiempos están cambiando, peronada más lanzarlo pasé dos años en un barco viendo cómo las cosas fluían y cómo mi nombre se iba agigantando. Mientras, Madrid se iba convirtiendo en ‘el lugar’. Para mí Madrid era el mundo. Yo iba a Rockola, dejaba el petate y siempre tenía con quien irme a dormir. No había otra. Las chicas eran muy agradables, siempre me dejaban dormir en sus casas. Nunca tuve problemas, salvo una vez que tuve que irme a dormir con Kike Turmix... y sus calcetines. Creo que fue el único momento complicado en todas aquellas noches, aunque ahora lo recuerdo con mucho cariño.

Porque cuando Sabino y yo llegábamos a Madrid, la gente encerraba a sus chicas en casa. No es una machada por mi parte, nosotros siempre hemos sido caballeros. Pero nos hacía gracia que se dijera eso de nosotros. Éramos depredadores. Imparables. Lo digo con simpatía y gracia, eh, pero las cosas como son. A las ‘chicas bien’ siempre les han gustado los ‘chicos mal’, quieras o no. Nos encantaba verlas pintadas de negro, aquellas chicas góticas, uffff. No había pasta pero era divertido. En aquellas noches de primeros de los ochenta en Madrid, siempre había un sitio al que ir y otro en el que quedarse. Fantástico.

Cuando el barco donde hacía la mili atracaba en Cartagena, Ferrol o San Fernando y me daban un permiso, me metía en un autobús lleno de quintos y, a las primeras de cambio, me plantaba en Madrid. A Barcelona ya apenas iba; recuerdo que la primera
vez que fui en dos meses, para desfilar como gastador en el puerto, me pusieron una guardia, y no pude pisar la ciudad. Aquella noche compuse Barcelona ciudad. Pero no sentía nostalgia de estar allí porque tenía Madrid. Siempre recordaré aquella emoción de cada vez que me bajaba del autobús, creo que me tocó vivir los mejores años en mi mejor momento. En Madrid todos coincidíamos en que era fundamental salir guapo de casa. Si no tenías un buen look, ¿quién eras? Nadie. Recuerdo lo divertido que era llegar a los sitios en los que sólo podían entrar los que molaban. Era cuestión de supervivencia y también un signo de identidad: desde el principio tenías que tener claro que eras una estrella o no eras nadie. Te mirabas al espejo antes de salir y te decías “Tú eres una estrella y se acabó”. No había duda, si te dejaban sin entrar en un local donde estaba todo el mundo esperándote, mejor que te cayeras allí mismo muerto. A mí no me pasó jamás.

Grabábamos de noche. La gente iba al Rockola y luego, cuando cerraban, se venía al estudio. El ritmo del garaje y ¿Dónde estabas tú en el 77? son dos discos absolutamente madrileños. Igual que el último, Balmoral: qué curioso, tantas vueltas para volver tiempo después al mismo sitio... Para nosotros, venir aquí, estar siempre rodeados por unas chicas increíbles y  que nos pagaran por grabar nuestra música, eran cosas increíbles. Pero cumplíamos, eh, éramos, a nuestra manera, unos  perfectos profesionales. ¿Dónde estabas tú... es un disco en el que se nota de principio a fin la influencia de aquel Madrid gótico, fascinado por el sonido y las maravillosas chicas de negro que veíamos por la noche. Todo eso mezclado con el rockabilly. Es uno de mis discos favoritos...

Yo nunca fui un rockabilly al uso, era un rocker, algo muy diferente, y al llegar a Madrid me encontré con unos tipos que también eran diferentes. Alaska, Ana Curra; Jaime Urrutia, Edi Clavo... Pero, sobre todo, sentí una afinidad muy especial con Eduardo Benavente: todos sabíamos que estaba destinado a hacer algo grande. Para mí, fue el Eddie Cochran español. ¿Hacia dónde hubiera ido el rock español, si hubiera seguido vivo? Cuando nos enteramos de su muerte, fue un palo tremendo; estábamos escuchando las mezclas de El Ritmo del Garaje, precisamente Accidente de circulación, y decidimos que nunca más íbamos a tocarla en directo.

