Este recorrido por el género del rock con más sangre derramada comienza en la típica casa de campo escandinava, de madera, pintada de rojo y con cantos blancos. Aquí llegó el madrileño Dave Rotten (David Sánchez, ese es su verdadero nombre, es capo de varias pequeñas discográficas y promotor de conciertos) de InterRail [billete de tren para viajar libremente por Europa durante un mes] en agosto de 1990. Acababa de terminar la mili y quería conocer a las bandas heavies radicales del norte de Europa con las que se carteaba e intercambiaba maquetas. Él y un amigo se lanzaron a la aventura con la mochila a cuestas y una decena de direcciones apuntadas. Eran otros tiempos, sin móviles ni WhatsApp. “Llegamos a un pueblo perdido. Tuvimos que preguntar a un montón de campesinos hasta dar con la casa que buscábamos”, recuerda este veterano del underground heavy nacional, de 42 años. Los dos viajeros querían llegar al cuartel general de Mayhem, la banda noruega que asentó el black metal, eje de esta historia.
En medio de un bosque, a 35 kilómetros al sur de Oslo, Noruega, encontraron su destino. Les abrieron la puerta Oysten Aarseth y Per Yngve Olhin, dos jovenzuelos vestidos en chándal que vivían en esta casa desordenada, llena de revistas porno y poco acomodada: los miembros de Mayhem dormían en colchones puestos sobre el suelo y su local de ensayo era una estrecha habitación de unos 20 metros cuadrados. “Eran unos chavales un poco flipados. Aún no había circo a su alrededor”, recuerda Rotten para ROLLING STONE sobre sus anfitriones. Mientras un Oysten visiblemente emocionado por la visita les contó que el grupo sólo ensayaba de noche y con la luna llena, el otro, Per, apenas abrió la boca, dedicándose por completo a dibujar diablos en una libreta.

AISLADO EN LA NATURALEZA En esta casa perdida en las montañas, sin calefacción ni cisterna, vive Gaalh, líder de Gorgoroth. Según el fotógrafo, está decorada con cuadros de niños desnudos que él mismo pinta. En la página anterior, Abbath Doom Occulta, cantante de Immortal (su nombre verdadero es Olve Eikemo).
Los recién llegados mochileros no podían imaginar que aquellos delgaduchos nórdicos serían, tres años después, celebridades en el rock duro internacional. Celebridades muertas, eso sí. Han pasado dos décadas desde que el black metal se convirtiera en un repentino fenómeno mundial. En apenas meses, la rama más extrema del heavy pasó de garajes, cintas y fanzines de adolescentes escandinavos a ocupar primeras páginas de periódicos y vender miles de discos. Entonces fueron asesinatos cometidos por adolescentes, iglesias prendidas de fuego y proclamas satánicas las que encendieron la llama del éxito. Después se ha mantenido con una estética teatral (con maquillaje, fuego y sangre), un público muy fiel y un aura de peligrosidad.
Seduce también fuera de sus cerrados círculos: My Morning Jacket, la ampulosa banda de rock indie, lo homenajea en su reciente tema Holdin’ on to black metal; Robert Pattinson, la estrella de la saga adolescente Crepúsculo, estuvo a punto de participar en una película sobre los orígenes de este estilo; y el fotógrafo Peter Beste lo ha llevado por todo el mundo con la exposición True Norwegian black metal, que retrata a protagonistas de esta música desde la cercanía (suyas son las fotos de este reportaje) y que está reunida en un libro de igual título. “Es como una respuesta frente a los arquetipos de lo comercial”, reflexiona este estadounidense de 33 años ante las preguntas de ROLLING STONE. El black metal seduce más allá del rock duro. “Nos gusta que convivan propuestas dispares como Björk y Mayhem en nuestro cartel. Si lo hacen en nuestros iPods, ¿por qué no en un festival?”, argumenta Abel González (38, Barcelona), sobre la inclusión de esta banda en el festival Primavera Sound 2012, el gran escaparate actual del indie mundial del que es programador.


