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El angel caído de 'The Wire'

La mejor serie dramática de la televisión salvó a la delincuente y actriz Felicia ‘Snoop’ Pearson de una vida de drogas y violencia. ¿Fueron las calles de Baltimore responsables de arrastrarla de vuelta a todo ello? Por Ben Wallace-Wells Fotografía: Edward Keating

19.02.2012 | 1 comentario
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El angel caído de 'The Wire'

Cuando Felicia Pearson se hizo famosa, su primer instinto fue el de huir. Tenía 24 años pero parecía más joven: esquelética y pequeña, con aspecto de marimacho y cara infantil. Su acento era casi indescifrable, era divertida y recelosa, y para quien la conocía era como el buque insignia de Baltimore Este, un mundo que nunca llegó a abandonar del todo: dejó el colegio en octavo, fue condenada por asesinato y su único trabajo fijo fue el de traficante. Pero su suerte cambió gracias a The wire, entonces una serie de discreta audiencia, ambientada en Baltimore.

Uno de los actores de la serie se fijó en ella en un club nocturno y se la presentó al creador de la serie, David Simon, experiodista de sucesos en el periódico Baltimore Sun. Éste escribió un papel para Pearson y le puso en la ficción su apodo real, Snoop, para que las cosas le resultaran más fáciles. El personaje era una brutal asesina a las órdenes de un traficante. Pearson, que nunca había pensado en actuar, le confirió una crudeza tan viva y feroz que Stephen King la bautizó como “la villana más temible que nunca ha habido en la tele”. Lo primero que Pearson hizo, al comprobar que la actuación era una buena forma de ganar algo de dinero, fue deshacerse de su alijo de heroína. “Lo regalé todo”, dice. “Material gratuito: ¿quién iba a quejarse?”. Lo segundo, más o menos, fue comprarse una casa por 275.000 dólares [unos 215.000 euros] en un suburbio de clase obrera de Baltimore. Lo que le cautivó del lugar fue su normalidad, el deliberado anti glamour que se respiraba allí: una casa de segunda mano con tres habitaciones y un jardín con algo de hierba que no llegaba a ser césped. Para alguien que había pasado de ser una exconvicta a una estrella en cuatro años, el lugar se presentaba como un mundo nuevo lleno de posibilidades.
Pero esto sucedió en 2007, quizá el peor momento en la historia de EE UU para comprarse una casa, sobre todo para una joven actriz con un solo papel en su carrera. Pearson perdió la casa al no poder hacer frente a los intereses de la hipoteca y se mudó al centro de Baltimore, no muy lejos de donde había crecido. Entonces, en marzo del año pasado, la policía y el cuerpo federal antidroga hicieron una redada en su apartamento, y la arrestaron por participar en la distribución y venta de heroína. Los federales, se supo luego, habían pinchado el teléfono de Pearson y tenían grabada una conversación entre ella y un amigo, Shawn Johnson, en la que Pearson le pedía que le devolviera sus “30”. Sus abogados dijeron que Pearson le había prestado a Johnson 30 dólares. Los federales dijeron que un informador confidencial testificaría que Pearson estaba hablando en código y que hablaban de la distribución de heroína.

La serie de televisión The wire [cuyo título podría tarducirse como El micrófono oculto] en la que Snoop se estrenó en el mundo de la actuación fue estrenada en 2002 en Estados Unidos y terminó de emitirse, tras cinco temporadas, en 2008 (a partir del 18 de marzo, en TCM Autor). Escrita como una novela policíaca, trata de ser una visión realista de la vida de Baltimore, especialmente centrado en el tráfico de drogas. Lo novedoso de sus guiones y que la han convertido en una serie de culto (dicen los expertos de la crítica que la mejor jamás rodada, tras Los Soprano) es su atención por los detalles y un alejamiento del tópico veloz y cardíaco de las series policiales habituales. The wire es la verdad, lo real, lo que pasa en los arrabales de este mundo: hablan de Baltimore pero en realidad retratan todos los submundos que forman parte del engranaje de cualquier metrópoli mundial.

