En casa de Paul Auster: ‘Hace unos meses me compré una tumba’

Ya es “oficialmente viejo”, se ha comprado una tumba y no le da miedo morir mañana, pero el escritor, que nos recibe en su casa de Brooklyn, sigue dando guerra.
Por - 18 de marzo de 2012
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Paul Auster tras la cortina de humo que dejan sus puritos (Foto: Dustin Cohen).

Entrar en un cuarto de baño, sentarte discretamente a evacuar y ser atacado por una pila de libros en dudoso equilibrio, coronados por uno muy grueso, abierto por el capítulo “Daños cerebrales irreversibles” y titulado La mente y sus dolencias, sólo puede ocurrir en dos lugares: o en casa de un médico o en casa de un escritor. Fue una escena sin víctimas, quien escribe estas líneas recogió los libros que se precipitaron desde el alféizar y colocó el libro abierto en la misma página (creemos) en la que estaba, aunque el cuarto de baño, en el segundo piso de una acogedora casa de ladrillo y madera, no era la residencia de un escritor sino de dos: Paul Auster y Siri Hustvedt, una de esas parejas a las que, tras la frialdad de su trato inicial, uno colocaría en la parte de atrás del coche colgando de una ventosa para dejarle claro al mundo que, como se hace en Facebook, “me gustan”.

Las dolencias mentales no son lo que en estos días preocupa a Paul Auster, así que probablemente el libro que provocó el desastre (estrepitosa caída en masa junto a la taza del váter) tenía relación con el mundo de ficción de Siri Hustvedt, también escritora de éxito, aunque menos conocida en España que Auster. No hubo posibilidad de confirmarlo ya que la visita al cuarto de baño se produjo al final de una entrevista con el escritor, quien tenía prisa por ver marchar a la periodista: había organizado su tarde pensando que el encuentro sería una hora antes de lo acordado y ya tenía planes inamovibles que llevar a cabo.

De ahí que el recibimiento inicial no fuera especialmente cálido: “Llega usted una hora tarde”, gruñó según abrió la puerta de su residencia en el corazón de Park Slope, ese barrio de Brooklyn hoy colonizado por miles de parejas blancas con niños y en el que Auster y Hutsvedt fueron pioneros cuando su hija Sophie tenía apenas tres años. Hoy la niña tiene 24 y Paul Auster acaba de cumplir 65, “esa edad en la que el Estado te declara oficialmente viejo”, dirá más tarde con cierta sorna.

Afortunadamente para la periodista, el agente del escritor llama en ese instante y confirma que el error en la hora de la cita ha sido de Auster. Eso provoca su cambio de humor inmediato. El escritor se disculpa efusivamente, se llama idiota a sí mismo y se lo explica a su mujer, que acaba de entrar en casa con la compra y saluda con una gran sonrisa nórdica (es de origen noruego). Siri Hustvedt es alta, esbelta, bonita y amable y su marido se referirá varias veces a ella durante la entrevista como “mi querida Siri” o “mi pobre Siri”, según si habla de momentos compartidos o de cómo sufre al verla enfrentarse cada mañana a toneladas de emails, un medio que a él le produce alergia.

Como para relajarse del estrés de la infructuosa e innecesaria espera provocada por la confusión horaria, Auster enciende un purito mientras se repantiga en un sillón y le ofrece asiento a su interlocutora. “Sólo tenemos una hora pero será suficiente, ¿no? Por cierto, tu cara me suena, ¿nos hemos visto antes?”, inquiere mientras se limpia la ceniza que se le ha caído sobre su anodino jersey azul.

Tiene buena memoria, pero ya no es el Auster atractivo e imponente de hace apenas unos años. Sigue siendo un hombre guapo, alto y delgado pero el paso del tiempo está ya marcado en su pelo canoso, en su rostro cansado y su característica mirada feroz y felina se ha oscurecido respecto a la última vez que esta periodista se encontró con él. Sus movimientos desvelan que ya no tiene esa agilidad física que aún conservaba hace unos pocos años –le cuesta sentarse y levantarse del sillón– y, como él mismo dice, ha entrado en el invierno de su vida. Entender y aceptar que el cuerpo es un mecanismo que envejece con el tiempo es lo que le ha llevado a escribir unas memorias tituladas precisamente Diario de invierno.