PASIÓN NEGRA: Arriba, Fenriz, de Darkthrone, en el dormitorio de su casa de Oslo (Noruega). Abajo, el camerino de Mayhem
Pero no fue sangre ni fuego lo que llamó la atención de Rotten en aquel viaje por Escandinavia. “Me impresionó que los músicos de las bandas que conocí no pasaban de los 16 años”, recuerda. A finales de los 80 y principios de los 90, creció en Suecia y Noruega un entramado de grupos muy jóvenes de death metal y black metal, estilos apenas diferentes para el no iniciado, pero entonces rivales en el underground. Si el primero nació como un derivado del heavy, embrutecido por el punk e inspirado en películas gore de bajo presupuesto, el segundo se caracterizaba por la adoración a la muerte y la exaltación de lo nórdico (símbolos vikingos, culto al invierno…). “Aquí los adolescentes son early adopters [adoptantes tempranos]: desde muy pronto tienen olfato para saber cuáles son las últimas tendencias. En el caso de estos estilos en concreto, encajaron perfectamente con la nostalgia escandinava, generando algo propio”, explica la periodista Ika Johanesson, autora del libro Blod, eld, död (Sangre, fuego, muerte en castellano, no está traducido), que retrata el desarrollo del rock duro en Suecia.
Hay un año cero musical para nuestros protagonistas: en 1982, la banda inglesa Venom puso sin pretenderlo nombre a este movimiento con Black metal, su segundo álbum. Tiene la suciedad del punk, lo majestuoso del heavy y está lleno de mensajes de adoración a Satán. Para este trío fue una provocación que bordeaba lo caricaturesco, pero hubo bandas que tomaron muy en serio aquellas consideradas influencias directas del black metal escandinavo: Bathory, Mercyful Fate y Hellhammer (que derivó en la más célebre Celtic Frost).
El líder de esta última, Tom Gabriel Fischer (48, Suiza) echa la vista atrás cuando ROLLING STONE le pregunta por esos tiempos: “Mi padres se divorciaron cuando tenía seis años. Vivía con mi madre, que padecía de problemas psicológicos. Se dedicaba al contrabando: tuve una infancia muy dura que me llevó a buscar un mundo paralelo”. Las maquetas de Hellhammer, con toscas portadas en blanco y negro (las que permitían las fotocopiadoras) y temática satánica, impactaron en el underground heavy escandinavo. Surgieron en el norte de Europa cientos de bandas que cantaban sobre el diablo, sin medios ni demasiada habilidad con sus instrumentos. “Había un grupo en cada pueblo”, recuerda Rotten.

Abbath, de Inmortal, paseando por el bosque
En la casa visitada por los madrileños nació Freezing moon, uno de los temas más populares de Mayhem y por extensión del black metal. “Fue aquí donde morí por seguir a la luna gélida”, dice en inglés su letra, escrita por Per Yngve con la intención de inducir al suicidio. Este sueco delgaducho hacía honor a su alias, Dead (muerto): enterraba su ropa para vestirla podrida, colocaba pájaros muertos bajo la cama para oler putrefacción y pintaba su cara como la de un cadáver. Esto último derivó en el rasgo más llamativo de nuestro estilo protagonista: el corpse paint, pintura de cadáver, que, hecha con rudimentario maquillaje negro y blanco, endemonia al más tímido. Y Per lo era, recuerdan sus compañeros. También Rotten: “Apenas habló el día que estuve con él. No me dejó sacarle fotos”, dice de quien es considerado padre espiritual del black metal.
