Cuando salió a flote el huracán Nirvana

Un mes antes de editarse 'Nevermind', a Kurt Cobain le echaron de su apartamento y dormía en un coche. Han pasado dos décadas de aquello. Éste es el relato en primera mano de los 12 meses que les cambiaron a ellos, y a la música, para siempre. "Fue un puto caos", resume Dave Grohl.
Por - 23 de octubre de 2011
-
-
-
Imagen principal de la noticia
ETIQUETAS

Kurt Cobain suelta sus demonios en un concierto.

La mañana del 21 de agosto de 191, Krist Novoselic entra en la recepción de un hotel irlandés blandiendo su tarjeta de crédito. Ese trozo rectangular de plástico no es suyo en realidad. Según las letras en relieve pertenece a una organización llamada Nirvana Inc. Novoselic no parece un ejecutivo al uso. Con sus dos metros de estatura, vaqueros rotos, barba descuidada y pelo suelto, su alargado cuerpo bamboleándose mientras habla, parece más bien un espantapájaros dirigiendo el tráfico. Está de resaca. Se sienta y presta atención en una televisión a los turbulentos sucesos de la Unión Soviética, donde el presidente Gorbachov está en arresto domiciliario tras un golpe de estado por parte de un grupo de radicales del Kremlin que piensan que sus reformas llevarán a la caída de la URSS. “Acabo de hablar por teléfono con Boris Yeltsin [presidente de Rusia, de 1991 a 1999]”, bromea Krist. “Me ha pedido que vaya para allá y le ayude a arreglar las cosas, y le he dicho que claro, pero que tendría que ser después de Reading. ¡Lo siento!”.

Igual que no es el típico que lleva una tarjeta de empresa, tampoco encaja Novoselic en el molde de experto en política internacional. Es el bajista de un grupo de rock americano. Pero, por supuesto, no es un grupo de rock normal, como el mundo descubrirá pronto: en seis meses, Nirvana usurpará a Michael Jackson la cima de la lista de discos más vendidos.

La noche anterior Nirvana han tocado en Sir Henry’s, un pequeño club en la South Main Street de Cork, teloneando a Sonic Youth. No había más de 200 personas, y a ninguno de ellas le interesaba Nirvana lo suficiente como para acercarse a las primeras filas. Yo estaba allí con el fotógrafo Ed Sirrs cubriéndolo para la revista musical inglesa NME. Ese  mismo día vamos con el grupo hasta el suburbio dublinés de Dun Laoghaire para un concierto en el Top Hat Club. Después, Nirvana cruzará el mar de Irlanda para su primera aparición en un festival británico, Reading, en horario de tarde. Krist murmuraba algo sobre la KGB cuando le pregunté por la tarjeta de crédito y se rió otra vez; no se lo podía tomar en serio

La realidad es que estaba en un grupo que había firmado con una multinacional fundada por el legendario magnate de la música David Geffen, y sin embargo su situación económica era la misma que 12 meses antes. Aún vivía con su mujer Shelli en una casa de un dormitorio en Tacoma, una ciudad-dormitorio obrera entre Olympia, la capital del estado de Washington, y Seattle, la ciudad más grande del estado. Krist y Shelli no tenían mucho espacio, pero eran anfitriones generosos. En septiembre de 1990 viajé hasta allí con el fotógrafo Ian Tilton para un tema de portada sobre Nirvana en el semanario musical británico Sounds. Vimos a Nirvana en su mayor concierto en Seattle hasta ese momento, en el Motorsports International Garage, para 1.500 personas, y fuimos testigos privilegiados de ver su única actuación con Dan Peters, de Mudhoney, a la batería. En lugar de un hotel, los Novoselic nos pusieron un colchón en el suelo del salón. Despertamos a la mañana siguiente con el desayuno hecho y con Krist amenizándonoslo con canciones de Black Flag. 

Durante el verano de 1991, también sus compañeros de banda vivían modestamente. Dave Grohl, el último en una larga lista de baterías de Nirvana, había empezado a compartir un apartamento en West Seattle, cansado ya de vivir en el sofá de un sórdido apartamento en Pear Street, lejos del centro de Olympia. Su compañero de piso en Pear Street era Kurt Cobain, que había vivido allí desde que se mudara con su novia Tracy Marander en 1987. Cuando la pareja se rompió en 1990, Grohl dejó de ser el okupa de los Novoselic y se fue con Cobain.

“La cocina estaba totalmente destrozada, era asqueroso”, recordaba Grohl cuando le entrevisté en 2006: “Había moho por todas partes, la nevera estaba siempre vacía… No estoy seguro siquiera de que funcionara. De la pequeña cocina pasabas a un salón de tres por tres donde teníamos una televisión que no funcionaba, un tocadiscos -habría unos 12 discos-, una lámpara y un sofá. Media sala estaba ocupada por un enorme acuario de tortugas que Kurt había construido y en el que había dos hediondas tortugas moribundas. De ahí se pasaba a un pequeño dormitorio que Kurt había pintado de negro [se ríe] y un cuarto de baño del tamaño de un puto aseo de avión. Así vivíamos”.

En el autobús de gira de Nirvana, en el camino de Cork a Dublín (unos 250 kilómetros), el vídeo reproducía la película paródica del mundo del rock Spinal Tap. Riéndose con la escena en la que el antaño “grupo más ruidoso del mundo” se reúne desconsolado en la tumba de Elvis Presley, Novoselic sugirió que “demasiada puta perspectiva” no era nada malo. El hijo de emigrantes croatas estaba al tanto de las turbulencias que pronto tendrían lugar en la patria de su familia tras el desmoronamiento de la ideología que había unido a esas etnias de la Europa oriental. Mientras Kurt Cobain (24 años en 1991) dormía y Dave Grohl (22 años) jugaba con un yo-yó, Krist Novoselic (26 años) pensaba en voz alta.

