Inteligente e insumiso, el cantautor madrileño sigue a la suya. Sabe de vetos, censuras y otras puñaladas traperas, pero ha vivido sin hincar la rodilla ni arquear su seca figura.
Mediodía en el corazón del barrio de Malasaña, en Madrid. Javier Krahe enciende el enésimo purito, apura un café con leche y hace notar lo animada que está hoy la parroquia. Comenta la naturaleza de su encuentro con ROLLING STONE, subraya muchas de sus respuestas con una sonrisa acogedora y demuestra ser un experto en quitarse importancia. Tiene 65 años y lleva media vida cantando, pero el retiro no entra en sus planes. Está preparando un nuevo disco, acumula un montón de conciertos en cartera y se mantiene fiel a los principios que han jalonado una carrera sin igual en la música popular española: agudeza, independencia, libertad, sentido del humor. Ajeno a reverencias, servilismos y subvenciones, el ciudadano Krahe observa el mundo desde el sofá, sestea a diario y acude cada lunes a su cita con el ajedrez, consciente de que "no se trata sólo de la partida, sino de estar con amigos". Por eso quiere una casa con patio, en el Sur, con sitio para los suyos y tiempo por delante para componer la próxima canción, para aclarar el asunto que ésta escondía.
¿Tus recuerdos de niño son felices?
La mayoría de ellos sí, aunque no precisamente divertidos, porque había que ir al colegio y la verdad es que, salvo el recreo, no me gustaba nada.
Seseña, un amigo de infancia, dice que tu padre era un hombre que infundía respeto. ¿Tú como lo recuerdas?
A mí me pasaba lo mismo. Pero ahora lo recuerdo con cariño. Es frecuente condenar al padre, pero también da tiempo a absolverlo. No necesité que se muriera para ello, aunque tardé muchos años en hacerlo. Ya era mayor cuando me di cuenta de que, en el fondo, mi padre era una víctima más que no tenía mucha culpa de nada. Tenía que lidiar con siete hijos, algo que debe ser terrible.
¿Es inevitable el terminar convirtiéndonos en nuestros padres?
Sí, se está condenado a eso, pero también se puede vadear bastante, porque uno puede proponerse el hacer las cosas de forma distinta. En realidad, libertades prácticas yo tenía muchas desde muy pequeño.
Eso no encaja con el perfil de un padre autoritario.
Lo era, aunque no practicaba mucho con los hijos. Procuraba llegar tarde todos los días porque supongo que no aguantaba estar en casa. Lo entiendo muy bien. Cuando eres un chaval, crees que tu padre tiene una importancia enorme, pero en realidad está tan vapuleado como cualquiera.
Te iniciaste tarde en la canción, ya treintañero. ¿Escuchabas mucha música de jovencito?
Claro que sí. Mucha música clásica, más de lo normal, porque iba a conciertos con toda regularidad. También escuchaba la radio y los discos, que aparecieron en mi vida siendo pequeño. A los trece o catorce años escuchaba a Bill Haley o Elvis Presley.
Sin embargo, en tus perfiles biográficos siempre aparece la figura de George Brassens como determinante.
Cuando marché a vivir a Montreal, aprendí francés muy rápidamente. Mis suegros tenían un disco de Brassens, así que lo cogí para escucharlo en casa y vi que ese tipo estaba diciendo todo aquello que yo quería decir. Me quedé deslumbrado. Por suerte, la sensación de que nunca podría llegar a hacer las cosas como él no duró demasiado y pensé "bueno, haré las mías". Incluso ahora lo escucho con muchísima atención; pienso que toda su producción, que es lo suficientemente abundante, se mantiene muy bien. A ese nivel sólo pongo a The Beatles y a Leonard Cohen.
¿Qué es lo que te llamó a convertirte en cantante?
Escribía letras para mi hermano y él las cantaba. Hice unas 25 canciones hasta que se marchó a vivir a Tenerife. Ya tenía el vicio de escribir letras y pensé que igual lo tenía que hacer solito. Hubo un escalón intermedio y decidí buscar un músico; mi hermano era amigo de Alberto Pérez y le pedí que me hiciera músicas para las letras y que las cantara él. Hicimos ocho canciones, pero Alberto me decía que eran tan personales que le costaba cantarlas. Así que me decidí a hacerlo yo todo. Tenía treinta años. Vi que tocar era muy difícil y pensé que con diez años de práctica ya podría hacerlo pero, como sucede muchas veces con el ser humano, al final lo hice prematuramente, a los 35. Quizá debería haber esperado a los 40.