Ese Madrid termina el día en que se quemó Alcalá 20. Creo que fue en diciembre del 83. Siempre he dicho que tuve mucha suerte esa noche; yo había quedado ahí, y cuando salíamos, la chica que me acompañaba se dio cuenta que se había dejado el bolso en el guardarropía del Rockola. Bajé del taxi a buscárselo, hice cola, se lo llevé, y cuando llegamos, estaban dando la noticia de que estaba pasando algo terrible dentro. No sé por qué tuve la sensación de que ahí se acabó todo lo genuino y empezó el folklore; los buenos tiempos habían acabado. Pero nosotros estuvimos allí para disfrutarlos.

 

MADRID (Bis). El tiempo que duró una fiesta
Descubrimos que existía otro Madrid cuando llegamos por primera vez a Balmoral, a mediados de los 80. Lo utilizábamos como lugar de reunión cuando teníamos que hablar de negocios, luego acabó siendo mucho más. Pero ya nos empezábamos a fascinar y familiarizar con el Madrid del que hablaba Jaime Urrutia en sus canciones; Barcelona se había convertido en una ciudad de diseño, y aquí se reivindicaba lo añejo. Para mí Gabinete son el sinónimo de rock madrileño, de la ciudad. Y se estableció una cierta competencia entre Sabino y Jaime: una necesidad personal por reflejar su ciudad... Era algo muy interesante.

En el 96 regresé a Madrid, por razones X. Dos amigos míos, Pere Ponce y Óscar Aibar, tenían un piso en la Torre de Madrid, en plena Plaza de España. Me alquilaron una parte y empecé a vivir aquí de nuevo, aunque curiosamente, por primera vez con un lugar fijo donde dormir.  Pero más curioso todavía que eso, es que había un disco de Burning que me había marcado al empezar a hacer música, Noches de rock’n’roll, en cuya  portada salía la Gran Vía y, al fondo, el edificio en el que acabé viviendo. Y sí, justo la ventana del que sería mi apartamento aparecía con la luz encendida...

Ahí vivía yo cuando murió Pepe Risi, y ahí es se escribió, en muchas noches de cócteles con Dean Martin en el estéreo, Nueve tragos. Todo el mundo pasaba por ese apartamento cuando se vaciaban los afters. Era un lugar muy divertido y, por supuesto, iban muchas chicas. Ahí aparecía mucha gente, muy diferente, de la música, del cine, y se producían situaciones muy graciosas. El video de Con elegancia refleja toda esa época. Fue un momento de mi vida muy breve pero muy intenso. ¿Cuánto duró [Loquillo, en este momento, mira detenidamente el limón que flota en su vaso de agua mineral con gas]. Sinceramente, no me acuerdo. Solo recuerdo que fue un tiempo complicado, ni siquiera tenía compañía de discos, pero no me preocupaba. Fue un momento necesario y uno de los más duros de mi carrera. Pero hice una serie de proyectos que fueron muy valientes para su momento y muy valiosos para mí. Me arriesgaba, pero siempre de cara.

Me sigue gustando Madrid, ahora de una manera diferente. Ahora, la Castellana es el lugar perfecto, me encanta pasear por ahí en soledad, sobre todo la zona cercana al barrio de Salamanca. De la misma manera que a veces me voy a cenar sólo conmigo mismo, una costumbre que mantengo. Aunque desde que cerraron Corinto no es igual. Salgo de mi hotel de siempre, el Meliá Fenix, empiezo a caminar y punto. Ya no me gusta matar la noche por ahí, me gusta quedarme en el bar del hotel, no soy el típico imbécil de 48 años que sale y se pone hasta el culo. Hay que ser coherente, un caballero de cierta edad no puede meterse tres horas en un taxi para ir a un bar y volver, tiene que tenerlo lo más cerca posible. Es lo más inteligente.

 

SAN SEBASTIÁN. Un exilio sin nostalgia
Llegue por primera vez en el 84 para tocar en el Autódromo. Y... me enamoré.  Así de claro. Esas cosas pasan, conocí a la mujer con la que llevo viviendo desde hace 25 años. Una donostiarra es una donostiarra. He pasado temporadas en San Sebastián,hasta que me fui definitivamente a vivir, porque es perfecto para mí. Me ha ayudado mucho. Primero, Lasarte; luego, San Sebastián, fueron lugares de exilio en los momentos difíciles.

