Superada la depresión que atenazó su creatividad, Lichis despide La Cabra Mecánica con puerta grande. Le acompañamos en uno de sus últimos conciertos.
Viernes 30 de octubre, seis y media de la tarde. En casa de Lichis –un dúplex situado en Rivas, a las afueras de Madrid– se respira un ambiente aparentemente distendido. En apenas tres horas, La Cabra Mecánica ofrecerá su último concierto en la capital. Al menos el último como cabeza de cartel, porque el grupo ha sido escogido por Fito & Fitipaldis como artista invitado en su próxima gira y volverá a tocar en los madriles a finales de diciembre. Pero esa es una historia bien distinta a la que nos ocupa. Quince años después de poner en marcha La Cabra Mecánica, Miguel Ángel Hernando, el Lichis, ha decidido pasar página, mudar la piel, mirar hacia atrás sin ira. Rodeado por sus compañeros de faena –el bajista Jordi Cobre, el batería Dani Ortín, el guitarrista Pepo López y el técnico Lluís Cots; Fernando Polaino, también guitarrista, todavía no ha llegado–, se aferra a una preciosa Gibson de caja ancha, trastes nacarados y golpeador granate. "Es nueva; me la acaban de regalar y no puedo soltarla", reconoce, antes de atacar Give My Love To Rose, un estándar del gran Johnny Cash. El minutero corre y Vicky Gabaldón, su compañera de fatigas, toca a rebato. Falta vestirse y hay que llegar hasta la sala Galileo Galilei, así que mejor dejarlo ahí. Pero Lichis prefiere seguir con Folsom Prison Blues, quizá para diluir la ansiedad y neutralizar los nervios, inevitables en una noche como ésta. Se apaga el último acorde y cada cual se afana en su tarea: Lichis sube a vestirse, Cots apura un plato de paella, Vicky busca la lista de invitados, Dani pregunta por Polaino, que sigue sin aparecer.
Dos semanas antes del concierto, Lichis dialoga largo y tendido con ROLLING STONE. Se acaba de publicar Carne de Canción, un suculento recopilatorio que incluye todos sus éxitos, un par de composiciones nuevas y versiones inéditas de sus canciones más conocidas. Pronto comenzará una gira de despedida que debería cauterizar las heridas abiertas tras muchos años de pelea, equívocos, aciertos y errores. "No me he visto nunca como un rumberito canalla", asegura. "No estoy de acuerdo con las reglas de la industria", prosigue, "ni quiero linchar a la SGAE, las discográficas, los piratas o las radios; quiero hacer las cosas a mi manera y prefiero empezar de cero". Para ello, y tras las exequias de La Cabra Mecánica, Lichis afrontará una nueva aventura musical de nombre propio y cariñoso: Miguelito. Lo hará con sus armas –el sello Felicidad– y dirigirá sus disparos en múltiples direcciones, conjugando las canciones de su nuevo grupo con Troublemakers Blues Review, trío de versiones en el que canta y toca el bajo junto al guitarrista Julián Kanevski y el batería Juli "El Lento". En la carpeta de futuribles, otro proyecto: montar una banda de country para revisar el legado de figuras como Hank Williams o Johnny Cash. Música por doquier, no podía ser de otra forma: "No soy Mozart, ni Einstein, ni Borges. No hago física cuántica, hago canciones. Y eso es lo que quiero. Estudio todos los días, aprendo a tocar otros instrumentos, exprimo los discos… la música es mi punto débil, me afecta porque es demasiado importante para mí". Dicho queda, por si alguien no se había enterado aún.
A las siete y cuarto, todos bajan al salón. Afri y Manuela, los gatos de la casa, también. La figura de Lichis, imponente pese a los quince kilos perdidos en el último bienio, asoma por la escalera. Pantalón, chaleco y zapato negro. Camisa gris. Antes de montar en la furgo, últimas instrucciones de uso: "Cuando termine el concierto, a dormir, que mañana tenemos que ir a Granada y no quiero historias". Resuelto el enigma Polaino, que aguardaba en la calle, la furgoneta zigzaguea con desenvoltura por la M-30 y abandona la tramposa circunvalación para perderse en un Madrid recién encendido, en el que tintinean miles de promesas cuya fecha de caducidad apunta al lunes.
Calentamiento
Chamberí sigue siendo un barrio con carácter. Está en el centro, tiene bares con ración de oreja, pequeñas tiendas de ultramarinos, fruterías que exhiben su mercancía multicolor en la acera y severos problemas de aparcamiento. La Cabra Mecánica llega al cien de la calle Galileo a las ocho en punto y enhebra con la prueba de sonido, porque el equipo está en la sala desde ayer. Ya en escena, Lichis pule un Marlboro. Parece que los monitores no terminan de sonar, pero Cots deshace el entuerto y el grupo desentumece músculos con My Girl, clásico de los Temptations. En la platea, Juan Antonio Menor pulsa "rec". El webmaster de la banda lleva una pequeña cámara digital y ha traído unas hojas de repertorio escritas en plan de coña. Las reparte entre los músicos, que las reciben entre carcajadas. "En el concierto de ayer", explica Lichis, "los fans podían leer el repertorio que ponemos a nuestros pies y se perdía el factor sorpresa, así que hoy hemos hecho esto, para que no sepan que va a pasar a cada momento". Cinco canciones después, el sonido está más que ajustado y todos parecen conformes. Hora de velar armas.
