¿El álbum más debatido del rock en español? Desde luego, es uno de ellos. Nunca ningún trabajo en nuestro idioma ha tenido tanta repercusión, ha levantado tamañas pasiones entre el respetable, ha mitificado hasta tal extremo a su autor, ni ha servido de semejante modo de faro para multitud de artistas en ambas orillas atlánticas. Todo eso lo consiguió Andrés Calamaro con Honestidad brutal, el disco que sucedió a esa obra maestra que fue Alta suciedad y con la que reiniciaba su carrera solista tras el fin de Los Rodríguez.
Pero la gestación de Honestidad brutal tuvo bastante de casual. Andrés estaba en Buenos Aires, tratando de dejar atrás una ruptura sentimental y en el estudio de su hermano Javier, donde éste grababa publicidad, comenzó a preparar no sabía muy bien el qué: “Entramos a grabar fuera de las rutas de navegación discográfica. Queríamos ‘grabar algo’, fuimos al estudio pensando quizás en un disco de caras B para Alta suciedad, sin una misión específica, pero terminamos grabando en una semana y reunimos una docena de canciones con un sonido orgánico y basurero, pero muy interesante. Quizás aquella primera colección de canciones podría haber sido un álbum si el rumbo de la producción y el deseo hubieran sido otros, quizás pensando en la inmediatez de un disco de garaje. Pero lo que quería era seguir grabando. El estudio es un buen lugar para pasar el tiempo, un búnker donde dejar estallar la música y el life style. Recién después de terminar el doble pensé que aquella primera semilla también hubiera sido un disco aceptable, pero preferí continuar grabando y escribir más canciones”.
De aquella “semilla” –en la que ya estaban canciones como Te quiero igual, Socio de la soledad, Paloma y El día de la mujer mundial– creció un disco, crudo y directo, en el que las canciones se escribían y grababan de forma inmediata y que acabó por registrarse, a lo largo de nueve meses, en estudios de Buenos Aires, Madrid, Miami y Nueva York. Sobre la marcha, se incorporó el productor Joe Blaney (que ya había trabajado con Los Rodríguez y con el propio Andrés en Alta suciedad): “No sé cuántos meses llevábamos grabando cuando lo llamamos para poner orden y calidad”.
Pero no pensemos que Honestidad brutal son las meras grabaciones desnudas; podían permanecer las bases, la voz de la primera toma, las guitarras o baterías de referencia, pero luego algunas canciones se ampliaban, se trabajaba sobre ellas incorporando nuevos colores (Prefiero dormir, Jugar con fuego, Maradona, Socio de la soledad, El tren que pasa), incluso en Nueva York sumaron sus dorados instrumentos Marc Ribot, Charley Drayton, Hugh McCracken y Daniel Wirtz.
Un millón de dólares es el precio que se rumorea costó la grabación: “Viajábamos mucho y todavía no teníamos las herramientas digitales, por lo que cada día de grabación era carísimo y los estudios eran formidables catedrales analógicas. Hubiera sido un disco mucho más caro si hubiera pasado la factura de los camellos…”. En aquel momento, “sin otra vida además del rock que generábamos”, Calamaro vivió una grabación en la que “casi diría que la mayor parte del tiempo estábamos en situación de diversiones destroyer, con todos los ingredientes que la mente humana pueda imaginar, y un poco más”. Aunque no deja claro hasta qué punto el resultado audible es consecuencia del consumo de drogas: “la cocaína es ‘tiempo’, no influye directamente en la letra o en la canción, pero es tiempo y energías para seguir escribiendo con deseo; así como el cannabis también te enchufa y es un buen colaborador para aquél que quiera sentarse a escribir, o escuchar música o mirar las nubes. Supongo que despertarse temprano y escribir metódicamente también influye, lo mismo que tomar cerveza, pero influye en el ritmo de vivir y de hacer las cosas, o no hacerlas. La misma sustancia que puede paralizarte puede empujarte a escribir. Creo que el núcleo duro que grabó y acompañó las sesiones de Honestidad brutal teníamos conciencia de estar generando un permanente canibalismo de nocturnidad y poesía-alevosía. Claro que hay mucho para contar, y también mucho para no contar nunca. El abuso, hay que reconocerlo, era permanente”.
Mucho se ha hablado de hasta qué punto este sensacional tratado de rock moderno y desprejuiciado (en el que cabe hasta el tango) es totalmente confesional. Calamaro se explica: “Algunas letras giran en torno a relaciones variopintas y otras no, son sociales, políticas o simplemente letras de canciones, no necesitan ser estrictamente autobiográficas, aunque muchos episodios verdaderos estén reflejados en algunas letras. Se entiende que un disco con semejante título tendría que ser sincero en lo ético, lo estético, lo lírico y como impronta de producción en estudio”.
Se llegaron a grabar hasta cien canciones (no, no es ninguna exageración), y ése fue el momento de parar, de poner punto y aparte y de dar por finalizado un proyecto que milagrosamente terminó siendo doble aunque, en algún momento, tal y como reconoce su autor, “¡llegué a pensar que podían ser cuatro!”. Quizá por eso Andrés no duda en afirmar que no sabe muy bien “si lo terminamos o lo abandonamos”.
¿Pensó Andrés, durante las grabaciones de Honestidad Brutal, en la importancia que tendría este disco? “Creo que todos los músicos, cuando grabamos, creemos que estamos haciendo el disco definitivo”, reconoce Calamaro, para añadir a continuación: “pero al mismo tiempo es inevitable saturarse un poco después de tantos meses de una grabación tan intensa. Mis colaboradores y yo sentíamos que estábamos haciendo un disco ‘grande’, un Titanic sin hielo. Construimos un disco y un repertorio”.
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