Uno de los temas que la serie trata es que algunas zonas de la ciudad –entre ellas, el distrito de Baltimore Este, en el que creció Pearson– han sufrido una evolución paralela a la que ha seguido el resto del país. Lo que Simon sugirió, a través de la ficción, es que en estos barrios la delincuencia no es una alternativa, sino la única opción viable. Ahora, una de sus estrellas sugiere lo mismo pero en la vida real. El día en el que Pearson fue arrestada, cuando los detalles de su detención aún eran turbios y estaba en prisión sin fianza, Simon publicó una nota de prensa. “Tanto nuestra Constitución como la ley, garantizan que seremos juzgados como iguales”, escribió. “Pero en realidad vivimos en dos Américas, política y económicamente distintas. Yo, proviniendo de una, no considero a Felicia Pearson como una igual. Las oportunidades y experiencias que ha tenido no se corresponden con las mías, su América es diferente. Por eso yo no estoy capacitado para juzgarla”.


Pearson nació en 1980 en una de las zonas más deprimidas de Baltimore Este, en un barrio negro llamado Broadway East. Desde pequeña, su vida estuvo marcada por una depravación casi completa: nació bizca por la adicción de su madre al crack, fue alimentada con un gotero por su abuela adoptiva, y a los 5 años, era desnudada y encerrada en un armario para que su madre pudiera comprar droga tras vender toda la ropa que había encontrado por casa. Al tener pinta de marimacho -y declararse lesbiana a los 12 años- era objeto de curiosidad en su barrio, primero como mascota de las bandas de narcos; luego, como miembro en activo de una de ellas. Con 14 años ya llamaba al traficante para el que trabajaba “tío”, y al capo para el que éste trabajaba, “padre”. Fue su “tío” quien la rebautizó como Snoop: como el personaje de tebeo Snoopy, era dulce pero triste. "Todo lo que me interesaba era peligroso”, dice Pearson en su autobiografía de 2007, Grace after midnight [no ha sido pubicada en castellano]. “Vivir al límite. Al límite del límite, no puedo decirte por qué, pero mientras otras niñas de 13 se compraban vestidos, yo estaba comprando armas”.


Hay gente que consigue evitar el mundo de la droga en el inhóspito cruce en el que Pearson se crió, pero echando la vista atrás, dice, todo lo que le ha sucedido como “cría salvaje” ha sido inevitable. Al principio, solo hacía recados. Pronto empezó a formar parte de una banda encargada de cobrar deudas -por medio de palizas - y de atemorizar a rivales. Consiguió una pistola de 9 mm y una tarde, cuando una pandilla rival abrió fuego, ella se escondió en un cubo de basura y devolvió los disparos. Un día, cuando tenía 15 años, varios miembros de su banda se metieron en una pelea y ella cruzó la calle corriendo para unirse a ellos. De repente, una chica de su misma edad llamada Okia Toomer fue hacia ella blandiendo un bate de beisbol. “Sólo había una forma de pararla”, recuerda Pearson. Disparó y la mató. Era aún una cría por entonces, se recluyó en casa de su “tío” mientras las cosas se calmaban, con la esperanza de que la policía perdiera interés. Pero no fue así: finalmente fue condenada por asesinato y pasó cinco años en prisión. Para sobrellevar el aburrimiento, dedicaba las horas a fabricar consoladores para las reclusas. “Un rollo de venda es lo mejor para conseguir un sólido consolador”, cuenta en sus memorias; así que fingía esguinces de tobillo para entrar en la enfermería de la prisión. Cuando Pearson salió en el año 2000, estaba decidida a ir por el buen camino y consiguió varios trabajos sin importancia: en una fábrica, en un almacén y en un centro de lavado de coches. Le gustaba el ritmo de trabajo, pero la despedían cada vez que sus jefes descubrían sus antecedentes penales. No tardaría mucho en regresar al mundo de la droga. Si Pearson cree que está atrapada por las circunstancias de su nacimiento, que su destino ya estaba fijado de antemano, no es algo que demuestre. “Ella  es una de las tres o cuatro personas de las que han crecido en ese ambiente y que conozco, que es capaz de verse a sí misma desde fuera”, dice Ed Burns, ex policía que ayudó a Simon a escribir The wire. “Es capaz de reconocer que la cagó, para a continuación reírse de sí misma y continuar con su vida”.

