La Cueva: Skjelset, Pecknold y Wargo ensayando en Seattle. (Foto: James Minchin III)
Robin Pecknold está emocionado. Y no por el espléndido tiempo que hace, ahora que por fin brilla el sol en Seattle. Ni por el hecho de que tras acabar los ensayos previos a la gira, por primera vez desde hace semanas, se encuentre sentado en el destartalado local sin nada que hacer.
Ni siquiera porque se haya pasado la última media hora echándose cera templada en los oídos (los moldes para sus nuevos monitores inalámbricos), algo que suena doloroso pero que, en realidad, es súper placentero. “Es como estar en el útero”, dice el batería Josh Tillman.
No, la razón por la que Pecknold (Seattle, 1986) está sonriendo tras la frondosa barba, y la que provoca que sus tristes ojos verdes brillen más de lo normal, es que el nuevo disco de Fleet Foxes se ha filtrado a la Red. Se podría pensar que fuera motivo de preocupación: esta entrevista tiene lugar semanas antes del lanzamiento oficial de Helplessness blues, segundo trabajo de la banda. Pero considerando la tortura por la que él y el resto del grupo –Tillman, el guitarrista Skye Skjelset, el bajista Christian Wargo, el teclista Casey Wescott y el multiinstrumentista Morgan Henderson– han pasado hasta conseguir acabar el disco, la filtración es casi motivo de celebración. Es la prueba de que existe.
“Es un gran alivio recibir las opiniones de la gente”, dice Pecknold mirando Twitter en su iPhone. “Hasta ahora las reacciones han sido muy buenas, incluso de la gente a la que no le gustó demasiado el primero”. Pecknold es de esos tipos que está constantemente preparándose para lo peor, un indeciso crónico, acribillado por las dudas, especialmente en lo referente a sus propios instintos. A veces sus neurosis se presentan de extrañas formas, como su aversión a las bañeras de hidromasaje (“soy básicamente alguien que nunca va desnudo”) o su rechazo a ir a la playa (“es como si dijeras: ‘¡Aquí está mi cuerpo! ¡Así es como estamos!”). Pero otras veces son más perjudiciales, como cuando les dice a los miembros de su banda cosas como: “Soy el peor compositor de la historia”. O cuando decide volver a grabar canciones enteras a última hora (o cinco minutos después), porque ha visto a alguien tocar mejor en YouTube.
“Es su peor crítico”, dice Skjelset, amigo de Pecknold desde el instituto. “Para él es sencillo, es plenamente consciente de esa autoexigencia, pero para nosotros, como testigos, no tanto. Yo le digo: ‘¡Tú eres el hombre, tío!’. Y él contesta: ‘No, no lo soy”.
La ironía es que, al igual que el actor Jon Favreau en la película Separados, Pecknold es “el hombre”, aunque no lo sepa. Porque Fleet Foxes es una de las bandas más queridas del planeta: con su primer disco, titulado Fleet foxes (2008), se ganaron las alabanzas de todo el mundo, y los fans se congregan para escuchar sus preciosas armonías guiadas por su dulce y beatífica voz. Y aquí está, en medio de una cena ocho horas después, pulsando el botón ‘refresh’ otra vez en su teléfono, por si acaso. “Las opiniones siguen siendo bastante buenas”, dice de forma incrédula, dándole otro mordisco a su rollito de primavera de coco y soja. “Hasta que alguien...”.
“¿Te importa si fumo?”. Pecknold
conduce por Seattle una lluviosa tarde de marzo en su Subaru Outback blanco, cuyo suelo está enmoquetado con papeles de caramelos para la tos y paquetes de cigarrillos, mientras una recopilación de krautrock (movimiento de rock experimental surgido en Alemania en los años 60) suena en el equipo. Últimamente, ha intentado dejar de fumar, pero el final del disco y la preparación de la gira han sido muy estresantes. Enciende un American Spirit y baja la ventanilla.
