Los Arctic, esperando sus hamburguesas.
Es la planta de arriba, cerrada al público para la ocasión, de un coqueto restaurante al sur de la zona de Pigalle, París, junto a la gourmet Rue des Martyrs, con reputación de tener una de las mejores hamburguesas de la ciudad (según The New York Times) y uno de los diez mejores brunch (según Le Figaro). Alex Turner y Matt Helders tienen sendas cartas abiertas en la mesa, pero la decisión está tomada.
“Hamburguesas, claro”, espeta Helders, batería de Arctic Monkeys, como si la mera duda supusiera una falta o una insensatez. Siempre el miembro menos à la mode de una banda poco dada –exceptuando a su líder– a estudiar su armario, Helders viste botas de monte y una abrasadora camisa cuya tela, revela una etiqueta, es 100% tartán escocés. Alex Turner, delicado, lánguido, casi escurrido en su esquina del sofá, da vueltas a un cigarrillo entre los dedos, uno de los cuales luce un excesivo anillo casi heavy en el que se lee Death Ramps (Rampas de la muerte). Va a seguir muchos minutos así, ensimismado, incapaz de decir tres palabras seguidas que no sean “mmm, no sé, sí”. Cuando parece a punto de revelar algo, siempre termina por cortar con un “¡nah!”, tipo “para qué voy a decir nada”.
Es desarmante la abismal diferencia entre la versión física de Alex Turner y el prolífico escritor que le ha convertido en el mejor letrista de su generación, un autor de textos inteligentes, exuberantes, poéticos o costumbristas según la ocasión, de una calidad inusitada en alguien que acaba de cumplir 25 años y que no acabó la enseñanza obligatoria. La teoría de Helders al respecto es que, mientras sigue mareando ese Marlboro Light, “está pensando en canciones. No está al 100% en ninguna otra cosa”. Lo dice con satisfacción. Su futuro está en ello. Turner, que siente desde su esquina que se habla de él, tuerce el cuello para decir, hundido en su timidez: “Mmm, es que… Hablar no es lo mío”.
No se trata de petulancia o actitud de estrella, porque ninguno de los Arctic Monkeys, todos amigos desde pequeños en Sheffield (Inglaterra), se cree una estrella. Salvo Turner, que ha vuelto a Londres tras vivir un tiempo en Nueva York con su novia Alexa Chung (la bella ex presentadora de la MTV), los otros tres miembros de la banda viven en sus casas de Sheffield. El guitarrista Jamie Cook, para más muestra de normalidad, sigue jugando en el equipo de fútbol de su pub en la liga local de aficionados. Matt Helders es capaz de compaginar una vida casi anónima en su ciudad natal con el hecho de haberse convertido en colega ocasional del rapero P. Diddy, que le adora –ninguno se explica muy bien por qué– y que constantemente le invita a tocar para él.
Son chicos normales, Alex y Matt, que no pueden evitar hablar del partido que anoche jugaron en Champions League el Real Madrid y el Tottenham Hotspurs. Todavía se están riendo de Peter Crouch [expulsado en los primeros minutos] y necesitan compartirlo. “Ouch Crouch”, ríe Matt. Ambos son seguidores, claro, del Sheffield Wednesday: “Cuando teníamos como cinco años, el Wednesday ganaba cosas. Desde entonces, hemos ido de mal en peor. Ahora estamos en Segunda, pero somos del Wednesday”, explica Alex, a quien el fútbol ha hecho separar la espalda del sofá y animarse a entrar en la charla.
Suck it and see, el título del cuarto álbum de Arctic Monkeys (lee aquí la crítica), significa algo así como “prueba y verás”. Lo grabaron en Los Ángeles en enero, mientras el Reino Unido sufría el invierno más duro de los últimos años. Alquilaron una mansión –“bueno, lo que se llama una villa”, corrige Matt– en Hollywood Hills para residir las cinco semanas que tenían para grabar el disco. Josh Homme, líder de Queens of The Stone Age y gurú más que productor detrás de Humbug [2008], su anterior disco, fue un visitante asiduo en una estancia que tuvo más partidas de ping pong que juergas.
Creo que Suck it and see estuvo a punto de llamarse Thriller.
(Matt) Sí, Thriller era una opción, pero el problema era que había otro álbum que se llamaba así [Risas].
Os podría haber animado la idea de que vuestro Thriller llegara a ser más conocido…
(M) ¿Puedes imaginarte eso? [mira a Alex].
(Alex) ¡Wooooo!
Así como Humbug sonaba a desierto, hay un aire soleado, brillante en Suck it and see. ¿Os afecta mucho el entorno donde grabáis?
(A) Sí, creo que sí. Pero también es porque todos estábamos de buen humor, y se eso nota y se filtra en el sonido. Pero no tanto como en el caso del desierto y de Humbug. Cuando entramos a grabar Humbug sólo teníamos vagas ideas de lo que las canciones podían ser, estábamos muy abiertos, pero esta vez estaba todo mucho más claro. Escribí la mayor parte de las canciones en Nueva York el pasado verano, y eso es lo que puedo escuchar en las canciones. Nueva York en verano.
Cuando elegisteis a Josh Homme para guiaros en Humbug, él mismo explicó: “Ellos estaban buscando lo raro…”.
(M) Y él sabía dónde estaba eso. Sí.
¿Lo encontrasteis?
(M) Sí.
Y ¿qué buscáis ahora?
