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Depeche Mode: Masters del Universo

por Marta Hurtado de Mendoza

01.04.2009 | sin comentarios
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Depeche Mode: Masters del Universo

Si se entiende el género de la entrevista como una manera de apresar el alma del entrevistado en un determinado momento y en un determinado lugar, entonces hoy Dave Gahan ha ofrecido la suya en sacrificio. Está reclinado en un sofá, que es una curiosa quimera fruto de un apareamiento indebido entre el mobiliario victoriano y el moderno que viene de los países del frío. Hay poca luz y sus miembros están desmadejados. Cada pierna titila en una dirección, los tobillos parecen quebradizos, las rodillas parecen hacer malabares con la rótula y los brazos han dejado que las manos apoyen las palmas sobre la tapicería. La cabeza apunta con la barbilla hacia el techo y el tupé se mantiene erecto, un vestigio victorioso. Los ojos entrecerrados y la boca entreabierta, exhalando un suspiro condensado. Si esto fuera el siglo XVIII y hubiera aquí una cámara para captar esos residuos ectoplasmáticos que los videntes expelían después de una sesión de espiritismo y transmigración de almas, se podría haber retratado lo que emanaba de la boca de Dave Gahan. Por una vez se entiende por completo ese tópico típico que asegura melodramáticamente que alguien “se ha dejado el alma haciendo su trabajo”.

Dave Gahan (Essex, Inglaterra, 1962), cantante y compositor (en un porcentaje de 90/10) de Depeche Mode, lleva presumiblemente todo el día manteniendo relaciones (intelectuales) consentidas con íncubos y súcubos del periodismo que se escribe en todas las lenguas conocidas del universo. Deben de haber hecho endemoniadamente bien su trabajo; al menos el último que pasó por esta habitación. Aquí tienen a uno de los hombres que más veces ha recorrido faraónicos escenarios mezclando carrera, palmas, provocación y baile –una categoría donde no pueden competir los Usain Bolt de este mundo–, extenuado en un sillón. De pronto sonríe tan cálidamente a lo ancho que parece que han encendido un fuego y que salen chisporroteando partículas incandescentes por la habitación. Si algo ha dejado claro su carrera es que el fuego camina con Dave. Hay seis mini butacas e invita a elegir una. “Piensa bien el número, eh", dice vacilón. Será el tres. “Así que has estado con Daniel Miller esta mañana. A ver qué te ha contado...", continúa con un acento maravillosamente macarra, de quien en tiempos abría coches que no eran precisamente suyos en décimas de segundo.

Dave Gahan es hijo de dos conductores de autobús, Sylvia y un hombre del que no supo su nombre hasta los diez años. Sylvia se casó con Jack, tuvieron varios hijos y Dave siempre pensó que era su padre. Hasta el día en que murió. Dave volvió a casa y se encontró, según contó en una ocasión: “Un tío en el salón, un extraño. Mi madre me dijo que era mi padre y yo le dije que eso era imposible porque mi viejo estaba muerto. Resultó que aquel tipo era mi padre biológico". Dave enfocó este desaguisado de su árbol genealógico sacando el máximo partido a las calles: graffiti, robo de coches... Hasta que consiguió entrar en el Southern Art College, cosa que le hizo inmensamente feliz. En 1980, se unió a Composition of Sound (antes conocida como The French Look y más atrás aún en el tiempo No Romance In China), la banda de tres chavales del barrio: Martin Gore, Vince Clarke y Andrew Fletcher, después de que Vince flipara al oírle cantar el Heroes de Bowie. Decidieron llamarse Depeche Mode, que es algo así como “última moda", y en francés les parecía que sonaba finísimo. Una noche actuaban en The Bridge House, un mini garito de Canning Town y a Daniel Miller, conocido con el sopranesco apodo de 'El Padrino del Tecnopop', le encantó ver cómo los allí reunidos bailaban espasmódicamente mientras cuatro niñatos estaban petrificados en el escenario. Miller estaba empezando a contratar artistas para su recién estrenado sello, Mute, y les fichó. En realidad, fue un acuerdo verbal que no llegó a firmarse en un papel, pásmense, hasta el año 2000. En 1981 publicaban su primer disco, Speak and Spell. Al año siguiente, Clarke ya no estaba (fundaría Yazoo con Alison Moyet) y llegó Alan Wilder, pieza fundamental hasta 1995.