¿Recuerdas las sensaciones del primer concierto?
Me acuerdo perfectamente, fue en La Aurora, aquí al lado, en la calle Andrés Borrego, con Chicho Sánchez-Ferlosio. Estaba muerto de vergüenza, pero vi que se reían mucho. Me di cuenta de que les interesaba el personaje.
¿Has cultivado ese personaje?
Pues no, desde luego no he tenido esa intención. Realmente soy lo mismo arriba que abajo, aunque con el tiempo me noto más natural sobre el escenario que fuera de él.
¿Quizá porque en el escenario el margen de libertad es mayor?
Habría que analizarlo algo más, porque en la vida diaria tengo muchas libertades y, las que no tengo, me las tomo. Quizá es porque al terminar una canción es cuando me doy cuenta de lo que quería decir, algo que no sabía de antemano. Ahí no tengo vacilaciones: está pensado y escrito y lo puedo decir de corrido. En la vida real te equivocas, vacilas, vuelves atrás, piensas que podías haberlo hecho mejor. Con las canciones no pasa.
Hacer canciones es una vía de conocimiento.
Por completo. Es sabido que, asombrosamente, las cosas que dices en una canción, las cuales consideras muy privadas, son recibidas como si formaran parte de la experiencia de quien escucha. Me pasa continuamente y siempre pienso que es muy raro.
Marchaste a Montreal al poco de conocer a tu mujer y viviste allí tres años. ¿Fue determinante?
Una barbaridad. Fueron tres años de gran intensidad vital, por infinidad de cosas. Aquí estábamos con Franco y yo odiaba ese sistema. Estaba muy contento de pode largarme y tener acceso a todo lo que me interesaba, básicamente lectura y cine. Allí lo tenía. En tres meses hablaba perfectamente francés y podía leer, escuchar música e ir al cine, que era quizá lo que más me interesaba.
¿Por qué regresaste de Canadá?
Nunca había pensado quedarme allí, hay un clima espantoso. Regresé, ya con unas decisiones incluso de tipo político, decidido a estar en contra completamente en serio. Tenía amigos activistas, del PCE o troskos, pero no me convencían, así que no hacía nada salvo renegar. Como ellos, porque nadie se cargó a Franco. Lo importante de mi estancia en Canadá fue Annick, mi mujer, porque me casé con la persona de quien estaba enamorado. Me casé, técnicamente, porque, si no, no me dejaban estar allí, habría sido un sin papeles.
Dices que regresaste dispuesto a plantar cara de otra manera. ¿Cómo lo hiciste?
Me pillaron cosas como el Proceso 1001, se hacían muchas manifestaciones, había que huir de la policía... Ayudaba a personas que necesitaban desaparecer, no en mi casa, pero les proveía de ropa, dinero… Me hizo mucha gracia ver una foto mía en la revista Destino, sosteniendo una pancarta del Partido Comunista Marxista-Leninista que se había caído al suelo. Me agaché, la recogí y me hicieron la foto… bueno, el caso era sumarse y que se viera que estábamos en contra.
Después estableces contacto con Joaquín Sabina y otros artistas.
Pero eso fue mucho después. El primer día que canté en La Aurora, y si no el segundo, ya vino Joaquín a verme. Así nos conocimos. Luego me ofrecieron ir a cantar a Cádiz con Chicho y, curiosamente, a Sabina también, así que decidimos hacerlo juntos. Estuvimos así cuatro años.
En 1981, después de haber sacado tu primer álbum, fue cuando se publicó La Mandrágora.
Sí, ese disco fue una idea de CBS. Nosotros ya tocábamos allí y, aunque aquello era pequeñísimo, tenía cierta repercusión. Actuábamos con mucha frecuencia y siempre había gente hasta la calle. Dentro sólo cabrían sesenta, pero daba la sensación de que había mucho rollo. Como actuación yo creo que fue de las peores que hicimos, aunque tuvo un éxito muy grande.
Y sirvió para que tu música llegara a más gente.
Sí, también gracias a que Fernando García-Tola nos llevó a la televisión al programa con Carmen Maura. Todo eso vino seguido y nos llamaban de muchos sitios.
¿Nunca os habéis planteado volver a hacerlo?
No, estuvo muy bien y después cada uno siguió su camino. Me parece bien que fuera así, porque volver la vista atrás es peligroso. ¿Para qué? Mi mayor preocupación es si se me volverá a ocurrir una nueva canción.
¿Se estrecha el margen creativo?