Técnicamente, el coche es de su madre. Sus padres –que se conocieron en un vuelo a Alaska en los setenta, donde iban a trabajar en una fábrica de pescado– viven a unos minutos de donde estamos, cerca de donde Pecknold se crió, en Kirkland (un suburbio de la ciudad de Seattle). Se ven mucho. Su padre, antiguo constructor de barcos y aprendiz de lutier, le ha personalizado algunas de sus guitarras. De hecho, cuando hablamos de Fleet Foxes, la familia entera está involucrada: la hermana de Pecknold, Aja, es la mánager de la banda, y su hermano artista, Sean, dirige los vídeos de las canciones. [Como este de aquí abajo].
Ahora mismo Pecknold está de camino a Jive Time, una de sus tiendas de música de segunda mano favoritas. Los discos es lo único en lo que se gasta dinero: en un viaje a Londres desembolsó 3.000 dólares [algo más de dos mil euros]. Pasamos por el antiguo estudio del grupo, el mismo en el que Nirvana grabó Bleach (1989). Pecknold se perdió la mayor parte del grunge: tenía cinco años cuando se publicó Nevermind (1991). Su recuerdo musical más temprano es estar vestido de vaquero cantando y bailando con la banda sonora del musical ¡Oklahoma! (un amigo de su hermano le puso el mote de Cantaseries). El primer disco que se compró fue Purple, de Stone Temple Pilots (1994), y creció obsesionado por los Strokes y Radiohead. También le encantaban los “cabrones tristes” como Nick Drake y Elliot Smith, aunque también se pregunta si le han afectado un poco. “Es una mierda de mensaje para cualquier chaval”, dice irónicamente. “Fumadores maniaco-depresivos: esos son mis ídolos”.
Pecknold dejó el instituto a los 14 años para dedicarse a la música (acabó consiguiendo el graduado años después). Él y Skjelset empezaron a tocar juntos, y luego se les fueron uniendo el resto de miembros de la banda. Fleet Foxes publicaron su primer disco en 2008, una colección de melosas canciones que trataban sobre montañas y árboles y que fue alabado sobre todo por su aura de espiritualidad, por una sensación de sanación sonora. Sorprendentemente para todo el mundo y para estos chamanes del folk, el álbum vendió 200.000 unidades. Durante el torbellino que les acompañó, Wargo, el bajista, recuerda cosas “alucinantes”, como estar cenando con Neil Young en su casa o un encuentro privado con Brian Wilson y su piano.
Pero Pecknold se resistía. “Para mí, cuanto más vendía un grupo, peor eran (la típica actitud esnob de gilipollas indie), y yo me preguntaba: ‘¿Por qué está pasando esto? ¿Significa que nuestra música es mala?”. A pesar de todo, acabó llevando bien el éxito, pero aún rehúye la atención y es la última persona que te hablará de todo lo que él y su banda han conseguido. Al preguntarle si conoce a algún fan famoso, los únicos que puede recordar son el ciclista Lance Armstrong, el actor Zach Galifianakis y Geddy Lee, del grupo Rush. Ah, y David Crosby [miembro fundador de The Byrds y de Crosby, Stills, Nash & Young] dijo que nos había escuchado. La verdad es que me encantaría poder usar eso para la pegatina del disco: ‘David Crosby: He oído hablar de ellos”.
Después de la tienda de discos, Pecknold entra en una cafetería a por un café solo. Estamos en Fremont, un barrio deliberadamente estrafalario lleno de artesanales tiendas de bicicletas y estatuas gigantes de Lenin o de trols. Lugares como éste le ponen de los nervios. No soporta los lamentos, y le molesta el hecho de “etiquetar la vida”. No asiste a conciertos porque hay que estar de pie mucho tiempo. No tiene aficiones (“tengo problemas con el tiempo libre”) y opina que las Space Needles [altas torres con cúpula en forma de ovni que hay en Seattle] son una mierda. En un momento del paseo, nos encontramos con unos gansos canadienses. “Ratas de agua”, dice. “La gente los rodea y luego los dispara”.
Éste es un aspecto de su personalidad que no aparece en sus canciones: excéntrico, divertido. Sus términos inventados –desde “Sacrificialia”, para el Día de Acción de Gracias (es vegano); a “mangascortas”, su candidato para reemplazar a “moderno de mierda”- deberían estar en un diccionario.