Daniel Miller recuerda una imagen poderosa. En vuestros primeros conciertos todos estabais estáticos. En los demás eso no ha cambiado mucho, pero en ti sorprende. ¿Era por timidez o porque la música que hacíais era tan nueva que no sabías bailarla?

Uf, es una pregunta complicada. En gran parte era por timidez, por supuesto. Y lo de bailarlo... Yo bailaba con muy pocos años todo el rock and roll que sonaba en casa, así que supongo que no era un problema de no saber bailar. Puede ser que lo bailara porque imitaba, claro. Y con la música tan sintética que hacíamos no había demasiados pasos de baile que emular... Pero no, yo sabía cómo quería moverme. Lo dejamos en timidez, me parece justo.

Recordando estos tiempos, Martin contaba a 'RS' cómo, según ibais reuniendo más fans, éstos eran bastante duros con vuestros teloneros. Hasta les arrojaban carne podrida y verduras pochas. Justo hace un par de meses se presentó un documental sobre vuestros fans de Europa del Este. Se decía que eran los más duros...

Yo no recuerdo demasiado bien lo de los teloneros, lo siento. Hace muchos años y tengo que reconocer que no he mimado mucho mi memoria... [sonríe un poco apesadumbrado]. Es cierto que nuestros fans siempre han sido muy entregados y en Europa del Este la vibración era especial. Digamos que lealtad es una palabra que se queda corta...

Creo que Speak and Spell tiene una de las canciones más perfectas de la historia del tecnopop, Photographic.

Es una canción extraña. Muy oscura, a pesar de tener una letra tan simple. Tiene una atmósfera muy especial, te incita a imaginar cosas bastante raras, aunque a la vez es tan naíf... Me alegro mucho de haberla recuperado en la gira pasada para tocarla en los conciertos. Es un tema que según pasa el tiempo me gusta más. Creo que debe ríamos intentar lo mismo con Puppets.

 


Quizá Dave se pregunte cómo lleva Martin Gore el maratón de la interviú. Él es el otro tercio de Depeche Mode. Antes de entrar en la suite de Gahan se le oyó soltar una risa de esa que espanta a las palomas y después se le vio subir con un aplomo divino una de las escalinatas de este club de caballeros, tocado con una visera de lana un poco rara, mirando al suelo. La timidez es algo inherente al ser humano e indolente con los estatus. Martin Gore es una estrella del pop, uno de los cantantes y compositores –en un porcentaje de 10/90– más increíbles que hay en el mundo, ha tocado delante de más personas que la población de algunos países y ahí está, sin levantar la vista. Pasa de largo ante la puerta de Gahan y, si sus almas están en sincronía telepática, no ha percibido que la de su compañero está en niveles críticos. Veintinueve años hacen menos sensibles las terminaciones nerviosas de las almas y si, además, hay una puerta por medio, la comunicación se hace complicada. Es el tiempo que Depeche Mode llevan juntos. Y es una burrada. De esta añada ochentera están U2, New Order, The Cure,  R.E.M. y pocos más. La influencia (que en el caso de Depeche Mode es infinita; desde todo el tecnopop, pasando por el metal, el heavy metal, el nu metal, el rock, el rock alternativo, el techno primigenio de Juan Atkins y Kevin Saunderson, el techno ultimísimo de Ricardo Villalobos y James Holden, o el rap intelectualizado de DJ Shadow), importancia, significado e historicidad de cada uno da para estimulantes charlas de café y encendidas discusiones de garito nocturno. En el momento de hablar de cifras la cosa se pone seria, como siempre. En cuestión de discos vendidos, singles colocados en las listas mundiales, congregación de fieles en conciertos y velocidad de entradas vendidas, son de los pocos que pueden sostenerle la mirada a U2. Depeche Mode es un grupo complejo. Se tiende a pensar que hacen música de baile y muy hedonista, cuando en el listado de canciones de cualquiera de sus discos hay un par de temas con estas características y más de diez canciones muy lentas, muy asfixiantes y muy difíciles de penetrar. Aunque pueda parecer que a todo el mundo le gusta Depeche Mode, es un grupo elitista. Sí, todo el mundo tiende a perder la cabeza y a echarse al baile con Just Can't Get Enough y Personal Jesus, pero los que se tiran de cabeza a las arenas movedizas de Black Celebration, por ejemplo, son bastantes menos. Su grandeza requiere una dedicación que no se pide en otros grupos que se supone que hacen “música para las masas”. No tienen tampoco la empatía de luchar por una causa común o para erradicar una desgracia colectiva. No piden la paz mundial, no recogen el tanto por ciento para los desfavorecidos. Van simplemente tatuados, no se pintan símbolos pacifistas ni arquetípicos en la frente ni en las manos ni piden enviar mensajes para destinar un euro a la lucha contra alguna epidemia derivada del mal uso del capital. Depeche Mode van directos al hueso con temas muy jodidos pero muy solitarios, también. La tristeza, el sexo y sus recovecos, la culpa, la soledad.Temas que no requieren a más de dos per- sonas en una habitación, temas en los que con uno basta.