A Lasarte llegué después de la gira del 91; tuve que parar, dejar la vida del rock, de la carretera. Si no hubiera hecho eso, ahora mismo no estaría vivo. Alcohol, drogas... Punto final. Empecé a normalizarme. Llevaba tres años de gira continua, estaba harto, la gente que me rodeaba vivía en un mundo muy extraño y puse freno, y lo puse de golpe. Aquello me salvó. Empecé a curarme, a reflexionar, a ver las cosas y mi propia vida de otra manera. Siempre he sido muy consciente de cuando se ha acabado una época. Y allí empezaba  otra. Vivía en un piso corriente, cerca del monte. Hacía una vida muy campestre. Recuerdo que llevaba ‘blue jeans’ y camisas a cuadros. Susana fue fundamental en aquellos momentos, no voy a decir el típico rollo: [engola la voz] “Encontré una chica que me ayudó mucho”. Tenía que salir de aquello solo, pero tuve la suerte de tener una persona al lado que lo entendió.

Me iba al monte, me quedaba mirando las vacas... nunca había visto una vaca. Iba en bici al bar del barrio, estaba ahí con mis amigos. Era una vida muy normal, como la que tenía de crío en Barcelona, vida de barrio. Me liberó de muchas cosas. [Apura la copa, despacio pero de un sorbo]. Pero me dediqué a escribir sobre las vacas. Fue el momento de conocer a Gabriel Sopeña, que también me cambió y cambió mi forma de entender mi carrera. Mientras los Troglos seguían con su puto rollo y la puta idea romántica de no crecer nunca, yo me planteaba cosas distintas. Esos años fueron cojonudos, fue la época en la que concebimos discos como Mientras respiremos. La portada, de hecho, está hecha en La Concha, es un disco de exilio, pero no de nostalgia, de futuro.

En el 92 decidí despedirme de Barcelona definitivamente. Nos habían insultado, y entendí que ya no podía ser nunca más mi sitio, que mis amigos de allí o estaban muertos, o en la cárcel, o a punto de entrar en ella, absorbidos por las drogas... ¿Qué hacía yo alli? Era absurdo. Tras mi segunda etapa en Madrid, pasamos un tiempo en Barcelona, pero en cuanto mi hijo nació, volví a San Sebastian, que ya tomaba un peso especifico; con casa, pasábamos temporadas más largas y al fin, vi  que era mi sitio.

Necesito reposo, relax y un lugar bueno, mejor, para mi hijo: él es mucho más feliz en San Sebastián de lo que podría serlo en Barcelona. Y un hombre tiene que estar donde esté bien su familia, no donde él quiera.

Vivo en una casa muy antigua, afortunadamente, porque yo soy una persona muy antigua. Es una casa de principios de los años 20 y con decoración de esa época. Tengo gramófono, no tengo iPod, y escucho discos de Carlos Gardel.

Mi vida empieza a las siete de la mañana, cuando se levanta mi hijo. A las nueve empiezo a escribir. Luego, voy al gimnasio, practico artes marciales; dependiendo del día, paseo o juego al basquet; escribo otro rato por las tardes; y más tarde, me dedico íntegramente a mi hijo que, como preadolescente, va a entrar en una etapa confusa y me necesita a su lado. Yo sé de confusion.

Estoy terminando la segunda novela, la continuación de El chico de la bomba, colaboro en diversos proyectos con Susana, escribo en el Periódico de Catalunya y ejerzo como tertuliano en Onda Cero... Estoy entretenido, como ves. San Sebastián es un lugar perfecto para relajarme, pensar, no tener según qué tipo de tentaciones y para que mi hijo crezca mejor. Siempre que puedo me gusta darme una vuelta por el Paseo Nuevo, ver romper las olas y a los surferos en la playa de Zurriola. San Sebastián es una ciudad que me atempera mis constantes vitales. ¿Quedarme aquí para siempre?  Eso nunca se sabe. No sé. Me gusta mucho Montevideo, quizás algun día acabe por irme a vivir allí...

Foto: Thomas Canet

 

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