La primera vez que Snoop se vio en The wire quedó impresionada. “Me dije a mí misma: ‘Muy bien, zorra”. Su pavoneo quedaba bien en pantalla. En la cuarta temporada, hay un momento en el que Snoop está sentada esposada en un bordillo, la acaban de arrestar por posesión de armas, y le dice despectivamente al policía: “Piensas que eres un tipo duro”.
“Sé que lo soy”, responde el policía. “En lo que estoy pensando es en pavas”. Por guión, la escena acababa en ese momento. Pero si uno se fija, hay un repentino brillo de humor en los ojos de Pearson: su forma de ver el mundo es tan diferente de la de los demás, que lo que diga en serio será tomado como algo divertido. Así que mira al policía y añade de su propia cosecha: “Yo también”. Simon lo mantuvo.

Un día en noviembre pasado, Pearson y el grupo que la acompaña -primos, un tío y su abogado- regresaron a la esquina donde solían parar. En su barrio, a  Snoop se la conoce como Fe-Fe, y su llegada es un acontecimiento. “Solíamos hacer fiestas en casa”, recuerda Pearson. “Nos juntábamos cien personas en una pequeña habitación”. Recuerda el barrio con cariño por esa cercanía entre vecinos: los 50 dólares que le prestabas a alguien a quien iban a cortar el gas,  por ejemplo, o los 100 para un alquiler. “Todo el mundo se mantenía unido”, dice. Hay policías cerca de aquí, como siempre, y están molestando a los chicos del barrio tanto, que la abogada de Pearson llama a un detective amigo suyo para intentar calmar a la patrulla. Hay recordatorios por todos sitios de que escapar es una tenue posibilidad; Pearson recuerda a una estrella del baloncesto con la que creció, un héroe del barrio que acaba de ser encarcelado acusado de robo. “Una vez que das un paso fuera de aquí, no puedes mirar atrás”, dice Pearson. “Porque acabará volviendo a tu vida. La gente piensa, ‘Tengo que regresar y mostrar mi amor por el barrio’. Tío, olvídate de eso. Mándales una postal con algo de dinero. Eso es lo que les preocupa de verdad”.

 

“Una vez que das un paso fuera del barrio, no debes mirar atrás”, dice Pearson. “La gente piensa: ‘Tengo que regresar y mostrar mi amor hacia el barrio’. Tío, olvídate de eso y mándales una postal con algo de pasta”



Baltimore, tal y como se describe en The wire, parece estar gobernada por un poder en la sombra, una estructura no oficial de relaciones escondidas tras la Administración oficial, que lidia cada día con una tasa de homicidios 32 veces superior a la media nacional. Los barrios aquí son pequeños -unos pocos bloques - y permanecen intactos generación tras generación. En uno manda el hijo del pastor; en otro un gánster retirado dueño de una flota de camiones; en otro, un mecánico retirado. Hace un año, en un barrio del noroeste de Baltimore, dos jóvenes miembros de la comunidad judía fueron acusados de golpear a un chico negro que había cruzado la frontera invisible que divide la zona negra de la judía, y durante unos tensos días la seguridad de la ciudad dependió casi por completo de los esfuerzos de un excriminal llamado Ted Sutton, enviado como mediador entre ambas comunidades. A principios del año pasado, cuando Pearson fue hecha presa tras la redada, parecía “un animal encerrado”, según su amigo Norris Davis, que la visitó en prisión. Los presos ven mucha televisión, y la cara de Pearson estaba constantemente en las noticias; cada dos horas alguien gritaba: “¡Snoop! ¡Estás en la tele!”, y el resto de las presas se congregaban para ver el vídeo de su arresto. Cuando consiguió la libertad bajo fianza, Pearson tenía que llevar un dispositivo de monitorización en el tobillo, y debía pagar 400 dólares [314 euros] a la semana por su mantenimiento. Su abogada calculó que podrían pasar dos años antes de que fuera a juicio. Estaba arruinada y tenía que pagar 40.000 dólares [31.400 euros] por una tobillera. Los antiguos miembros de las bandas de barrio dicen que la pesadilla con la que hay que convivir, aún años después de haber salido de ese mundo, es que la policía aparezca en la puerta de tu casa de repente, buscándote por algún crimen olvidado, y que tu vida vuelva hacia atrás, hacia el infierno. Hace cuatro años Pearson se negó a testificar en contra de un amigo, Steven Lashley, con quien había estado cuando éste apuñaló a tres hombres (uno de ellos murió), durante una pelea en una zona de Baltimore llamada The Block, una calle de clubes de striptease justo al lado de una comisaría de policía. Desde entonces, dice Pearson, se ha sentido como si se hubiera convertido en un objetivo policial. Sus amigos dicen que no sabe en quién confiar. “Snoop no sabe reconocer al enemigo”, me dice David.