(A) Llegamos donde queríamos en Humbug, la cuestión ahora era moverse hacia delante. Humbug fue un reinicio de todo lo que habíamos hecho, nos puso en un sitio en el que sentimos que todo era posible de ahí en adelante. Así que esta vez se trataba mucho menos de tener una experiencia o un viaje. Se trataba de sacar buenas canciones y hacer un buen disco, afrontándolo de una manera sencilla pero sólida.
Es decir, que fue un punto de no retorno.
(A) Definitivamente. Abrimos un círculo para dejar que entrara otra gente y otras ideas. Y fue muy bueno para nosotros.
Dado este cambio, ¿os reconocéis todavía en vuestros primeros éxitos?
(M) Creo que todo es parte de un progreso natural.
Quiero decir si os sentís cómodos tocando unas canciones que ahora suenan a años luz de Suck it and see.
(A) Probablemente me siento más cómodo ahora que antes. Todavía tocamos muchas de esas canciones en directo, pero, obviamente, van cambiando, nunca puedes volver a las sensaciones originales. De todas formas, no creo que importe. Nosotros nos hemos movido, pero las canciones siguen ahí. Después de todo, sólo tenemos 25 años.
Es extraño que, de un álbum mayoritariamente luminoso, más pop que Humbug, lo primero que hayáis dado a conocer sean las dos canciones más rudas del disco, Brick by brick y Don’t sit down cause I’ve moved your chair.
(M) Bueno, Brick by brick es divertida. Don’t sit down… es una decisión de la discográfica.
(A) Sí, pero tenían razón.
¿Brick by brick es divertida?
(M) Sí, fue una cosa que pensamos hacia el final de la última gira, ir añadiendo cosas que querríamos hacer ‘brick by brick’ [ladrillo a ladrillo]. Salieron como tres veces más de las que han quedado. La idea era que la cantara yo.
¿Es eso lo divertido?
(M) No [Risas]. La letra. Lo de “I wanna rock’n’roll (Quiero rock and roll)”. Lo puedes gritar una vez y está bien. Dos. Pero gritarlo tres tiene gracia.
Bien. ¿Seguís escuchando a Black Sabbath?
(A) Sí, tío. Siempre van a estar ahí.
(M) Y no se van a marchar.
¿Y qué más?
(A) The Stooges, hemos escuchado mucho el Raw power. Y Stone Roses.
(M) Alex ha estado escuchando country.
¿Por qué motivo?
(A) Porque los cantantes de country son muy buenos compositores a la hora de escribir textos, y me interesa mucho su técnica. Quería practicarla. Cuentan historias, pintan estampas… De entre todos los géneros, creo que ellos son los que mejor lo hacen. No todos, claro. Hablo de George Jones, Townes Van Zandt, Roger Miller… También Johnny Cash.
A estas alturas, ¿no te consideras ya un buen escritor de canciones?
(A) No. No lo sé. Siempre puedes mejorar.
¿Prevalecen tus preferencias musicales sobre el resto de la banda?
(A) Por un lado, está el tipo de música que uno escucha cuando está solo, que, en mi caso, y a la hora de ir a escribir la letra de las canciones, ha sido country y cantautores. Pero luego esas canciones fluyen entre los demás, se ponen en común, y las influencias de los demás pesan tanto sobre las canciones como las del que las ha compuesto. Las cosas que hemos escuchado en común, sobre todo, como Black Sabbath [Risas].
Antes de este disco, Alex, has compuesto la banda sonora de la película Submarine, de Richard Ayoade [amigo de Turner, conocido como protagonista de la serie The IT crowd]. Las canciones de esa banda sonora tienen un registro mucho más acústico que Arctic Monkeys. ¿Cómo ha afectado eso a la composición de Suck it and see?
(A) [Mueve la cabeza afirmativamente] Sí, ha influido. Creo que cada canción que escribes te lleva a la siguiente, y las canciones de la banda sonora fueron compuestas inmediatamente antes que las de Suck it and see. Todas las canciones de Submarine, que tienen ese corte tan desnudo, fueron escritas con guitarra acústica. Es la primera vez que lo he hecho, y he trasladado ese método a las de Suck it and see. Las canciones parten del mismo sitio, es una referencia.
The piledriver waltz aparece en ambos álbumes.
(A) Pensé que encajaba en los dos mundos. Fue la última que escribí cuando estaba componiendo la banda sonora y, de alguna manera, sirve de enlace con el disco de Arctic Monkeys. Estaba a mitad de camino de pertenecer a un álbum o a otro, y al final ha aparecido en los dos.
En ese momento aparece la camarera con las hamburguesas, y a Matt el apetito se le sube a la cara. “Simplemente queremos seguir haciendo buenos discos”, dice Alex, ya de pie, como si quisiera dejar claro algo al final de la entrevista. “La calidad, ésa es la clave”, subraya Matt, que sigue envuelto en el tartán a pesar del calor. Por cierto, Alex, el anillo. “Death Ramps. Es el sitio al que íbamos todos con las bicis cuando éramos pequeños. También fue un nombre de reserva para Arctic Monkeys. Y la cara B de Teddy picker”. Quizá eso dice mucho más sobre por qué esta banda es así: universalmente adorada pero escandalosamente normal, bien sujeta al suelo, a sus raíces.
Esta entrevista fue publicada en el número de junio (nº 140) de ROLLING STONE.
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