La historia de éxito repentino más importante de los 90 fue la del segundo disco de Nirvana, Nevermind. Lanzado desde la escena underground de Seattle, expulsó a Michael Jackson del primer puesto de las listas. Ningún otro álbum reciente ha tenido este impacto en una generación (una nación de adolescentes se convirtió al punk) ni un efecto tan catastrófico en su creador. El peso del éxito llevaría a Kurt Cobain a quitarse la vida en 1994.
Las guitarras afiladas y su voz corrosiva se fundían en composiciones inspiradas en Pixies-vía-Zeppelin, devolviendo al rock & roll su pureza guerrera. En las letras, Cobain descargaba su furia en granadas de tormento y autodesprecio. Sin embargo, su mayor genialidad, en temas como Lithium, Breed y Teen Spirit, fue la tensión suave-fuerte que creó entre las estrofas y los estribillos. Cobain amaba el pop y era un beatlemaniaco. El productor de Nevermind, Butch Vig, recuerda haber oído a Cobain tocar Julia, de Lennon, en las sesiones. Kurt también luchaba por mantener su honor underground. Al final, resultó una batalla perdida, pero es parte del poder de este disco.
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08.05.2012
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