Esa es la principal crítica a las estrategias policiales contra el narcotráfico; que lo que se criminaliza es algo más que el crimen y que la solución no termina con la detención. Hay un concepto en la ciencia social llamado el número Dunbar: la mayor parte de la gente, han averiguado los investigadores, tiene un círculo social natural de unas 150 personas. Si creces en una esquina de Baltimore Este, inevitablemente muchos de ellos serán traficantes de droga. “Incluso aunque ella no hubiera estado involucrada en el tema de drogas”, dice Simon, “la posibilidad de no hablar por teléfono con nadie que no esté relacionado con las drogas en el este de Baltimore es inexistente. Es una fábrica de traficantes. Allí todos son traficantes. Ella no conoce a nadie más”. El punto de vista de Pearson es aún más confuso. “No se trata del barrio”, me dice. “Nadie te dice: ‘Sal a la calle a vender droga’. Es una elección personal”. Habla de sus primos, buenos chicos, que provienen del mismo barrio y que han elegido el camino correcto. Pero reconoce que el imperativo de escapar que el gueto impone, hace imposible mantener una moral categórica. “Gente como David Simon -o yo misma-se siente incapacitada para juzgar a estas personas porque están vendiendo droga”, dice. “Todo el mundo trata de encontrar una salida”. Pearson pasa mucho tiempo en nuestra conversación insistiendo en que es una adulta (“Ya no tengo 12 años”), como si pidiera el divorcio de su “yo” anterior. Desde su punto de vista, las opciones existen en el barrio, pero puedes pasarte la vida atrapada en tu peor elección. En la vista que se celebró en agosto Pearson se declaró culpable de formar parte de un entramado dedicado a la venta de droga. Le cayeron tres años de libertad condicional. Tras la vista, insistió en su inocencia, explicando que se había declarado culpable para librarse de pagar por el sistema de monitorización, y para continuar con su carrera y con su vida. “Está intentando cruzar la frontera, cada vez más impermeable, entre las dos Américas, sin renegar de la otra”, dice Simon. “Y eso es algo muy, muy difícil”.

 

Foto: Felicia Pearson es arrestada, en marzo de 2011, por pertenecer a una banda que traficaba con heroína. Le han caído tres años de libertad condicional.


Un día, Simon estaba preparándose para rodar la última temporada de The wire cuando encontró un borrador de la escena de la muerte de Snoop de George Pelecanos, un escritor de novela negra que trabajaba como guionista en la serie. Snoop y un joven llamado Michael, un personaje a quien ella ha entrenado para matar, van en coche a realizar un trabajo. El narco, que es su jefe, cree que Michael le ha traicionado, y ha ordenado a Snoop que le asesine. Michael, consciente de todo esto, le apunta primero a Snoop con la pistola y la mata. Pelecanos había añadido un toque de escritor a la escena. Justo antes de que Michael disparase, Snoop se para y se mira en el espejo retrovisor, desenrollando sus trenzas con la mano. “¿Qué te parece mi pelo?”, le pregunta a Michael. Simon, al leerlo, pensó que era “una de las mejores líneas de diálogo que nunca había leído”. Llamó a Pelecanos. “Le dije: ‘¿Qué significa para ti esa línea? Tengo que saberlo’. Hubo una larga pausa y George dijo: ‘Ni idea, pero no la cortes”. Pearson estaba decepcionada; hubiera querido que su personaje muriera cubierto de gloria. “Cuando leí el guión pensé: ‘¿Cómo? No hay una pelea ni nada parecido”. Simon decidió ir al set de rodaje aquella noche. Pearson era todavía una actriz amateur -unos meses antes se presentaba sin saberse sus líneas del guión, imaginando que saldría de ello improvisando- y no estaba seguro de cómo interpretaría esa parte. Lo que hizo Pearson fue suavizar la línea, rebajar el melodrama. Al hacerlo, elevó el nivel de arrepentimiento del personaje, poniendo énfasis a la aceptación de su destino. La filosofía de The wire -la sociedad deshumaniza a sus miembros- implica que la muerte de un personaje sobreviene cuando su dignidad está en su punto álgido; es el tipo de universo, dice el actor Robert Chew, quien interpretó en la serie al sabio capo Proposition Joe, en el que uno aspira a tener “una salida excelente”. Lo que Pearson dejó en evidencia con su lectura fue que su personaje siempre había asumido que ese momento llegaría, que el círculo de su vida se cerraría trágicamente.