Una casa con vistas: Los alféizares de las ventanas de la casa de Paul Auster en la zona de Park Slope, Brooklyn, están repletos de libros que el escritor y su esposa quieren tener a mano.

Más que de memorias habría que hablar de fragmentos autobiográficos puesto que no es un libro construido de forma cronológica y Auster ofrece en él escenas de su vida no necesariamente conectadas entre sí. Curiosamente, al leerlo, uno tiene la extraña sensación de que podría estar asomándose a la existencia de cualquier ser humano: apenas hay referencias a la vida profesional de un autor que ha publicado quince novelas (entre ellas Trilogía de Nueva York, El país de las últimas cosas, Mr Vértigo, Leviatán, Tombuctú o El libro de las ilusiones), dos obras autobiográficas (La invención de la soledad y A salto de mata: crónica de un fracaso feroz), tres colecciones de poemas, y recopilaciones de ensayos traducidos a casi cuarenta idiomas. Además ha escrito y co-dirigido cuatro películas (Smoke, Lulu on the bridge, Blue in the face y La vida privada Martin Frost); es miembro de la Academia de las Artes y las Letras de Estados Unidos, ha sido premio Príncipe de Asturias de las Letras, Caballero de la Orden de las Artes y las Letras de Francia… En fin, si hay alguien que puede presumir de currículo es Paul Auster.

Sin embargo, sus éxitos literarios y su desarrollo profesional ni se mencionan en Diario de invierno y todo lo que uno descubre a través de sus páginas son sentimientos y experiencias vividos por el escritor pero comunes a toda la humanidad. Escenas de la niñez, el despertar sexual, la desolación ante la muerte de una madre, el encuentro con el amor, el dolor del desamor, el terror ante el roce inesperado de la pérdida… Las escenas se suceden en pequeñas viñetas que viajan de la comicidad de sus primeros encuentros con la masturbación a la desolación de vivir en un apartamento miserable o al horror ante su primer ataque de pánico. “Es un libro sobre mi vida física, sobre el proceso de crecer y envejecer, sobre mi vida interior. Por eso no hay referencias profesionales, ni siquiera hay referencias a amigos, poetas o escritores. Traté de introducir esas cosas pero no funcionaba. Hay una coherencia entre lo que hay dentro y lo que he dejado fuera. Nuestra vida física empieza en el interior de nuestra madre, por eso hablo bastante de ella. Hay un recorrido a través de las casas en las que he vivido, porque alojan nuestro cuerpo y hay referencias a todas esas cosas que hacen sentir que nos transformamos físicamente”.

Mientras disfruta de su purito y se relaja cada vez más en un sillón orejero, estirando las piernas hasta quedarse a veces casi tumbado entre el sillón y el suelo, trata de recordar por qué escribió Diario de invierno. “Ya había publicado otras obras autobiográficas como La invención de la soledad, que nació del shock que me produjo la muerte inesperada de mi padre. Últimamente, de forma inconsciente, le daba vueltas a este proceso del cambio físico. Sabía que quería escribir sobre cómo envejecemos, cómo nos transformamos a ese nivel y poco a poco el libro comenzó a querer salir. Ocurre con todos, ¿por qué este libro y no otro? De alguna manera, las historias piden ser escritas, es difícil de explicar… En este caso supongo que le daba vueltas a mi deterioro físico. No te puedes ni imaginar lo extraño que es hacerse viejo. Es una sensación rarísima. Acabé el libro con 64 años y acabo de cumplir 65. Ya soy oficialmente mayor. Prescindible. La sociedad te da cada vez menos oportunidades, aunque yo tengo suerte. A los escritores parece no afectarles tanto la edad, al menos en la parte profesional. Sé que los directores de cine lo pasan muy mal”.