Depeche Mode es también de los pocos grupos que siguen pudiendo jugar con la variable de “nervios” cada vez que sacan un disco nuevo. El título, el diseño de la carátula y del interior del disco se guardan bajo siete vueltas de llave; y la publicación del primer single se anuncia con una fecha marcada en rojo en todo el mundo. Con Depeche Mode no valen filtraciones ni descargas ilegales ni el demonio que fundó la piratería. También es de los poquísimos que siguen alimentando una de las obsesiones más bonitas del mundo: el coleccionismo de discos. Depeche Mode editan ediciones especiales y vinilos en tirada limitada porque han sabido mantener con cada disco nuevo el amor y la veneración por sus creaciones, caras b y remixes (un mundo muy vituperado) incluidos. Es un grupo que todavía pone el estómago del revés incluso a su fan más ilustrado antes de un concierto. Tienen tanto material que tocar, y a menudo suelen arriesgar, que el set list es siempre una aventura maravillosa. Dave Gahan suele describir muy acertadamente el sentimiento de los fans de Depeche Mode: hambre.

Merodeando alrededor del Home House, el nombre hogareño y hospitalario del club privado en el que están Gahan, Martin Gore y Andy Fletcher (tercer miembro de Depeche Mode, con porcentaje de composición por determinar, cero en canto y un cien por cien de ese elemento aglutinador que impide que las bandas se rompan), hay varios Hambrientos. Puede parecer una raza nueva de H.P. Lovecraft, pero son fans. Se han enterado de que el grupo está en Londres (sólo Fletcher se mantiene fiel a la patria; Gahan y Martin volaron en desbandada a EE UU) y contemplan con una avidez muy poco acorde con las normas caballerosas que se requieren en el Home House las ventanas y los movimientos que se detectan dentro. Son pocos y parece muy improbable que vaya a haber un brote de histeria. Se suele juzgar con muchos prejuicios a los fans. La mayoría se conforma con saber que el ser venerado está cerca. Ninguno, que se sepa, ha escuchado (en la fecha que se hizo esta entrevista) el álbum número doce de DepecheMode, Sounds of the Universe. Seguramente, sí han puesto en repetición eterna la única pista que hubo durante meses de Wrong, el primer single: unos segundos de ese audio en la  rueda de prensa que dieron el verano pasado en Berlín. A los periodistas se les ha enviado camuflado bajo el nombre Tea and Biscuits: trece canciones que son lo más oscuro, crudo y electrónico que quizá han grabado desde Black Celebration (1986) Aparte de la híper rítmica Wrong, aquí no hay más temas de los que inducen a la vida de club, por así decirlo. Sólo hay que ver el videoclip de Wrong, uno de los más desasosegantes y crípticos de su historia: un coche va marcha atrás a una velocidad considerable, sin volante, con un tipo maniatado y cubierto con una máscara de piel humana que tarda en darse cuenta de cuál es su final. Los tres Depeche Mode sólo aparecen un instante, observando sin dar crédito la trayectoria del coche. Mientras, Dave Gahan “soulea” los versos que destrozan uno de los mantras más manoseados de la historia, el de estar en el lugar adecuado en el momento adecuado.

