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1. El Último de la Fila – 'Enemigos de lo ajeno', 1986

por César Luquero

24.05.2010 | sin comentarios
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1. El Último de la Fila – 'Enemigos de lo ajeno', 1986

La fe de bautismo del dúo barcelonés tiene guasa, porque durante la segunda mitad de los ochenta y primera de los noventa, El Último de la Fila fue –con permiso de Mecano y Héroes del Silencio– el grupo más popular de éste país. Nada podía con la entente cordial que Manolo García y Quimi Portet habían suscrito poniendo en marcha a Los Burros, efímero germen de El Último de la Fila que sólo llegó a publicar un álbum, el sorprendente Rebuznos de Amor (1983) .

Avalado por la crítica local –que había mostrado su apoyo cuando todavía movían maquetas– y esperanzado con la buena recepción dispensada a Cuando la pobreza entra por la puerta, el amor salta por la ventana (1985), su espléndido debut, el dúo abandona otras ocupaciones –Portet conducía una furgo– y se atrinchera en un antiguo taller de torneros que el padre de García había ayudado a adecentar. "Quimi y yo estábamos locos por hacer canciones", reconoce García, "nos pasábamos el día metidos en el local, con dos guitarras, una grabadora, tres teclados y una caja de ritmos. Llevábamos una vida disoluta, en el sentido de creación artística: entrábamos, salíamos, nos íbamos de fiesta, volvíamos a las tres de la mañana y grabábamos, dormíamos un rato…era una ilusión absoluta por hacer canciones y creo que eso queda patente en el disco". Portet parece estar de acuerdo, aunque añade un importante matiz: "La magia está en nuestra alegría. Y también en que fue el primer disco que hicimos sin trabajar en nada más. Fue la primera vez que nos comportamos en un estudio como si fuéramos profesionales y ahí reside parte de la magia, en darte cuenta de que lo que estás haciendo es tu único oficio".

Grabado con poco dinero –García recuerda que comían "en un bar de menús de al lado del estudio" y sólo se podían permitir "bocadillos y cañas de cerveza"– y regado con vino del Penedés –Quimi desvela que "PDI también tenía negocios relacionados con el vino y nos había regalado por navidad unas cajas de cava y de vino blanco muy bueno que bebimos mientras componíamos"–, Enemigos de lo ajeno empezó a allanar el camino del grupo hacia lo masivo. Lógico, porque sus canciones no tienen rival y capturan el instante en que las fuerzas creativas de ambos –más excéntrica en Quimi; más convencional la de Manolo– alcanzan un equilibrio casi perfecto. Su sonido mate termina revelándose como parte fundamental de un hechizo que todavía perdura, porque las versiones originales son mejores que las incluidas en Nuevas Mezclas (1987), disco en el que regrabaron canciones de sus dos primeros lanzamientos. Portet tiene claro que no hubieran hecho "un disco mejor por tener más medios" y García está convencido de que "hasta la producción es acertada; no me imagino estas canciones sobreproducidas, está bien así porque nosotros éramos así en ese momento".

Urgente y arrebatado, Enemigos de lo ajeno brilla incluso con la luz apagada. Canciones como Aviones plateados o No me acostumbro arrastran cargas emocionales que Portet aligera ahora con ayuda de la distancia. "La época de mayor actividad sentimental de los seres humanos, sobre todo de los machos, trae muchos desengaños. Recuerdo aquello con cierta ironía, la gran cantidad de energía que se saca de los fracasos sentimentales. Pero eso está en toda la música popular. Muchas veces, esa tristeza es superficial. Me gustaba utilizar esos sentimientos para hacer canciones, aunque no quiere decir que estuviera especialmente triste". Cierto. La euforia que trasmite Insurrección es el mejor ejemplo de ello. Y viene a demostrar que lo sublime no siempre surge tras un trabajo sesudo. "Surgió en el último momento, el último día de grabación", asegura García. "Sólo teníamos 9 canciones, nos faltaba una. Quimi había sacado un riff de guitarra y, a partir de él, la compusimos. Hice la letra en un par de horas y la grabamos in extremis, porque el tiempo de estudio se agotaba esa misma mañana". Preguntado por su canción estandarte, Portet prefiere ir de lo particular a lo general: "La música tiene una parte lúdica que hay que respetar y cuidar mucho. Se puede ser un gran intelectual y escribir letras muy buenas, pero la música popular nace de una pulsión lúdica, los acordes y las notas se unen entre sí por la búsqueda del placer puro". El Último de la Fila exploró esa veta a pecho descubierto y Enemigos de lo ajeno prueba que su expedición fue todo un éxito. Después llenó estadios, vendió cientos de miles de discos y tuvo que asumir que la inspiración es un invitado que dicta sus propias normas de protocolo.

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