“Fue una increíble demostración de humanidad, arrepentimiento y tristeza por parte de alguien que no se ha permitido tener esos sentimientos desde hace mucho tiempo”, dice Simon. En el set de rodaje, esa misma noche, Simon le dijo a Pearson que acababa de convertirse en una actriz de verdad. Pearson no tiene una teoría sobre la actuación, pero posee un instinto natural para ello, la empatía que necesita sentir el actor. Cuando recibe un guión lo lee entero un par de veces para entender el conjunto. Después lee sus líneas y las memoriza. Si hay dos personas en la escena, dice sus líneas en voz alta en su habitación, y las del otro personaje las imagina en su cabeza, para mantener el ritmo. A veces tiene un imagen concreta en la cabeza cuando ensaya -una escena de un videoclip musical o un gesto de algún conocido. Rara vez piensa en las motivaciones de su personaje, pero intuitivamente sabe que la pregunta más importante que un actor puede hacer sobre su personaje es qué es lo que quiere. “Dinero”, me responde al preguntarle por las motivaciones de un personaje. “Que su padre le quiera”, dice hablando de otro; ser leal a su pandilla, “porque es lo único que tiene”, dice sobre un tercero. En otro nivel, la pregunta más importante que un actor puede hacer es quién le pagará, cuánto y por hacer qué exactamente. Al principio, casi abandona The wire después de ver lo poco que le pagaban como extra. “Cuando vi mi primera paga pensé: ‘¡40 dólares [31 euros]! ¡Puedo ganar mucho más que eso!”. Los actores más veteranos la animaron a continuar, pero también le advirtieron de que probablemente los papeles para una pequeña chica negra lesbiana procedente de una banda callejera serían bastante limitados. Una vez, al principio, Pearson recibió una llamada de los productores de la serie The L world [En España titulada L, sobre un grupo de mujeres homosexuales] para hacer el papel de una mujer que acaba de abandonar el ejército y que está enamorada de uno de los personajes centrales. Esto sucedió mientras The wire seguía rodándose, y Pearson fue al apartamento de Robert Chew, el entrenador de los actores con menos experiencia a pedirle ayuda para preparar la prueba. “Al principio leía las líneas como si fuera Snoop”, recuerda Chew. “Así que paramos y le dije: ‘Snoop, ¿podrías pensar en otras chicas a las que conoces?’. Y ella dijo: ‘Vale, ¡lo tengo, lo tengo!’. Y su lectura mejoró. “Se le da muy bien imitar”, dice. Pero no consiguió el papel.


Dado lo limitado del personaje de Snoop, Pearson buscó una imagen alternativa. Hizo una audición para el personaje de Lil’ Kim en el biopic rapero Notorious, pero se sintió ridícula. “No me parecía a Kim en absoluto”, dice. También intentó hacer de la abuela de alguien, pero no lo consiguió. Le pregunto por qué insiste en salirse de los personajes con los que podría encontrar trabajo. “Quiero mostrarle a la gente que no soy solo una asesina”, dice Pearson. Alguien que puede interpretar a un abogado convincentemente puede no ser visto como un asesino. La actuación, para Pearson, no solo requiere una transformación, es una promesa de transformación. “Cuando estuve trabajando con ella”, recuerda David Ritz, coautor de su autobiografía, “hubo bastante confusión” sobre quién era y sobre si el personaje callejero que llevaba toda su vida interpretando aún le servía. “Estaba la cuestión de la autenticidad”, dice Ritz. “Se busca a sí misma”. Simon, angustiado, dice que cada vez que construye un personaje con las características de Pearson intenta dárselo, pero se encuentra con el problema de su acento. El acento de Baltimore es especialmente violento para el inglés. En The wire, su autenticidad fue uno de sus principales activos: la noción de que hay gente inteligente en el este de Baltimore que habla de forma tan diferente al resto del país ayudó a profundizar en el aspecto de que es un mundo separado, incluso de su propia ciudad. Pero para una actriz que busca otro tipo de personajes, es un problema. Pearson ha estado dando clases, trabajando en la pronunciación de cada sílaba. “Estoy intentándolo”, dice. “Es todo lo que puedo hacer”.