Se estrecha por indolencia, por falta de ganas, porque realmente siempre habrá nuevos asuntos para escribir canciones.
¿Eres proclive a la dispersión?
Sí. Eso cuando estoy solo, pero en el momento en que alguien me llama prefiero hacer cualquier cosa a meterme en ese proceso, que para mí es muy intenso. Me absorbe por completo y no creas que me agrada estar absorbido por una idea que, para colmo, a veces no me sale.
De Joaquín Sabina, ¿qué virtud destacarías?
Lo importante es que, durante una docena de años, él ha hecho las mejores canciones. Eso es lo que más aprecio. Luego está el trato personal, pero del trato personal podría decirte que tengo otros amigos igual de valiosos.
¿A qué lapso de tiempo te estás refiriendo?
Son cinco discos, que van seguidos, además. Empieza con Física y Química y de ahí en adelante. No recuerdo ahora los títulos, pero esos son los discos. Ahí hay cantidad de canciones buenísimas. En el tipo de canción que disfruto más, Sabina creo que ha sido el mejor.
Alguna vez has dicho que no has trabajado en tu vida, pero no paras de tocar.
Pero eso no es trabajo, yo me voy a tocar con mis amigos. Lo único que corresponde al trabajo es la prueba de sonido, que es un aburrimiento.
¿Y la composición tampoco es trabajo?
No, porque ahí entran mis intereses personales. Con cada canción intento averiguar algo que previamente no sé que es. La canción me va guiando y , cuando la tengo hecha, me doy cuenta de cómo pienso sobre las cosas.
Has tenido más de un encontronazo con la censura y el poder. ¿El episodio de Cuervo Ingenuo ha sido el más amargo de tu carrera?
El más serio sí, desde luego. ¿Amargo? Pues mira, mi carácter tiene poco de amargo, así que debería decir que me la suda. Pero ir a la radio y ver el disco de Marieta con el sello de "no radiable" puesto por la emisora me descubre cómo se comporta la sociedad y el individuo. Marieta es una canción muy divertida –como no es mía lo digo con mucha tranquilidad– y, que no se pueda radiar…¡qué falsedad, qué mentira todo! Fue patético ver que, cuando canté Cuervo Ingenuo en el concierto de Sabina, todo el mundo se puso en pie salvo Juan Barranco, entonces alcalde de Madrid. Barranco se agarraba a la silla, se reía, pero no aplaudía. Poco después le vi y le pregunté que por qué no aplaudía y me dijo que comprendiera su situación. Pues no, no la comprendo. Después me lo he vuelto a encontrar en más de una ocasión y nunca le he saludado. No tengo el menor interés. ¿Por qué no podía aplaudir, porque disparaba contra su jefe? Pues te jodes y bailas. No te va a suceder nada, te van a nombrar senador de por vida, no vas a tener problemas, pero tampoco mi saludo. Me parece de una gran miseria mental. No sé si es que soy más franco, al menos me gustaría, y a veces lo soy. Y eso causa problemas, aunque esos problemas no son insalvables. ¿Me censuran? Me trae sin cuidado. ¿Me anulan todas las actuaciones de los ayuntamientos? Pues me voy a los garitos. Y si os ponéis más bordes y cerráis los garitos, como ha sucedido tantas veces, pues me tumbo a la bartola y que me mantenga mi mujer, pero a mí que no me vengan con cuentos.
La religión es un tema recurrente en tus canciones.
Sí, aunque cada vez menos, ya me he aburrido del asunto. La religión es algo que un hombre hecho y derecho no debe tener. Es como lo de los Reyes Magos: para niños. El hecho es que para mí no existe un dios, al menos no un dios operativo. A ver si tomamos las riendas de lo nuestro, porque los que estamos aquí somos nosotros y debemos decidir, no va a venir dios a decirnos nada. Tener una religión me parece una niñería. Un niño es muy interesante, como también lo son sus fantasías, pero, en realidad, por muy buena prensa que tenga la infancia, hay que crecer. Lo lógico es crecer, reproducirse y morir. Por eso la muerte cada vez me parece menos importante.
¿No te subleva?
No, porque soy un hombre y eso es lo que les ocurre a los hombres. Mis padres, mis abuelos, están muertos; y yo también lo estaré. ¿Inquietante? Pues sí, es molesto. No me apetece hoy, no tengo planes, tengo que ir a cantar a Cataluña mañana, no me apetece, tengo que ver crecer a mi nieta… pero no voy a hacer una tragedia de ello, porque pienso que tampoco me voy a enterar de nada.
Foto: Thomas Canet
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