 

¿Quién eligió el nombre Tea and Biscuits para camuflar el disco? Resulta un título muy en la línea de Pet Shop Boys.

Mmmm... Es cierto. Una gran comparación, por cierto. Seguro que lo hizo Daniel Miller, mientras contemplaba lo que tenía en la mesa en el momento justo antes de enviarlo. Si yo lo hubiera tenido que hacer ahora, hubiera sido, vamos a ver... Coffee and Biscuits.

¿Cambiando té por café es más Depeche?

[Ríe maliciosamente] Una prueba más de que en el universo Depeche Mode hay que tomarse las cosas con humor. Si no, parecemos demasiado... trascendentales.

Martin dice que Sounds of the Universe es un título decididamente arrogante.

¿Ves? Otra prueba más de humor.

¿Cuál es para ti el título más arrogante?

Sin dudarlo, Music for the Masses.

Fletcher contó en una entrevista que su hija adolescente dice que jamás escucha Depeche Mode pero que él está seguro de que luego lo hace a escondidas. ¿Y tus hijos?

Yo creo que ni a escondidas [Estalla en carcajadas]. No, no, es injusto. Jack, mi hijo mayor, de 20 años, está empezando a escuchar Depeche Mode. Ha empezado por el final, claro. Según él, Sounds of the Universe es lo mejor que hemos hecho. Pero cuando le he visto emocionado ha sido con el vídeo de Wrong. Se le iluminaron los ojos, me miró y me dijo muy serio: “Es muy inquietante, me encanta". Mi hermano eligió una palabra parecida. Me dijo: “Esto es perturbador". Pero su mirada no reflejaba la misma emoción que la de Jack [ríe].

Vaya, parecen realmente críticos.

Jack es un crítico duro, hasta hace poco sólo escuchaba heavy metal. Mi hermano siempre es más serio, me gusta su punto de vista. Y ninguno de los dos hacen lo que más grima me da del mundo, que es decir cuando le enseñas a alguien una canción nueva: “Eh, sí. Está bien".¿Hay algo más inofensivo que eso? Me pone de muy mal humor.

Cuando en Wrong repetís esa palabra del modo en que suena, me recuerda a esos momentos en los que cuando tomas una decisión equivocada parece que se enciende un luminoso que dice: ¡Mal! ¡Mal!

[Risas] Es una gran imagen, va muy bien con lo que dice la letra [Tararea]. Muchas veces en mi vida he tenido la sensación de tener esos letreros que dices encima de la cabeza recordándome que estaba haciendo algo equivocado... 

Suena bastante pesimista...

Es que yo he sido muy pesimista. Imagina la pendiente de la colina más escarpada. ¿La visualizas? Bien, pues así veía mi vida, en caída libre. Ahora, increíblemente, suelo ver las cosas como desde una planicie. Puede parecer aburrido, pero relaja muchísimo no notar el abismo debajo.

¿Tú escuchas discos antiguos de Depeche?

No, no... Lo escucho demasiado mientras lo grabamos y después de gira. Es que no puedo. Una vez está hecho, ahí se queda. Bueno, hay una ocasión que me incita a poner canciones antiguas. Estoy en casa, con la tele o la radio encendida y suena a lo lejos una canción nuestra. En ese momento no recuerdo que es de Depeche y me pongo a tararearla. Y de pronto me doy cuenta de que el que la canta soy yo... Entonces me empieza a sonar rara y necesito poner el disco. Y todo  vuelve a estar en su sitio.

 