Per cortó sus venas y se pegó un tiro en aquella casa en el bosque el 8 de abril de 1991. Tenía 22 años. “Yo no soy un humano, esto es sólo un sueño y pronto despertaré”, escribió en una carta de despedida. Posiblemente no hubiera pasado de un fatal suicidio de no ser por Oysten Aarseth, compañero de casa y guitarrista de Mayhem con el seudónimo Euronymous (un demonio en la mitología griega). Al encontrarse el cadáver lo fotografió y guardó pedazos de su cráneo, antes de llamar a la policía. “Era una oportunidad para quien venera la muerte”, explicó sobre su inusual reacción en la radio nacional sueca. Para la familia de Per, su pérdida fue el último paso de un progresivo aislamiento, agravado cuando a los 13 años en el instituto le reventaron el bazo con una paliza que le dejó clínicamente muerto unos minutos (como desvela el mencionado libro Blod, eld, död). Este suicidio marcó el giro de la ficción a la realidad del black metal.
“La moralidad de Euronymous era, evidentemente, reprobable, pero sabía cómo hacer márketing”, reflexiona la periodista Ika Johanesson. Las fotos del cadáver de Per se convirtieron en objeto fetiche en Helvete, la oscura y pequeña tienda de discos del líder de Mayhem en Oslo. Sólo se las enseñaba a unos pocos elegidos. En este local –hoy es una pastelería– se reunían adolescentes para escuchar los primeros discos que su propietario sacaba en un pequeño sello discográfico, hacer fiestas en su sótano o, simplemente, ser aceptado en su círculo de influencia. No cualquiera era bienvenido en Helvete (infierno en castellano): su dueño ejercía de juez en disertaciones sobre la naturaleza del mal, si era válida la obra de Anton LaVey, satanista de la California hippie, o acerca de cómo erradicar el cristianismo.

ICONOS RETORCIDOS: Nattefrost (Escarcha Nocturna), del grupo de mismo nombre, posa con un muy característico crucifijo invertido. El primer disco de Nattefrost se llamó Blood & Vomit (Sangre y vómito).
Esta reducida congregación se bautizó como Svarta Cirkeln (El Círculo Negro). De puertas afuera también era un portavoz polémico: “Per se quitó la vida en un acto de maldad”, dijo en una entrevista para un fanzine. En este grupo sectario pronto destacó Varg Vikernes, un adolescente llegado de Bergen –la segunda ciudad más importante de Noruega–, con melena rubia, mirada fría y lengua mordaz. Y ambicioso: al poco de aparecer, empezó a tocar el bajo en Mayhem junto a su maestro, y no mucho más tarde le arrebató el trono con Burzum, su proyecto musical.
“Euronymous tuvo mucha influencia sobre mi hijo”, cuenta la madre de Vikernes (su nombre real es Count Grishnackh, en Lords of chaos, libro sobre el black metal noruego publicado originalmente en 1998 y traducido al inglés en 2003. Hijo de padres divorciados con pasado como cabeza rapada nazi, se hizo fuerte con su provocador discurso, una mezcolanza de racismo, satanismo y mitología vikinga. Fue quien puso en práctica los planes de la pandilla: el 6 de junio de 1992 incendió la iglesia de Fantoft, una construcción medieval de madera entre las más antiguas de Noruega. Conmovió a la cristiana y apaciguada sociedad noruega. Las semanas siguientes ardieron otras por todo el país, decenas de tumbas fueron profanadas y la excitación se contagió en este círculo. Otros continuaron pronto sus pasos delictivos: el siguiente agosto Bard G. Eithun, dependiente en Helvete de 18 años, asesinó a cuchilladas a un señor homosexual en un parque en la pequeña ciudad noruega de Lilehammer. “No pensé que tuviera huevos para hacerlo”, dijo Euronymous. “Quería saber qué se sentía al matar. No me arrepiento”, declaró el asesino al ser capturado año y medio después.
Las bandas de este entorno empezaban a hacerse fuertes en el underground heavy internacional: Emperor, Darkthrone… Y cada vez más Burzum, cuyo segundo álbum, Aske (cenizas), muestra en su portada la iglesia de Fantoft destruida por las llamas. Pero con la policía cerca y los medios especulando comenzaron las tensiones. La cabeza de Mayhem era reacia a la atención pública, Vikernes todo lo contrario. Y se desmarcó. En enero de 1993 contactó con el periódico Bergen Tidende y, desde el anonimato pactado, habló de las quemas y el asesinato, y de quiénes estaban detrás. Un periodista y dos becarios le entrevistaron atónitos. Salió en la portada de este diario, con el rostro oculto tras su melena y un enorme cuchillo y bajo el entrecomillado: “Nosotros las incendiamos”.