El camerino de Galileo Galilei es un incómodo pasillo ajeno a todo glamour. El catering tampoco luce mucho. Lo caprichoso del espacio obliga a los músicos a dispersarse, pero casi mejor así, porque cada uno puede rumiar la espera con más tranquilidad. A las nueve menos diez llaman a la puerta. Tres fans del grupo, vinculados a las divisiones inferiores del Atlético de Madrid, entregan a Lichis una camiseta rojiblanca con su nombre y el diez serigrafiados en la espalda. Emocionado, el de Gracia –Lichis nació en dicho barrio barcelonés hace casi cuarenta años– reparte abrazos y evoca los tiempos en que iba a ver al Atlético Madrileño. La comitiva se retira y el cantante toma asiento. Come pistachos, alaba a Futre, recuerda junto a sus colegas –de mayoría blaugrana– aquellos Atleti-Barça de abultado marcador y comenta que "en los partidos del Alavés, que ahora mismo está en suspensión de pagos, la hinchada ha empezado a cantar Valientes cuando los jugadores salen al campo…se me pone la piel de gallina al pensarlo".
A las nueve y veinte, la sala está casi llena, pero sigue entrando gente. En el escenario, todavía a oscuras, se percibe algo de movimiento: Víctor, el técnico de monitores, ultima detalles. En el tenderete atiende Javi Lairado, un amigo de la casa que echa una mano siempre que puede y ha hecho el diseño del disco de Troublemakers Blues Review: "Estoy encantado con todo lo que está pasando, porque Lichis se lo merece y me consta que, después de todos los malos tragos, esto es un regalo para él". El público, cada vez más numeroso, empieza a sacar codo y convierte el murmullo en estruendo. La elevada temperatura ambiente reseca los gaznates y obliga a los camareros a multiplicarse. Domingo Prieto, jefe de sala, entra en el camerino, arenga a los músicos con un "¡vamos chavales, a tocar!" y les muestra el camino hacia el escenario. Antes de franquear la última puerta, La Cabra Mecánica se funde en un profundo abrazo. Son las diez menos cuarto.
El arranque del concierto, con Felicidad, es sólo el preludio de la apoteosis. Sobre la tarima, veinte grados más que en el camerino y cinco músicos de actitud cien por cien rockera. Polaino, con sus gafas de aviador y esa barba cerrada, parece Mark Everett, el de Eels. Y Lichis hace notar que, de cerca o de lejos, Jordi Cobre es un clon de Pablo Motos. El respetable demuestra estar por la labor ya desde el principio y jalea todo lo que le sale al paso: La novia del marinero, Pinocho, una Siesta de pulso setentero o ése Pégate un tiro de aires fronterizos que contagia al más parao. La versatilidad de los músicos propulsa a Lichis, quien bebe, suda y empapa la camisa. A la izquierda, dos chicas solas bailan Mi única riqueza, La lista de la compra y La uña de la rumba, mientras el mercurio sigue dilatándose y amenaza reventón. Conviene dar un respiro, recuperar el aliento, enjugar el sudor. Mera ilusión porque, cuando termina la porteña Calcamonía, la sala vuelve a ponerse patas arriba. La furia de Que te follen y la juerga de Yayo yaya hacen que Polaino suplique: "¡Quita la calefacción!". Demasiado tarde. Las dos de la izquierda han ampliado aforo y ya no bailan solas. Hay poetas cierra el concierto pasadas las once. Lichis entra al camerino con la camisa chorreando y el gesto desencajado: "No puedo más, no os imagináis el calor que hace ahí fuera".
Para que no decaiga, la banda se ha quedado en el escenario tocando los primeros compases de Blitzkrieg Bop, de los Ramones. Embutido en su camisola colchonera, Lichis encara un bis que concluirá veinte minutos después, con el quinteto descamisado –Dani, el batería, lleva tatuadas las runas de Led Zeppelin IV en su espinazo– interpretando un sentido Knocking on Heaven's Door, de Bob Dylan. De vuelta al camerino, cada cual da su propia versión de los hechos. Polaino, calado hasta los huesos, asegura que "la sangre de San Pantaleón se ha vuelto a licuar" mientras Lichis se decanta por algo mucho más terreno –"tengo los gayumbos como el papelillo de las madalenas"– y se pimpla dos coca-colas casi del tirón. Empieza el desfile de amigos –los compadres de Fulanos de Tal, que acaban de sacar disco en Felicidad Producciones–, familiares –Elvira y Mamen, hermanas de Lichis, que aseguran que su chico parecía "un Jim Morrison calé"– y seguidores, que se llevan toallas, rúbricas, abrazos y agradecimientos como recompensa. Ha sido una noche de triunfo y alegría, pero que nadie se llame a engaño, porque todavía hay que desmontar equipo, recoger bártulos y cargar furgoneta. Cosas del curro, ustedes saben. A medianoche, La Cabra Mecánica vuelve a perderse por las calles de la ciudad en que nació, dejando un rastro de sonrisas y emoción entre aquellos que supieron apreciar la nobleza de sus embestidas.
Foto: Gianfranco Tripodo
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