Estamos sentados en el set de rodaje de una película llamada Diamond ruff, un filme independiente que se rueda en Connecticut. Pearson vuelve a interpretar a una gánster, y el productor de la película me cuenta que ella ha estado tan convincente en una escena en la que tenía que atracar una tienda que ha asustado a la gente que pasaba por la calle. La toma tiene el ambiente colegial y caótico de las funciones de teatro amateur, y observo cómo el equipo prepara a Pearson para la escena de su muerte; no dice ninguna línea pero sale de una furgoneta, disparando contra un cordón policial, y acaba muerta en el suelo. Valientemente, toma tras toma, se tira a la furgoneta y de la furgoneta al suelo, rodando sobre sí misma, tratando de minimizar el impacto de las balas. Pero esto no es The wire.


Foto: Felicia Pearson en The wire. “Tal vez sea la villana más temible que nunca ha habido en la televisión”, dijo Stephen King. Cuando Pearson cobró su primera paga por la serie, regaló su alijo de heroína: “Mierda gratis, ¿quién se iba a quejar?”.


Pearson posee una gran risa que se oye desde la otra punta del set; ahora está haciendo otra vez de mascota. Se siente más relajada aquí que en Baltimore, menos cautelosa. Empezamos a hablar sobre los planes para su carrera. “¿Qué pasaría si esto es todo lo que llegaras a hacer?”, le pregunto. “¿Si pudieras vivir de la actuación, de interpretar pequeños papeles en películas independientes  como ésta, pero sin convertirte en una estrella y que tu papel en The wire sea lo más importante que hayas hecho?”. A Pearson no parece gustarle la perspectiva. “Creo que voy a conseguir algo más grande que eso”, dice con cierta tensión. Y luego cambia de tema. El único momento de autocompasión en las memorias de Pearson aparece nada más empezar, cuando describe el abandono que sufrió por parte de su madre adicta. “Un insignificante y minúsculo bebé que cabía en la palma de la mano del médico”, escribe Pearson sobre sí misma. “Un bebé nacido para morir”. Cuando eres consciente del drama de tu propia trayectoria, cuando descubres de dónde vienes, esperas que tu historia acabe igual de trágicamente. Nadie haría una película sobre la hija de una adicta al crack que crece y se convierte en actriz y aparece de vez en cuando en vídeos musicales o en algún capítulo de una serie de policías. Harían una película sobre la hija de una adicta al crack que crece y se convierte en una estrella.


Le pregunto a Pearson si piensa alguna vez en Okia Toomer, la chica a la que mató a los 15 años. “Estoy aquí sentada y me viene a la cabeza”, dice. “Rezo por nosotras dos”. Cuando habla del asesinato, su forma de hablar parece querer transmitir igualdad, enfatizando las similitudes entre ella y Toomer, en vez de la diferencia fundamental: que una mató a la otra. “No fue culpa suya, ni tampoco mía”, dice. “Simplemente coincidimos en el peor momento”.  Como si su muerte hubiera sido causada por un accidente en vez de por un acto voluntario. Lo que a Simon le parece tal vez la peor injusticia de la lucha policial contra el narcotráfico es que, particularmente en los casos federales, muchos miembros de los jurados no están familiarizados con las elecciones que los habitantes de lugares como Baltimore Este han tenido que tomar. “Hace unos años me puse a reflexionar sobre mi capacidad para juzgar qué es delito”, dice Simon, “y llegué a la conclusión de que no podría condenar a nadie por un crimen relacionado con la droga sin violencia”. Pero la violencia, para Simon, es diferente. “Si hablamos de un asesinato o un acto violento”, dice, “no creo que exista ninguna barrera transcultural que me impida condenarlo”. Le gustaría que existiera un cierto relativismo cuando se trate de delitos de drogas, y absolutismo cuando se trate de violencia. La intuición moral de Simon parece correcta en la teoría, pero en la práctica -por ejemplo, en el caso de Felicia Pearson- la distinción entre ambos tipos de crímenes resulta difícil de hacer. Cada crimen refleja, en parte, una elección: continuar caminando mientras un amigo dispara a un borracho, matar a una chica que está  peleando con los miembros de tu banda. Los investigadores han descubierto que cada paso que se da en dirección al mundo del tráfico de drogas, aumenta la probabilidad de cometer un crimen violento, incluso en disputas que no tienen nada que ver con las drogas, un problema de chicas, por ejemplo, o una discusión con un familiar. Si Pearson eligió en parte convertirse en traficante -parcialmente obligada por sus circunstancias- y si acabó inmersa en una cultura de violencia y peligro, ¿puede considerarse que estaba haciendo una elección deliberada al ejercer la violencia?

