Nueva York, 30 de diciembre de 1997. Los Planetas ocupan sus habitaciones en un hotel del centro de Manhattan, cercano al estudio regentado por el músico y productor Kurt Ralske. Han logrado que los ejecutivos de BMG España –hoy Sony Music– dieran permiso y presupuesto para grabar su tercer álbum al otro lado del charco, pero no ha sido tarea fácil. Pop (1996), su anterior trabajo, no ha funcionado como debía y su contrato expira con este nuevo lanzamiento. En los despachos de la compañía se muerden las uñas y quieren publicar el nuevo disco cuanto antes, aunque existen dudas sobre el material que el grupo ha presentado en maquetas previas. Florent Muñoz y J Rodríguez –fundadores y únicos supervivientes de la primera formación– son conscientes de lo que se están jugando y han llegado a la Gran Manzana tras superar varios meses de incertidumbre, trasiego de personal y excesos.
"En Pop no supimos canalizar bien la producción y se diluyeron algunas canciones importantes", admite Florent. "Esta vez decidimos grabar en el estudio de Kurt, con su equipo: compresores antiguos, instrumentos muy chulos, una mesa vintage…estábamos mucho más a gusto y había mucha más armonía que en el anterior". Tan solidaria convivencia contrasta con el contenido del álbum, que marca un punto de no retorno para el indie-rock español. Una semana en el motor de un autobús es el primer disco de su promoción que se expresa con palabras mayores. De ahí su inapelable significado generacional.
Devastador, sincero y lleno de grandes canciones, el tercer disco del grupo andaluz describe con emocionante exactitud –y sencilla elocuencia– el tránsito de la juventud hacia la edad adulta. Un camino de sentido único, apenas iluminado, sin balizas fiables ni áreas de descanso, nacido en el kilómetro cero del despecho, con la droga como carta de navegación recurrente. Florent lo confirma: "Las drogas estaban muy presentes en nuestras vidas, supongo. Línea 1, por ejemplo, habla de todo eso. No vamos a esconder nada a estas alturas, porque nunca hemos sido unos santos. Somos buena gente; eso sí, no vamos de destroyer por la vida. El tiempo pasa y ahora intentamos ser más tranquilos, no tan impulsivos. Pero siempre hemos sido de experimentar, de probar lo que hay, de explorar nuevos mundos y tener experiencias propias. Cuando eres joven te tiras más a la calle, a los bares; en casa no te vas a quedar, eso está claro…quieres vivir el rock and roll".
La máxima del guitarrista granadino tiene tanto de lugar común como de evidencia. En los meses previos a la grabación del disco, se especulaba con la separación del grupo y el propio Florent había dado más de un susto –tóxico– a familiares y amigos. La bajista May Oliver dijo basta poco antes de viajar a Nueva York y se cesó al batería Raúl Santos. El sistema que sostenía a Los Planetas amenazaba colapso, pero J y Florent supieron afrontar la crisis, incorporando a un músico que marca diferencias allá donde toca –Erik Jiménez, batería de Lagartija Nick– y apostando por un desconocido –el bajista Kieran Stephen, después en Migala y hoy en Fantasy Bar– para sustituir a May, la amiga con que empezaron a ensayar en 1989. También sacaron billete para Banin Fraile, un colega que tocaba en grupos de garage y que, desde entonces, no ha abandonado la disciplina planetaria." Con él a la guitarra", explica Florent, "J podía despreocuparse un poco, así que fue una incorporación muy importante. Todos se involucraron al máximo y todos intentaron hacerlo lo mejor posible; creo que eso se refleja en el disco".
El aislamiento del grupo durante la grabación fue relativo. Al fin y al cabo, estaban en pleno centro de la capital del mundo, y tuvieron tiempo para alternar con el infinito underground neoyorquino. "Fue muy ameno. Grabábamos en directo, todos juntos, en plenas navidades, con frío y nieve pero con mucha gente en la calle, así que aprovechamos para conocer la ciudad. En el edificio del estudio había locales de ensayo, tiendas de instrumentos, allí ensayaban Pavement…. Jota se compró un ampli Orange y yo un pedal raro, antiguo. Kurt nos llevó a ver muchos conciertos y conocimos bastante la noche, aunque los grupos que vimos eran desconocidos".
Un mes después de su llegada a Estados Unidos, Los Planetas regresaban a España con un puñado de canciones –Segundo premio, La playa, Cumpleaños total, La copa de Europa, Desaparecer…– que se convertirían en santo y seña emocional para toda una generación, disparando sus cifras de venta y ensanchando su nómina de fans. Lo nunca visto, vaya.
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