Gahan ha cerrado la boca, ha puesto la barbilla donde suele estar y ha revigorizado invisiblemente su tupé. Es un caso muy curioso de belleza humana, como Benjamin Button sin un comienzo de cero tan tremendo. Hace tiempo que, con cada disco que ha ido publicando con Depeche Mode, se ha podido apreciar que subía enteros en belleza, pero fue cuando empezó a componer canciones para la banda –en 2004 dio un ultimátum que algunos consideraron órdago: si no se aceptaban sus composiciones dejaría Depeche Mode. En Playing the Angel (2005) hay tres y luego están sus dos discos en solitario (Paper Monsters en 2003, y Hourglass en 2006)– cuando quedó claro que su belleza iba en sentido inverso al de la raza humana. Va vestido de negro, muy minimalista. Todo un logro, teniendo en cuenta el barroquismo y bizarrismo estético por los que ha pasado Gahan en particular y Depeche Mode en sentido global. Se puede decir que ninguno de ellos, y Martin Gore sobre todo, han sido personas contenidas en el vestir. Han pasado por la consabida proto época nuevo romántica, por el blanco, por el ansia de lo dorado, por las toneladas de maquillaje, por el gótico tradicional e incluso por el gótico flamígero. En fin, en 2009 la oda a la sencillez es tal que no se atisba siquiera ninguno de los tatuajes de Dave Gahan. Toda la tinta que se ha ido inyectando está a cubierto y todas las posibles marcas que dejaron otras inyecciones de lo que no es tinta, también. El fuego camina con Dave y en varias ocasiones ha estado a punto de quemarse vivo. En 1995 se intentó suicidar, acto que él llamó elegantemente “grito de ayuda".  Se descubrió que vivía en condiciones delirantes en un “yonkódromo": una casa vacía a la que la gente iba a chutarse . Dicen que Dave se quedaba encerrado en un armario manteniendo conversaciones con un muñeco y viendo el canal meteorólogico. Llenaba los camerinos de velas y más que concentrarse antes de un concierto, organizaba misas negras. Luego llegó la sobredosis: un combo demasiado hardcore de heroína y cocaína que le tuvo muerto clínicamente varios minutos. Desde entonces, está limpio. Gore también ha dejado el alcohol, su bálsamo mágico para evitar los ataques de pánico y las crisis de angustia que le zarandeaban con demasiada frecuencia. Están en las antípodas de cuando estuvieron en Madrid haciendo Songs of Faith and Devotion en 1992. Además de ser un infierno de convivencia, cada noche salían por el centro buscando drogas: duras, blandas, rocosas y semi porosas. Solían ir a Morocco, el club de Alaska. Hoy, cuando se le menciona, sonríe y dice que “puede ser. No me acuerdo”. Y sabes que dice la verdad.

¿Qué hay de la leyenda que asegura que hubo un tiempo en los 90 en los que con Depeche iba de gira un psiquiatra?

Es completamente cierta. Pero yo no le fui a visitar ni una sola vez. El pobre aguantó muy poco. A las tres semanas dijo que estábamos todos locos y que se iba.

Quizá se sintió inútil, ¿no?

Qué gran palabra. Es justo lo que le pasó. No nos servía para nada. Qué sensación más espantosa.

Y ahora lo más adictivo de lo que os rodeáis es un futbolín.

Ya ves para lo que hemos quedado, con lo que noso- tros éramos [Se ríe a carcajadas]. Nos lo pasamos muy bien jugando mientras grabábamos el disco. Martin nos dio una paliza. Fletcher, que era el rey, se ha puesto demasiado gordo para moverse ágilmente [Se ríe y  hace un gesto como si fuera el marshmallow gigante que sale al final de Cazafantasmas].

Un torneo interno de futbolín parece un buen método para decidir las canciones que tocaréis en la gira. Un gol, una canción.

Suena divertido y justo, pero entre temas nuevos y canciones que no deben faltar, no hay tanto espacio como goles en un partido de futbolín.

¿En esta gira el escenario será como aquellos de los 90 en los que parecía que nunca llegarías al otro lado?

Sí, es justo eso. Una vuelta a los montajes mastodónticos. Lo ha diseñado Anton Corbijn, como siempre. Como la portada del disco. Ésta me gusta especialmente.

Hubo un tiempo en el que decías que te hacías tatuajes porque te daban fuerza. ¿Sigues pensando así? ¿Cuál es el último que te has hecho?

Eh... Creo que ya no los veo de ese modo. Entonces estaba muy metido en el rollo de cómo el ser humano se ha ido marcando el cuerpo a lo largo de la Historia como estética y como forma de protección. Pasé una época de estar muy enganchado a ellos, pero lo dejé. El último tatuaje me lo hice hace 20 años, así que te puedes hacer una idea.

Foto: Dean Chakley


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