La saga de los Bó

El mito de la mujer argentina, el mito del país de la buena carne, no sería tal sin la ayuda inestimable de Armando, Víctor, y Armando. La familia Bó… Con la colaboración más que especial de la Coca Sarli. O por qué fantaseamos con “minas” y “morochas”.
Por - 24 de julio de 2013
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CARNE CRUDA. Desde la izquierda, Armando Bó posa con Isabel Sarli en La mujer de mi padre (1968); la Sarli con diversos partenaires en fotogramas de las películas El sexo y el amor (1974) y Carne (1968), y una foto del rodaje de La leona (1964).

El padre, Armando Bó: Ché, esto es ‘sesploitation’
En 1958, cuando España todavía se despertaba enlutada y ni soñar podía con que llegaran suecas en bikini al toque de corneta de Fraga y su desarrollismo, el cine argentino rodaba su primer desnudo integral (femenino, por supuesto). Era El trueno entre las hojas, un guión de Roa Bastos, y detrás de la cámara se encontraba Armando Bó que, según la leyenda, engañó a su actriz diciéndole que “la iba a rodar de lejos, con una malla y no se le iba a ver nada”. La malla no apareció y, aunque se filmó de lejos, sí que apareció una nueva cámara oculta, más próxima. Nadie esperaba eso de Bó (Buenos Aires, 1914-1981), la verdad, aunque tampoco nadie podía esperar que no lo hiciera. Su biografía hasta el momento había sido delirante: jugador de baloncesto, la mismísima Carmen Miranda le convenció para que probara como actor. Con su planta y su porte, pronto encarnó a héroes deportivos en clásicos futboleros como Pelota de trapo (1948) o automovilísticos como Fangio, el demonio de las pistas (1950). Fue otra mujer, Isabel Sarli, la que dio un nuevo golpe de volante a su carrera. Salta a la vista por qué Sarli tenía el sobrenombre de “La Coca”. Por si queda alguna duda, una de sus anécdotas más famosas es aquella en la que, durante una visita promocional al país del sol naciente afirmó que una de sus cocas “era más grande que la cabeza de un japonés medio”. ¿Queda claro, verdad? En tiempos pre-bisturí, el término voluptuosa no hacía justicia a su escote, habría que inventar uno nuevo.

El hijo, Víctor Bó: Superagente del incesto
…Y el demonio creó a los hombres
(1959), Lujuria tropical (1962), Los días calientes (1965)… Armando e Isabel ruedan sin parar hasta 25 películas, sin detenerse ante nada. Ni cuando ella coge hepatitis después de que él la haga pelearse con otra mujer en medio de un estercolero para Sabaleros (1958), ni ante los mil y un problemas de la censura sudamericana. Lo que se permite en Argentina no se puede ver en Brasil; lo inmoral en Paraguay es considerado arte y ensayo en Nueva York. En Argentina le llueven las denuncias por obscenidad. De nada sirve que la pareja ruede con, ojo, Evita Perón en La cabalgata del circo (1945). No es la única gobernante que se encontrará en su disparatada biografía. En Panamá, se pelea con sus distribuidores y un policía le ayuda. Años más tarde, será el dictador Omar Torrijos.

ARMANDO Y SARLI RUEDAN 25 PELÍCULAS SIN PARAR NI CUANDO ELLA TIENE HEPATITIS

A Armando, la burocracia mojigata le hace la vida imposible, así que decide provocarles un poco más. En La mujer de mi padre (1967) vemos por primera vez a su hijo Víctor Bó… amancebándose con la Sarli ante la cámara de su padre. Por si había algún despistado, el argumento de la película es, precisamente, ese: una mujer que, presa de una sexualidad incontrolable, seduce al hijo de su marido con las cataratas del Iguazú de fondo. Adiós al trasfondo más o menos neorrealista y al cine académico: a partir de ahora, la carrera del singular triángulo pivotará sobre una mujer, la Sarli, por la que enloquecen todos los brutos que la rodean hasta que es salvada, en última instancia, bien por Armando, bien por Víctor, en medio de escenas plásticamente atrevidas y líneas de texto estúpidas. Los argentinos, dueños del don de la palabra, enloquecen memorizando las estupideces de la Sarli en pantalla, la pesadilla de alguien como Valdano: “¡Cómo me gusta la morcilla!”; “¡Pobrecitos, todos murieron cerca de mi corazón, sobre mi pecho!”; o “¿por qué lo hacen? ¿No piensan que su madre también es una mujer?”.

Lee la crítica de ‘El último Elvis’

Un acuerdo con Columbia da distribución mundial a la carrera y el retoño: viajan a China, viajan a India, viajan a EE UU. La Coca aparece en Playboy con el titular “La bella salvaje de la pampa”. Fiebre sexual (1970) se convierte en una de las películas más taquilleras de aquel año en todo el planeta. Sin embargo, para la crítica y la censura, Armando es un enfermo. “Fuego y Fiebre son las dos películas argentinas que se han dado en más cantidad de países. Fiebre estuvo nueve semanas en Nueva York. Y yo pienso que me la copiaron. Fue la primera vez que en el cine se tocó el tema de un ser humano enamorado de un animal. ¿Por qué acá la vieron como degenerada a la película?”, ha dicho el patriarca. Tendrían que llegar John Waters o Álex de la Iglesia para reivindicar su cine. Tras los artistas, las instituciones: el año pasado, Cristina Fernández de Kichner nombró a la Coca Sarli embajadora cultural.

LOS BÓ, AHORA. A la izquierda, Víctor Bó en 2012 durante la los Premios Sur, en los que su hijo Armando (derecha) participaba con 13 nominaciones para su película El último Elvis (abajo).

El nieto, Armando Bó: A qué huelen los machos
Más fácil lo tuvo Armando, hijo de Víctor y nieto de Armando, para ser reconocido. En el pasado San Sebastián presentó su primera película, El último Elvis (llegó a los cines españoles el pasado 19 de julio). Obtuvo el premio Horizontes latinos, el aplauso de Robert Redford en Sundance y a punto estuvo de competir en los Óscar. Dice su padre que “el talento no se hereda”, pero es difícil no ver en el Carlos Gutiérrez, perdedor e impersonator de Elvis de su cinta, ecos de los también perdedores del delta del Río de la Plata de Carne, de su abuelo. Sórdidos también eran los habitantes de la Barcelona que poblaban el guión de Biutiful, de González Iñárritu, que él mismo escribió. Pero hablemos de cosas más divertidas, lúdicas y lúbricas: antes de debutar en el largo, Armando Jr dirigió buena parte de los premiados anuncios de Axe, forjando esa estética, ahora ya famosa, por la que un par de pulsaciones de desodorante vuelven tarumba a la población femenina del planeta. Sexo y humor, como siempre en su familia. El talento no se hereda… pero tal vez el gen del erotismo de los Bó sea único e intransferible.

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