La gracia de todo esto es que Pecknold es un “moderno de mierda”. Uno de sus primeros trabajos fue en una cooperativa alimentaria, y podías encontrarle siempre escuchando los podcasts de la radio mientras leía el New Yorker en su iPad. Pero si algo es, es consciente de sí mismo. Bromea sobre la imagen que tiene la banda de “barbudos con disfunción eréctil” y etiqueta a su música como “fauxlk” [juego de palabras entre “faux”, falso, y la sonoridad de la palabra como folk]. Al mismo tiempo, dice, la caricatura que se ha hecho de ellos como “melenudos y barbudos hermanos hippies” se les ha ido de las manos. “Es bastante molesto”, dice. “Puedes ser un greñas barbudo e intelectual: eso existe. O un melenudo barbudo y tirado”.
Hay muchas cosas que le encantan. El senderismo, coger trenes, los viajes por carretera. Le gustaría estudiar arte moderno, aunque lo que más le apetece es encontrar una finca barata en cualquier sitio, unas docenas de hectáreas en Nuevo México o Arizona, y construirse él mismo una pequeña casita. Nada moderno (“no me gustan las casas tipo teatro”) con un montón de luz natural. “Molaría hacerla sosteniblemente”, dice. “Sin tener que arruinarme”.
A Pecknold le preocupa no estar preparado para el negocio de la música. Hasta ahora él y su banda se han opuesto a ceder sus canciones para anuncios o para televisión, rechazando a American Express y la serie Anatomía de Grey. Recientemente les contactaron para que hicieran un anuncio para el Nissan Leaf, el primer coche cien por cien eléctrico: “Si algún anuncio estuviera libre de pecado, sería ése”. dice. “Pero yo sigo pensando que los anuncios suelen ser bastante tontos, con gente conduciendo todoterrenos y haciendo kayak”. Aunque una vez se vendieron: “Hicimos un anuncio para la Fundación Vida Salvaje en Australia. Nos pagaron 500 dólares [poco menos de 350 euros]”. ¡Hablando de “modernos de mierda”! Pecknold se ríe. “Totalmente”.
El eterno insatisfecho: "La felicidad está formada por muchas cosas. Incluye oscuridad, tristeza y también momentos de euforia. Así que si opinas que la felicidad es sólo una cosa, entonces te diría que no soy feliz en este momento", confiesa Pecknold, líder de Fleet Foxes.
La grabación del nuevo disco les llevó unos simbólicos nueve meses – y fue un parto complicado. Pecknold alquiló una granja en la Olympic Peninsula [brazo de tierra en Washington], donde “creía que lo conseguiríamos”, pero resultó que era “la parte de la ciudad llena de drogadictos”. Intentaron buscar otras zonas rurales de Washington, visitaron tres estudios en torno a Seattle. Una vez, buscando un épico sonido de eco, se aventuraron a ir al fondo de un gigantesco depósito de agua subterráneo en una base militar abandonada, y cantaron en casi total oscuridad. “Teníamos que llevar linternas frontales”, dice Pecknold. “Fue algo extremo”.
En diciembre de 2009, insistía en que no había forma posible de que el disco estuviera acabado para el año siguiente, 2010. Las fechas planificadas empezaron a caerse. Primero fue la pasada primavera, después septiembre. Twitter guarda la crónica de su frustración.
1 de septiembre de 2009: “¡Este disco lleva casi acabado desde hace seis meses!”.
29 de septiembre de 2009: “Nos estamos adentrando en terrenos dignos de Chinese democracy [sexto álbum de Guns N’ Roses, lanzado en 2008, primero de la banda americana ¡desde 1993!”].
3 de octubre de 2009. “Oficialmente haciendo un Disco Problemático”.