Aquí, pese al inevitable pesimismo que rodea el tema que nos ocupa, la entrevista empieza a derivar en animada conversación y Auster se entusiasma y desgaja varias anécdotas, entre ellas una sobre el legendario director Fred Zinnemann, quien entre otros filmes dirigió De aquí a la eternidad. “Pasados los setenta, y en busca de financiación para un proyecto, Zinnemann consigue una cita con el productor de unos grandes estudios, treinta años más joven que él. Se saludan, se sientan y el tipo le pregunta: ‘Bueno, míster Zinnemann, y usted, ¿en qué ha trabajado?’. Y Zinnemann contesta: ‘Usted primero, por favor’. Creo que esta anécdota resume mejor que ninguna otra lo que hoy significa envejecer”.

Más libros: Smith, Philip Lopate, John Ashbery, Oliver Sacks, Salman Rushdie o uno sobre la historia de los judíos americanos.

Pero Auster parece estar en paz con la inevitable degeneración que la edad le impone al cuerpo. “La proximidad de la muerte hace que pienses más en ella y de repente haces cosas que jamás te habrías planteado. En el libro hablo del momento en que hay que buscarle una tumba a mi madre. Cuando lo escribí yo tampoco tenía, pero hace unos meses mi querida Siri y yo nos compramos dos nichos en un cementerio. Además, he hecho testamento. Estoy preparado para la muerte desde un punto de vista práctico. Si eres responsable, tienes que pensar en estas cosas. No es que tenga intención de morirme mañana, pero si ocurriera, estoy listo”, dice con la tranquilidad del que espera en la puerta a que el taxi le recoja para llevarle al aeropuerto.

Lo bueno de Paul Auster es que, tanto en persona como en sus libros, aunque pueda hablar de cosas muy serias, siempre deja espacio para la ironía, el humor y, por supuesto, para ese azar austeriano del que tanto han hablado los críticos. En Diario de invierno hay toda una parte dedicada a sus encuentros con algunas prostitutas en París relatados con un grado de ternura, humor y humanidad que dignifican la profesión más vieja del mundo y hacen sonreír sin maldad frente al cliente más antiguo del mundo, el joven inexperto sexualmente. Se sorprende de que se le pregunte si esas escenas podrían ser mal recibidas en Estados Unidos, extremadamente conservador para todo lo relacionado con el sexo. “¿Tú crees que hay gente que se podría escandalizar? Allá ellos. Ni me lo había planteado”.

Paul Auster no es una celebridad en su país. Es mucho más conocido en España, aunque como él mismo dice “en Estados Unidos los escritores no entramos en la categoría de celebridades así que a nadie le importa lo que hagamos o digamos. En Europa, hasta aparecen en televisión. Aquí no contamos nada, por lo que no creo que a nadie le importe que Paul Auster escriba que anduvo con prostitutas”, comenta sarcástico.

Pero ese contraste entre lo poco que pesan los escritores en Estados Unidos (a excepción quizá de Salman Rushdie, famoso por su vida privada más que por sus libros) y la importancia que se les da en otras partes del mundo, ha hecho que Auster se sorprenda bastante ante la polémica que ha estallado en Turquía tras unas declaraciones suyas explicando en el diario local Hurriyet que no iría a ese país, hasta que no se liberara a los escritores y periodistas encarcelados. “Me han invitado muchas veces y siempre me he negado a ir porque hay represión de escritores y periodistas, y eso es una violación de los derechos humanos. El primer ministro Erdogan leyó la entrevista y se ensañó conmigo públicamente, así que yo le contesté. Después, el líder de la oposición me ha pedido que me lo piense y visite Turquía pero yo no voy a decir nada más. No voy a ir, como tampoco voy a ir a China mientras no haya libertad de expresión y se reprima a escritores y artistas. Es curioso porque en EE UU lo que digan los artistas les da igual a los políticos. Yo conozco muchísimos escritores que no quieren visitar mi país, ocurrió mucho durante la época de Bush, gente que criticaba Estados Unidos y decía que no pondría un pie aquí hasta que Bush se fuera. Pero ¿tú te puedes imaginar a Bush atacando públicamente a un escritor por decir eso? ¡Ni se le pasaba por la cabeza! A nadie le importa lo que digamos. Quizá se trate de una dicotomía… ¿Es posible que cuanta más libertad tenemos los artistas para decir cosas, peor sea el régimen en el que vivimos?”. Y ahí suelta una enorme carcajada que obliga a pensar si no tendrá parte de razón, y la ficción de libertad de los países democráticos es sólo eso, una ficción.