Lavabo tras el proceso de transformación, con maquillaje y la inevitable sangre falsa.
El mismo día en que se publicó el reportaje fue detenido. “El periodista me delató”, dice el músico. “Sólo llamé a la policía para contrastar datos”, cuenta Björn Tender, firmante del artículo. De la noche a la mañana, era la persona más odiada y popular en Noruega, aunque a la semana fue puesto en libertad por falta de pruebas. Y al mes siguiente Kerrang!, influyente revista inglesa de rock duro, dedicó un extenso reportaje a este movimiento.
“La quema de iglesias consolidó el black metal a nivel internacional”, reflexiona Dave Rotten para ROLLING STONE. Y, sobre todo, la carrera de Burzum, el proyecto unipersonal de Vikernes. Se dispararon las ventas de sus discos, varios publicados a través del sello de Euronymous. Para entonces, maestro y pupilo eran enemigos declarados: una parte dolida por su protagonismo eclipsado, la otra por no tener control sobre sus ingresos. La noche del 10 de agosto de 1993, Vikernes condujo con un amigo las siete horas de curvas que separan Bergen de Oslo. A las cuatro de la madrugada llegaron al apartamento de Euronymous en la capital noruega. Llamaron al timbre, el visitante explicó por el telefonillo que quería hablar de negocios y entró solo. Lo que sucedió tras abrirse la puerta sigue sin estar claro, pero a los pocos minutos los dos viajeros salieron pitando, dejando el cuerpo del líder de Mayhem con una veintena de puñaladas. Tenía 25 años.
“Lo hice en defensa propia: sabía que tenía planes de matarme”, alegó en el juicio Vikernes. Le condenaron a 21 años de prisión, la pena máxima en Noruega, por homicidio y quemar cuatro iglesias, y a su compinche a ocho, por complicidad de asesinato (al escuchar su sentencia, Varg sonrió a las cámaras: busquen ‘Vikernes sentence’ en YouTube).
Durante los 16 años de condena que cumplió, Burzum publicó varios discos grabados en la cárcel, convirtiéndose en un personaje rodeado de misterio y de complicado acceso [su representante ha hecho caso omiso a las peticiones de entrevista para este reportaje]. Actualmente vive en el campo noruego con su mujer e hijas y sigue publicando discos, con buena acogida dentro y fuera del heavy más extremo (“Burzum hizo del black metal algo abierto. Esta música dejó de ser una maraña cuando esta banda la ralentizó”, constata una reseña en Pitchfork, cabecera de referencia del indie). Mayhem también ha publicado álbumes tras la muerte de Euronymous.
Meses después del asesinato más célebre del rock duro, salió el primer álbum de Mayhem, De mysteriis dom sathanas (1994), en el que tocan asesino y asesinado (bajo y guitarra respectivamente). El grupo desatendió la petición de los padres de Euronymous de eliminar lo grabado por quien le quitó la vida a su hijo. A la par, un sello brasileño publicó otro disco controvertido del grupo, Dawn of the black hearts: su portada es una de las fotos que el fallecido guitarrista sacó al vocalista de su banda, Per, cuando se acababa de suicidar. “Lo más duro es que siempre que busco información suya en Internet, me encuentro esa maldita imagen. Está por todas partes”, cuenta el hermano del fallecido vocalista de Mayhem, en Blod, eld, död. La muerte rodeada de morbo ha cotizado al alza en nuestro estilo protagonista durante las dos últimas décadas. Y este estilo se ha mantenido y desarrollado con un público fiel e impermeable a modas.
