El mundo del espectáculo es terreno abonado para carreras guadianescas, para el cruel ciclo del ascenso-estelar-y-posterior-caída-al-hoyo-más-profundo. Pero se recuerdan pocas montañas rusas tan espectaculares como la vida de Robert Downey Jr., uno de los actores de más talento de su generación, que hubo de bajar al infierno -varias veces- para conseguir asentarse ¿definitivamente? en el Olimpo. Este es su viaje, contado a través de sus palabras en seis películas y una serie de televisión.
“¿Tienes pelo en las pelotas?” (Pound, 1970). Es probable que el futuro no te depare una vida normal cuando a los cinco años tu padre, un director de cine de vanguardia, te pone a actuar en uno de sus cortos haciendo de cachorrillo al que van a gasear. Si además ese padre, un beatnik con una actitud moral digamos laxa, te aficiona a la marihuana a los ocho años, la visión de una clínica de rehabilitación con tu nombre se hará más nítida con cada año que pasa.
“Lo tenía todo planeado. Dios. O eso pensaba. La he jodido, no tengo dinero. No sé... de dónde lo voy a sacar” (Golpe al sueño americano, 1987). Robert Downey se fue haciendo un nombre en el cine juvenil de los 80. El reconocimiento le llegaría con Golpe al sueño americano, adaptación de la novela de Easton Ellis Menos que cero. En ella hacía de niño pijo atrapado en la abulia y las drogas.
“Quizás ahora es cuando... me das un beso de despedida” (Ally McBeal, 2000). Tras una nominación al Oscar por su soberbia interpretación de Charles Chaplin (1992), la carrera de Downey parecía bien encaminada, pero las tendencias autodestructivas dominaron su vida en la segunda mitad de los 90. En 1996 le arrestaron conduciendo (desnudo) a gran velocidad su Porsche, colocado como una bestia y con un Magnum en la guantera. Un mes después, en libertad condicional, allanó la casa de un vecino y se durmió en la cama de un niño (vacía, afortunadamente). Y esos son sólo dos episodios de una hoja de antecedentes tan larga como la de los hermanos Dalton...
“Es como si tuviera una escopeta en la boca con el dedo en el gatillo, y me gustara el sabor del metal”, le confesó en 1999 al juez que, finalmente, le condenó a tres años de cárcel, de los que cumplió uno. A la semana de salir, la redención llamó a su puerta en forma de oferta para aparecer en la entonces popular Ally McBeal. Participó en 25 capítulos, pero unos cuantos arrestos más hicieron que los productores cancelaran su contrato.
“Soy como una obra sin terminar ahora mismo, la vida me quiere con los nervios de punta. Pero mientras no olvide el pasado estaré bien”
“Cuando tratas con el diablo debes alabar al Señor y pasar la munición” (El detective cantante, 2003). Robert Downey Jr. se convirtió entonces en un apestado en Hollywood. Era comprensible que cualquier productor pensara que contratarle era un riesgo inasumible. Todos menos su amigo Mel Gibson (juntos hicieron Air America en 1990), que en 2003 pagó de su bolsillo el costoso seguro necesario para que Downey protagonizara la oscura comedia musical El detective cantante. En ella, el actor cantaba, otra de sus pasiones: además de haberlo hecho en varias de sus películas, en 2004 editó un disco de jazz-folk como solista, The futurist, en el que se marcaba un dúo con Jon Anderson, cantante de Yes. Las buenas críticas de El detective cantante supusieron un nuevo comienzo desde cero para Downey, que en los siguientes años participó en notables películas indies como Memorias de Queens o A scanner darkly.
“No creo en fantasmas” (Gothika, 2003). En 2003 también trabajó en un filme de terror que no pasaría a la historia si no es porque en su rodaje conoció a una joven productora, Susan Levin, que ahora es su mujer. Así describía un enamorado Downey a Rolling Stone en 2008 su fidelidad a ella: “Usé ese órgano [el pene] todo lo que pude. No podía dejar en paz ese pequeño miembro, y sigo disfrutando de su presencia, pero ya no es un factor que me motive. Casi siempre los tíos están pensando en acostarse con alguien. Yo no. No es que quiera hacerme un nudo con ello. Pero mi unión con Susan es sagrada”.
“No debería estar vivo... a no ser que sea por una razón. No estoy loco. Simplemente por fin sé lo que tengo que hacer. Y sé de corazón que es lo correcto” (Iron Man, 2008). Actuar en pequeñas películas indies estaba bien, pero ¿ser el héroe en una superproducción de Marvel? Superadas las reticencias de los que ponían el dinero, Robert Downey Jr. triunfó como Iron Man, de la que ya ha estrenado segunda parte y que este año tendrá un spin-off (Los vengadores), y el que viene la tercera parte. Su caché se ha disparado hasta rondar los 10 millones de euros, pero otros roles protagonistas como los de Sherlock Holmes han demostrado que los vale.
“Soy un tío que hace de un tío disfrazado de otro tío” (Tropic thunder, 2008). Ya abonado a los taquillazos, interpretó a Kirk Lazarus, un actor del método que se colorea la piel para hacer de negro. Es una metáfora casi perfecta para un hombre del que uno de sus directores dijo: “Incluso él no sabe quién va a ser de un momento al siguiente”. Alguna vez se ha dicho que sufre de trastorno bipolar, aunque él lo ha negado. Sí aceptó calibrar los pasos necesarios para no recaer en el pozo en las páginas de esta revista: “Soy como una obra sin terminar ahora mismo, es una locura, y la vida me quiere con los nervios de punta. Pero mientras no olvide el pasado, estaré bien. Es como cuando tienes que olvidar a esa antigua novia que trató de cortarte el cuello, pero que aún está buenísima. Si te acuerdas de los puntos y la cicatriz más que de su coño, entonces te irá bien”.
Genética ‘RS’
DNI: Nació en Nueva York, el 4 de abril de 1965.
Herencia genética: La mala vida de Dennis Hopper, y la elegancia de Peter O’Toole, su actor favorito.
Kit básico: Desaliño con clase, el pelo revuelto, alguna cicatriz.
El momento: En 2001 salió de la clínica de rehabilitación para rodar el vídeo de I want love, canción de Elton John cuya letra se podía aplicar a sí mismo.
Futuro: El 27 de abril estrena Los vengadores.
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