Auster fue muy crítico con las políticas de Bush, con la guerra de Irak y con la reacción de su gobierno a los atentados del 11-S. Todo ello quedó reflejado en su anterior libro, Un hombre en la oscuridad, en el que incluso se planteaba la posibilidad de que Nueva York se convirtiera en un país independiente, una fantasía con la que ha soñado muchas veces . “Sé que no es factible pero me encanta imaginármelo. Sería fabuloso. Nueva York es una ciudad única, muy diferente al resto de Estados Unidos. Es más, a la mayoría de los norteamericanos no les gusta. El 40% de los neoyorquinos no son nacidos en Estados Unidos, así que ser independientes no estaría nada mal. Me divierte soñarlo aunque sé que es imposible”. 

Poemas de Larry Eigner y una regadera.

Él nació en 1947 en Newark, en el vecino estado de Nueva Jersey, pero en su tarda adolescencia se mudó a Nueva York para cursar estudios en la Universidad de Columbia y, aunque también pasó varios años en París, la piel y el alma de Paul Auster están curtidas en Nueva York. Muchos de los artistas de su generación se quejan a menudo de los cambios que ha sufrido una ciudad que, al menos en lo que respecta a Manhattan, le ha vendido su alma al diablo y se ha transformado en un parque de atracciones para gente con dinero. Auster, en cambio, aunque reconoce los cambios, sigue siendo un defensor a ultranza de una ciudad que considera única. “Desde los años veinte el dinero siempre ha sido el motor de Nueva York. Y aunque ha cambiado mucho, en cierto modo sigue siendo igual. No se parece a ninguna otra ciudad en el mundo, aunque tengo que reconocer que el carácter de Manhattan ya no es el mismo que el de cuando yo era joven”.

En este momento Auster comienza a escupir datos, cifras, y detalles que demuestran su profundo conocimiento de una ciudad que adora y que ha servido de escenario para la mayoría de sus libros. “En los sesenta, el 90% de la ropa que consumía un estadounidense se hacía en suelo americano, y el 80% de esa ropa se manufacturaba en Nueva York, en concreto en Manhattan. Es decir, había miles de personas trabajando en esa y en otras industrias. La presencia de la clase trabajadora era notable. Hoy sólo el 5% de la ropa que consumimos se hace en nuestro país y la industria textil prácticamente ha desaparecido de Nueva York. Por eso, antes en Manhattan había gente corriente con trabajos corrientes. Ahora sólo se puede vivir en ella si tienes mucho dinero. Pero esas familias sí están en otros barrios, en Brooklyn, en Queens, en el Bronx… De ahí que yo siga siendo un defensor de Nueva York. Esa mezcla de trabajadores, inmigrantes, artistas, gente que hace sus propios proyectos, sus propias locuras, sigue siendo el alma de Nueva York, sólo que ahora ya no viven en Manhattan”.

En Diario de invierno, Auster viaja a través de toda la ciudad describiendo todas las casas por las que ha pasado, primero en Manhattan y más tarde en Brooklyn, donde decidió instalarse adelantándose en tres décadas a quienes ahora lo descubren asombrados y lo reivindican como bandera. “No creo en ese orgullo de barrio del que se habla ahora. Cuando vives en Nueva York, importa poco si tu casa está en Brooklyn o en el Bronx; hay matices, pero todos somos neoyorquinos”.

