En 1998, cuando Sabina piensa en grabar 19 días y 500 noches, viene de una decepción, el disco Enemigos íntimos junto a Fito Páez, que si bien artísticamente es valioso, supone un chasco por el agrio desencuentro entre los dos.
Este desenlace da al traste con una apetecible gira conjunta. Sin embargo, su siguiente álbum también tendría un importante componente argentino, Alejo Stivel, ex Tequila y entonces sorprendente elección para Sabina (su mayor éxito hasta el momento había sido el debut de La Oreja de Van Gogh). “Yo pasaba veladas en su salón y lo veía cantar en un estado muy relajado, sin preocuparse de la técnica”, recuerda el bonaerense, aludiendo a la época de las noches eternas en Tirso de Molina, en la que el cantante confesó a El País ‘he puesto mi bar en casa’. “Me parecía que esa forma de cantar no tenía nada que ver con lo que plasmaba en los discos, muy lavados”, continúa Stivel. “Yo le decía que porqué no grababa algo en plan crudo, como cantaba a las 4 de la mañana, pero no se lo planteaba en un tono de ‘dámelo a mí para hacerlo’. De hecho, yo no tenía ni un disco de Sabina en casa. Pero establecimos una buena complicidad y un día me dijo que le produjera”. A raíz de esa proposición, comenzaba un año muy largo para Sabina y Stivel, que tendría final feliz en el disco más redondo del cantautor.
“Curramos seis meses en su casa y otros seis en el estudio”, recuerda el productor: “Fue largo. En ese tiempo yo me hago ocho discos. Las víctimas más notorias fueron mis amigos de M Clan. Yo tenía que grabar su Usar y tirar y al final se retrasó seis meses”... Tan largo se hizo que Stivel hubo de dar un ultimátum: “Una noche, en un restaurante le saqué una servilleta y le dije: ‘fírmame aquí que en una semana pierdes el poder sobre el disco, yo lo acabo y sale’. Lo firmó, lo tengo guardado”. Alejo consiguió que Sabina “se olvidara de ser cantante y fuera un decidor, a la manera de un Tom Waits o un Gainsbourg, tíos que saben decir las cosas”. Pero los capos de la discográfica no esperaban ese cambio, relata Stivel: “Al escuchar la primera canción se miraron, me miraron y dijeron ‘no canta’. Claro, tenía la voz mucho más gastada y rota, y yo le había hecho cantar cerca del micro, y no maquillé con ningún efecto esa lija. Pero se acostumbraron y les encantó”.
En el tratamiento de la voz, en los arreglos, en los músicos escogidos, … la labor de Alejo fue importante para que 19 días y 500 noches llegara a buen puerto, pero eso no hubiera servido sin canciones. Y Sabina las tenía en abundancia. Barbi Superstar, Dieguitos y Mafaldas, El caso de la rubia platino, Donde habita el olvido o De purísima y oro. Pero su columna vertebral fue 19 días y 500 noches, la canción que le dio título y le impulsó hasta vender más de 600.000 copias, una arrebatadora rumba del desamor: “Es casi un homenaje a Bambino [el rumbero], aunque el pobre murió antes y no llegó a oírla”, contaba Sabina. Stivel, por su parte, aún se sorprende de que triunfara una canción con un estribillo que dura un minuto. La franqueza de las letras provocó alguna anécdota, como la surgida por un verso de Una canción para la Magdalena, himno a las prostitutas compuesto junto a Pablo Milanés. En ella, el de Úbeda canta: “y si la Magdalena pide un trago/ tú la invitas a cien que yo los pago”, lo que un fan bilbaíno se tomó en serio, y le mandó la factura de un burdel. Sabina accedió a pagársela, adjuntándole una cita de George Brassens: “La menor reincidencia rompería el encanto”.
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