En 2006, el noruego Gaahl, entonces cantante de Gorgoroth, fue detenido por secuestrar un hombre y extraer su sangre para bebérsela; ese año el sueco Jon Nödtveit, de Dissection, se quitó la vida pegado a un libro de conjuros y rodeado de velas; la banda más actual Shining se ha hecho popular por incitar al suicidio en sus conciertos (su cantante orienta sobre cómo hacerlo con profundos cortes en su piel)... De puertas afuera no faltan historias truculentas en el black metal escandinavo, desde dentro se ha mantenido el rechazo a lo no auténtico y al no iniciado. “Me gané su respeto porque no les besaba el culo”, comenta Peter Beste, el fotógrafo que ha llevado este estilo a público poco cercano a estos sonidos extremos, con su exposición itinerante True Norwegian black metal (el año pasado fue exhibida en Cuervo Music, Madrid), recopilada en un exhaustivo y cuidado libro con mismo título. En cinco viajes a Noruega, a lo largo de siete años, convivió con los herederos de aquella generación que hizo célebre el black metal con incendios y cuchilladas.

Cabezas de cordero con las que Gorgoroth decoran el escenario en sus conciertos (en una visita a Madrid pidieron 40 de ellas)
“Estaban hartos de todo el sensacionalismo que la prensa hizo del black metal en un primer momento”, cuenta sobre los músicos de Inmortal, Nattefrost (escarcha de noche) o Gorgoroth y más bandas de black metal grandes en este milenio, a los que fotografió cubiertos de sus heces, de borrachera, en casas perdidas en medio del bosque... Y de quienes también conoció facetas más cotidianas: hay quien compagina su faceta como músico endemoniado con la de profesor de guardería o investigador en la Universidad, revela este tejano viajero. “A la par estaba haciendo fotos a raperos en Houston, y los bosques fueron un buen contrapunto a los suburbios”, recalca sobre el entorno natural querido por estos fotografiados con potente estética.
El black metal escandinavo es exportable por su exotismo: no sólo hay muebles de Ikea, salmón ahumado o cómodos coches Volvo en la ordenada, estable y apaciguada sociedad del norte de Europa. Aunque no es necesariamente genuino todo aquel que grita, cubierto de sangre y caracterizado como un demonio con tosco maquillaje. Dave Rotten separa la paja del trigo: “Para muchos no es más que teatro e imagen. Bandas grandes de este estilo como Dimmu Borgir o Cradle of Filth no tienen credibilidad alguna”, recalca este experto. Y aclara: “A medio camino se queda Gorgoroth: cuando tocaron aquí [Madrid, en 2008] pidieron 40 cabezas de cordero y no sé cuántos metros de alambre para el escenario, pero luego querían papel higiénico rosa en el camerino”. Este promotor de conciertos compara el black metal escandinavo con la cerveza: “La primera vez que la pruebas no te gusta”, dice. “Te lleva a un lugar caótico y te purga. Más que una religión es una visión del mundo”, dice la periodista Johanesson por su parte.
Erik Danielsson (no quiere revelar su edad) reflexiona de forma menos abstracta. Su banda Watain es líder del black metal actual, tienen miles de seguidores en todo el mundo, y es fiel al sonido y espíritu de quienes lo popularizaron hace 20 años. Este sueco atiende a ROLLING STONE durante un descanso en la preparación de un DVD retrospectivo, por los 13 años que cumple este grupo afincado en Estocolmo (Suecia). Explica su visión sobre las particularidades de esta música: “Tratas con energías muy oscuras: es normal que sucedan asesinatos y suicidios. Es música desquiciada y debe ser hecha por quien lo está”, dice. Y aclara sobre el porqué de su origen geográfico: “En la apaciguada sociedad en la que vivo, el mal además se hace escuchar con intensidad”, responde con amabilidad y atenta educación este líder que actúa cubierto de sangre de cerdo, a quien sus fans le regalan animales podridos y que se presenta como fiel satanista. Y que, también, al día siguiente coge un vuelo a Tailandia, lejos del gélido invierno sueco.
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01.04.2013
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