El pasado otoño se sintió particularmente orgulloso de serlo cuando estalló el movimiento Ocupa Wall Street, del que se apresura a decir que no ha muerto. “Está en letargo invernal. Estoy seguro de que están preparando grandes cosas y, con la primavera, volverá a resurgir con fuerza”. Suena casi a declaración de fe, aunque como subraya durante la entrevista, Auster lee mucha prensa y, en particular, mucho análisis político, y quienes no se limitan a ver la CNN o a leer The New York Times saben que Ocupa Wall Street sigue vivo, aunque ahora su existencia se mantenga en un plano más underground. “No ha sido una anécdota. Creo que todo el planeta siente que las cosas no están funcionando. Todos estos movimientos han nacido de forma espontánea y casi al mismo tiempo en España, en Inglaterra, en todas partes. Hay una sensación generalizada de que hemos fracasado y de que tenemos que reinventar cómo vivimos, cómo educamos a nuestros hijos, cómo nos enfrentamos a la economía, incluso cómo comemos. Un movimiento como Ocupa Wall Street expresa eso. No lo forman muchos en términos numéricos, pero creo que representan lo que millones de personas piensan y sienten. Por eso creo que sus integrantes han sido muy inteligentes al tratar de construirlo sin líderes, sin jefes, sin jerarquías, sin plataformas… Una protesta general sobre cómo están las cosas. Un grito que viene a decir: la situación tiene que cambiar aunque tampoco nosotros sepamos exactamente cómo”.

Cuando la universidad de Columbia se convirtió en uno de los epicentros de las protestas del 68, Paul Auster estudiaba allí y participó en ellas, algo que también menciona en Diario de invierno. Sin embargo, al contrario que mucha gente de su generación, cuando habla de los jóvenes del siglo XXI no les compara negativamente con los jóvenes que salieron a la calle a protestar contra la guerra del Vietnam y contra el racismo. “Esos eran los dos únicos problemas graves a los que nos enfrentábamos. Estados Unidos era entonces un país rico y próspero en el que la gente realmente pensaba que no había límites. Y lo cierto es que no había problemas de trabajo, ni siquiera te hacía falta terminar el colegio para conseguirlo. Cualquiera podía ser contratado en una fábrica y el sueldo era suficiente para comprarte una casa y mandar a tus hijos a la universidad. Esa América ya no existe. Hoy los jóvenes se enfrentan a problemas muy diferentes”.

El escritor en uno de los escasos momentos de la entrevista con ROLLING STONE en que no fumaba uno de sus puritos.

Lo dice con conocimiento de causa, ya que Auster mantiene muy buena relación con su hija Sophie, de 24 años, y conoce bien a sus amigos. “La suya es una generación mucho más abierta y tolerante que la nuestra. El racismo no existe y aunque no son tan activos políticamente tampoco son inactivos. La prueba es que cuando algo les interesa se movilizan: con Obama fueron los jóvenes los que más se entusiasmaron y con Ocupa Wall Street han sido también los jóvenes quienes más se han entregado. Sus problemas son muy diferentes a los que vivió mi generación: sus expectativas laborales son bajísimas y además el coste de conseguir una educación es altísimo. Pedirle a un estudiante que acabe la universidad con una deuda de 100.000 dólares [76.000 euros] es condenarle de por vida. Hacerle eso a los hijos de un país es gravísimo. Me dan mucha lástima. Tienen un camino por delante mucho más difícil que el que tuvimos nosotros”.

Su hija también es artista. Es cantante, aunque coqueteó con el cine y protagonizó la última película que escribió y dirigió Auster, La vida interior de Martin Frost, en 2007. Sin embargo, como dice orgulloso su padre, “lo suyo es la música”. Y con ese rostro de satisfacción inequívoco que se les dibuja a los progenitores cuando hablan de los éxitos de sus hijos, Auster desvela que Sophie acaba de grabar su segundo disco e insinúa que al final de la entrevista podremos escuchar unos temas.

Música, cine, libros. Su vida y la de su familia no se concibe sin ellos, así que la pregunta resulta inevitable. ¿Por qué cree que los humanos sentimos la necesidad de crear? “Es un impulso natural. Dibujar, pintar, bailar, contar historias… es parte de lo que somos. Lo necesitamos tanto como dormir y comer. Creo que la mejor manera de entenderlo es imaginándose un lugar en el que no hubiera nada de eso. Un país sin música, sin dibujos, sin canciones, sin que nadie escribiera un poema… Sería un lugar muy gris ¿no?”.