Poco después de haber conocido a Pearson, empiezo a preguntarme si podría contestar a esta pregunta ciñéndome a los datos, mediante la creación de un índice de probabilidad criminal, un número que determinara la probabilidad de que alguien como Pearson acabara cometiendo un crimen, basado simplemente en cuándo y dónde creció. Algunos estudiosos creen que es algo imposible. Pero otros -entre los que se encuentra Debra Furr-Holden, una epidemióloga con experiencia en la dependencia al alcohol y las drogas- creen que podría ser posible. Furr-Holden me explica que en 1985, la época en la que Pearson entró en el colegio, se comenzó un estudio de los alumnos de Baltimore, entrevistándoles para ver quién abandonaba el colegio, quién se convertía en drogadicto y  quién acababa delinquiendo. Un miembro del equipo de Furr-Holden llamado Adam Milam desglosa los datos, aplicando un exponente de desventaja territorial para identificar a aquellos estudiantes de las zonas más deprimidas de Baltimore, como Broadway East, una muestra de niños cuyos contextos eran similares a los de Pearson. Unas semanas después Milam me envía un correo electrónico: de entre todos aquellos chicos,  la mitad fueron arrestados por cometer delitos al cumplir los 18. Menciona además que encontró algo sorprendente: la probabilidad de cometer un crimen era directamente proporcional al nivel de desventaja territorial. Pongamos que el nivel de vida de uno de los chicos de estos barrios es solamente un  10% peor que el de un primo que vive en otra parte de la ciudad; el estudio asegura que es un 60% más probable que ese chico acabe cometiendo un delito. “Incluso yo me quedé sorprendido”, dice Milam. “Solemos contemplar muchos indicadores, y rara vez encontramos conexiones tan directas”. Le envío estos datos a Shawn Bushway, criminóloga de la universidad de Albany que ha aceptado comparar a los alumnos de Baltimore con otros de un estudio similar que realizó en todo el país. Resulta que existe una completa divergencia entre el Baltimore profundo y el resto del país: si creces allí, según los datos, la probabilidad de acabar delinquiendo es tres veces mayor que la del americano medio.


La estadística, en otras palabras, se parece mucho a la descripción que Pearson hace de su propia vida. Ella tomó la decisión, cuando era una adolescente, de entrar en el juego de la droga. Pero fue una elección, como muchas tomadas en el interior del “Quiste” [apelativo con el que se denomina a las zonas marginales de Baltimore y que hace referencia a su aislamiento del resto del país], cuyas consecuencias rápidamente la atraparon y demostraron ser muy difíciles de dejar de lado. Los barrios severamente deprimidos sólo pueden encontrarse en ciertas ciudades. No hay barrios que se acerquen a estos niveles de marginalidad en Nueva York, Los Ángeles o Boston, pero sí en Detroit, Cleveland o Chicago. Robert Sampson, un sociólogo que dirige el programa de ciencias sociales en el Instituto Radcliffe de Estudios Avanzados, acaba de completar un estudio de referencia -llevado a cabo durante 15 años- que sugiere que barrios como en el que Pearson creció ejercen una poderosa presión sobre sus habitantes, pero esas presiones tienen unos límites. “Yo no seguiría la teoría de Simon”, dice Sampson cuando le cuento la sugerencia de Simon sobre su incapacidad de juzgar los crímenes en el Quiste. “No se trata de un proceso determinista”. En las peores áreas de Chicago, explica, la gente se aferra incluso más ferozmente a la idea de la responsabilidad personal, que la gente que se encuentra en mejores circunstancias como Simon. Ves a tu hijo morir en un ambiente que no hubiera tenido de haber vivido en cualquier otro sitio. Y aún así, sigues insistiendo en que él tomó sus propias decisiones.