El punto más bajo llegó el pasado septiembre, cuando Pecknold y el productor Phil Ek volaron a Nueva York para hacer las mezclas solamente para decidir que odiaban lo que estaban oyendo. “Me gasté 60.000 dólares [unos 40.000 euros] de mi propio bolsillo en ese viaje”, dice Pecknold. “Regresé completamente deprimido. Nos gastamos un montón de dinero, y el disco no estaba hecho, y no sabía cómo arreglarlo”. En ese punto, dice Wescott, “ya nos planteábamos la posibilidad de no publicarlo”.
Además, la vida personal de Pecknold se estaba resintiendo. Llevaba casi cinco años saliendo con su novia Olivia. Pero entre el estrés de la grabación y las giras, poco a poco se iba distanciando de ella.
“Era difícil estar a mi lado”, dice una noche bebiendo bourbon y café. “Estaba cagándola porque estaba a otras cosas. ‘¿En qué estás pensando?’, me decía ella. Y yo le contestaba: ‘En la tercera letra de…’. Estaba obsesionado, y no era capaz de dejar un poco de espacio en mi cabeza para ella”.
Justo antes de la debacle de Nueva York, ella rompió con él. Estaba destrozado pero con una extraña energía: “Era algo raro. Desde aquel momento empecé a necesitar que el disco fuera perfecto. Pensaba: ‘Si ha afectado a todas las cosas que me rodean, tiene que ser jodidamente increíble”.
Y acabó siéndolo. Helplessness blues es una amplia y ambiciosa exploración de ese tipo de lucha en la que el propio Pecknold ha estado sumido: intentar ser mejor persona, a la vez que tu propio enemigo. Hay oscuras canciones, como la épica de ocho minutos The shrine/an argument; momentos existenciales como Blue spotted tail, inspirada en el libro de Carl Sagan sobre la insignificancia de la Tierra (Pecknold, agnóstico, es fanático de Sagan). “No hay muchas respuestas, pero sí muchas preguntas; es un disco sobre la crisis de la mediana edad, lejos de la previsible autocompasión que desprenden obras sobre el tema como la película Algo en común [filme indie del director Zac Braff, estrenado en 2004]”.
Uno de los pocos momentos optimistas del disco es la última canción, Grown ocean, en la que Pecknold canta sobre un hermoso sueño en el que deja de dudar de sí mismo y aprende a aceptar la vida como viene. Podría incluso convertirse en realidad. Al finalizar el disco, Olivia y él han estado intentando arreglar las cosas. Ella escuchó el disco hace poco. ¿Qué opinó? Para un momento para pensar. “Voy a intentar decirlo rápido”, comenta. “Dijo: ‘Si todo ha sido por esto… entonces mereció la pena”.
ELLOS YA SON SUS FANS. Que los Fleet Foxes se hayan convertido en la-banda-que-tienes-que-escuchar no es casualidad: vienen avalados por fans con pedigrí.
- Neil Young: Fueron invitados a cenar en su casa. Tienen bastantes cosas en común, como esa intensa relación con la naturaleza en sus canciones y en su vida personal. Entre el primer y segundo plato, hablaron del efecto invernadero, claro.
- Brian Wilson (The Beach Boys): De él han aprendido todo sobre las producciones y juegos vocales. Les organizaron un encuentro privado para conocerse... Wilson no se levantó de su piano.
- Lance Amstrong: Sí, has leído bien. El ganador de siete Tours de Francia es fan de Fleet Foxes. Pero también de otros grupos de corte indie-rock como Ryan Adams o The Dutchess and The Duke, entre otros. Todo nos lo desvela en su activo Twitter.
- David Crosby: Cuando le preguntaron al que fuera miembro de The Byrds y de Crosby, Stills, Nash & Young sobre estos hijos pródigos, el californiano confesó que les había escuchado... como darles su bendición.
- Zach Galifianakis: Al actor de Resacón en Las Vegas (2009) le gusta relajarse escuchando las vocecitas bien empastadas de Pecknold y compañía. De hecho, Mikonos suena en la película que rodó junto a Robert Downey Jr., Salidos de cuentas (2010).
Fleet Foxes actuará el viernes (25 de noviembre) en Madrid y el sábado (día 26) en Barcelona, dentro del festival Primavera Club.
Mira qué bien. Este artículo me viene que ni pintado. :)
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