Sin embargo, no todo el mundo siente el impulso creativo. ¿Qué mueve a Paul Auster a escribir? “Es una necesidad, a menudo también un placer pero además puede ser un gran peso y una lucha terrible”, afirma con cierta solemnidad. Gran amante de la música, asegura que escribir tiene para él mucha relación con el ritmo. “Creo que escribir está conectado con los mismos impulsos que conectan la cabeza y el cuerpo con la música. Es muy difícil de explicar porque no es objetivo, pero en muchas ocasiones sientes que has escrito una frase buena o mala por su ritmo. A veces se puede mejorar y otras veces es imposible, tienes que eliminarla porque carece de musicalidad”.

A estas alturas de la entrevista Paul Auster ya se ha fumado tres puritos. De vez en cuando carraspea con esa tos característica del fumador y se escucha su respiración pesada. Pero no tiene ninguna intención de dejar de fumar y, como escribe en Diario de invierno, dice echar de menos ese mundo del pasado en el que había humo en todas partes. “Entiendo la prohibición, pero eso no evita que eche de menos ciertos momentos que antes vivías con un cigarro en la mano y ahora ya no”.

Auster fuma cuando escribe. Y escribe en el sentido literal de la palabra, como se hace desde tiempos inmemoriales, a mano sobre un cuaderno. “Nunca me ha gustado el ordenador. No me gusta el tacto del teclado. Lo he intentado pero no me funciona. Yo escribo a mano y luego paso a máquina lo que escribo, hago correcciones a bolígrafo y luego vuelvo a escribir a máquina. Me gusta la dureza de las teclas. Adoro las máquinas de escribir”. Sobre la mesa que nos separa hay dos esculturas pequeñitas de bronce, que caben en una mano, hechas a imagen y semejanza de su máquina de escribir. Y en la salita en la que nos encontramos hay tres retratos al óleo de ese mismo aparato. “Son de Sam Messer, un amigo que ha pintado 100 cuadros de mi máquina de escribir y junto al que publiqué un pequeño libro con sus ilustraciones titulado precisamente La historia de mi máquina de escribir. Una de esas cosas que haces para divertirte”, explica jocoso.

Para el autor de Trilogía de Nueva York, escribir no es un exorcismo o algo que haga para sentirse en paz consigo mismo. “No es lo mismo escribir un libro de memorias que uno de ficción. El proceso es diferente porque en un caso recuerdas y en otro inventas, aunque a veces al inventar introduces recuerdos en esa ficción. Eso es algo que sólo sabe el escritor. Pero nunca he utilizado la literatura como algo terapéutico. Yo escribo para compartir”.

Sin embargo, esa necesidad tan de moda en el siglo XXI en su caso se limita a la literatura o a las interacciones personales. Auster vive en un mundo ajeno a las redes sociales, al email y a internet. “Tengo fax”, proclama con aire travieso. “Mi asistente lo utiliza para enviarme la información que a veces le pido que busque para mí en internet. Y es ella la que contesta a mis correos aunque yo a veces escriba alguna carta. Pero veo a mi pobre Siri atrapada cada día frente al ordenador y creo que no tiene sentido. Toda la gente que conozco se siente frustrada por el trabajo que le da su vida digital, dicen que pasan demasiado tiempo frente a la pantalla y que internet no les deja vivir. Yo no quiero estar en ese estado, no necesito estar tan conectado”, sentencia. Y con complicidad periodística añade: “La prensa la sigo leyendo en papel”.

La hora acordada ha pasado pero el escritor, ya completamente relajado tras superar el estrés inicial, no ha olvidado la oferta musical que hizo hace un rato y propone escuchar un tema del nuevo disco de su hija, que no suena nada mal. Quiere una opinión, aunque poco importa lo que otros digan: él escucha el tema, donde la voz densa de Sophie se mueve sin esfuerzo a través de ritmos entre rockeros y soul, sonríe y exclama: “No puedo evitarlo, me encanta lo que hace”.

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1 Comentario
  1. #01 Loe 20 de marzo de 2012 - 14:52

    Me encanta, él y su familia

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