Le pregunto a Oearson si The wire muestra las calles de Baltimore tal y como son, si lo que cuenta es cierto. “No, no son así”, dice. La serie dramatiza las cosas. Por ejemplo, mostró a la banda de Snoop escondiendo los cuerpos de dos docenas de cadáveres en casas abandonadas. “Nadie esconde a nadie en casas abandonadas”, dice Pearson. En la vida real, cuenta, el asesinato es una tragedia, pero es a la vez algo clínico, desapasionado, algo diseñado para obtener beneficios financieros. “Siempre se trata de dinero”, dice. “No tiene que ver con que alguien te mire mal. Siempre es por el maldito dólar”. Echando un vistazo a los informes de homicidios de Baltimore, se observa que hay muchos crímenes puramente económicos, pero también hay muchos asesinatos estúpidos, peleas que deberían acabar en un chiste pero que acaban con un muerto. Y aún así, el punto de vista sobre este tipo de violencia –que es algo impersonal, forzada por las circunstancias– tiene algo de útil para alguien que, como Pearson, una vez cometió un asesinato: le permite conciliar la persona que creen que son con un acto atroz. Existe una incierta ciencia sobre la redención. Los investigadores estudian cómo la gente que ha cometido crímenes durante mucho tiempo acaba parando y no vuelven a hacerlo nunca más. Uno de los estudios de referencia ha descubierto que los criminales paran cuando llegan a ciertos puntos de inflexión en sus vidas: se casan, tienen hijos o encuentran un trabajo estable. Un estudio más reciente muestra que la reinserción requiere un sutil cambio en la forma en la que uno narra su propia vida.
Hace cuatro años, Ed Burns comenzó a alentar a Pearson para que se mudara a Los Ángeles. Ella dice que ese es su plan, pero continúa viviendo en Baltimore. Al principio se quedó por su abuela, que siempre estuvo ahí para ella. En este tiempo ha hecho pequeñas escapadas, primero a los suburbios, y luego a su apartamento del centro. Pero ahora está convencida de que la solución es una ruptura radical. “Me voy a ir de aquí, tío”, me dice Pearson. “Voy a cortar con todo el mundo, tío, con todo el mundo, incluso con varios de mis tíos y tías. La gente sigue juzgándome por ser de donde soy”. Y aún así, irse de Baltimore sigue estando lejos de sus planes. Después de declararse culpable por posesión de heroína, le dijo a un reportero de The Baltimore Sun que se iba a Los Ángeles en una semana, y publicaron el siguiente titular: “Una mujer libre, Felicia ‘Snoop’ Pearson se marcha a Los Ángeles para perseguir su sueño”. Pero unos días después, cuando la entrevisté por primera vez, ya estaba acotando esa ambición; piensa mudarse a California después de los tres años de libertad condicional.

Le pregunto a Pearson en qué punto cree que estará su carrera en cinco años, invitándola a inventarse su propia fantasía californiana. “Cinco años, tío, ni idea”, dice, ahora tímidamente. “No te puedo decir”. Piensa un poco más, intenta imaginárselo, y dice que haría cinco películas en ese tiempo. “Pero ahora mismo vivo el presente. Porque para mí el mañana nunca fue una promesa”. Tal vez, para Pearson, su fantasía pueda hacerse realidad, los detalles más tangibles, el movimiento más urgente. O tal vez la frontera semipermeable que existe entre Baltimore Este y el resto de América siga siendo demasiado gruesa, y Los Ángeles siempre estará demasiado lejos.

Comentarios

Ruben
19.02.2012 | 19:24
Ruben

Jamás es tarde. El destino tiene que tomar de la mano a la educación y así solidificar los procesos de redención de cualquier alma sobre este planeta; Esta es una mujer ejemplar a pesar de todo, su experiencia es la de millones en barrios apartados y dañinos para la sociedad en general que se dice de "buen vivir" por ser clases media o algo por el estilo. En el barrio "quiste" todos quieren cambiar de vida la cuestión esta en las oportunidades y las condiciones que se le ofrezcan para cambiar a esos millones de seres humanos. Excelente artículo, felicitaciones amigos!

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