 “Yo bromeo todo el día: digo todas las cosas estúpidas que puedo, para divertirme. O sea, ¿qué pasa? Ser consciente de la mierda que hay por ahí es  bastante devastador. Hay que ser realista: la gente es muy estúpida”, dijo Novoselic. En ese momento Cobain se despertó y se unió a la discusión. Dormir en un vehículo era una situación normal para él en agosto de 1991. Un mes antes, llegó al apartamento de Pear Street tras una gira por la Costa Oeste junto a Dinosaur Jr y se encontró con sus escasas pertenencias fuera, en una caja en la puerta. Había sido desahuciado por no pagar el alquiler. Un mes antes de la salida de Nevermind, el segundo álbum de su grupo, el epicentro creativo de Nirvana estaba sin techo, durmiendo en el asiento trasero de su coche. Lógico que no se pudieran tomar nada en serio.

 

cobain_500_01

Kurt Cobain, tocando con Nirvana en Reading, en agosto de 1991.


- AUTOBÚS DE GIRA DE NIRVANA, DE CORK A DUBLÍN: 21 DE AGOSTO DE 1991

Los fundamentalistas del punk ya están afilando los cuchillos para cuando salga vuestro nuevo álbum, suene como suene. Siendo tú una especie de fundamentalista del punk, ¿qué piensas de ello?

Kurt: Creo que Nevermind es una buena mezcla de basura accesible y radiable. Recuerda a cómo suena Bleach y cómo sonamos en directo. Sigue siendo duro. En cada entrevista de los últimos dos años hemos estado prácticamente avisando de que estábamos escribiendo canciones más pop, así que no creo que le sorprenda a nadie cuando las escuchen.

Supongo que no ves el término “canción pop” como una vergüenza, ¿no?

Kurt: Oh, para nada. Mis canciones favoritas son de pop. Los Butthole Surfers tienen canciones pop. Pop significa simple, y eso es lo que el punk-rock ha sido siempre hasta que se convirtió en hardcore.

Krist: Como el disco de los Sex Pistols: son todo canciones pop. Es buenísimo. Los Clash eran un grupo de pop.

Kurt: Creo que el mejor disco de los Clash es Combat rock. Me gusta la hostia. ¡Es mejor que Sandinista! [se ríe].


En la docena de veces que estuve con él, vi a Kurt Cobain sonreír muchas veces. Una carcajada como es debido era más inusual, sin embargo, y te acordabas de ellas cuando aparecían. Pero si hubo una época en la que las risas aparecían con facilidad en Kurt y los otros miembros de Nirvana, fue durante el final del verano y el otoño de ese año 1991, antes de que Smells like teen spirit llegara a la MTV; antes de que Nevermind destronara a Dangerous (de Michael Jackson) de la cima de la lista de los más vendidos; antes de que sus vidas cambiaran para siempre.

Los dos conciertos de Irlanda con Sonic Youth fueron el calentamiento de un par de semanas en festivales europeos, el primero de los cuales fue Reading. Conviviendo con compañeros y héroes, esa gira fue una excusa para el cachondeo. Por primera vez, Nirvana estaban de gira con algo parecido a un presupuesto –en un autobús en lugar de una furgoneta; compartiendo habitaciones de hotel en lugar de con los miembros del grupo y el equipo amontonados en mugrientas pensiones o en el suelo de la casa de algún amigo– y estaban disfrutando de la novedad.

Destrozaban camerinos, pero eran benignas trastadas de chavales inocentes en el extranjero, más que las trasnochadas costumbres de rockeros veteranos pasados de rosca. No había presión, más allá de la que los artistas serios se imponen para aprovechar el momento con la fuerza necesaria. En ese sentido, Nirvana no tenían miedo. A veces, la energía animal que les propulsaba tenía consecuencias adversas –sobre todo cuando Cobain se rompió la muñeca tirándose contra la batería de Grohl al final de su actuación en Reading–, pero en su mayor parte el ánimo era de optimismo. Habían hecho un gran disco y aún no habían sido corroídos por el proceso industrial al que se adscribieron cuando firmaron un contrato discográfico con Geffen. ¿Pero cómo hubieran podido prever Nirvana lo que les iba a pasar? Nadie podía imaginarlo. Pocos recuerdan dónde estaban o lo que hacían cuando el disco más influyente de rock de los últimos 20 años fue editado. El último día de septiembre de 1991, Nevermind entró al número 36 de las listas británicas. Nada revolucionario. Más gente lo hubiera comprado, si hubieran podido encontrar ejemplares. MCA, el distribuidor de Geffen en el Reino Unido, pensó que era suficiente con fabricar sólo 6.000 unidades.

“Había un abismo entre las expectativas y lo que pasó”, dice Anton Brooks, publicista de Nirvana en el Reino Unido. “Tenía al mánager del grupo pidiéndome que la compañía fabricara más ejemplares. La compañía decía que no, que así estaba bien. Dos días después, ¡boom! No quedaba ninguna. Mentiría si dijera que sabía que Nevermind iba a cambiarlo todo. Pensé: ‘Éste es un disco muy notable y en un par de años podrán actuar en la Brixton Academy [sala de conciertos londinense para unas 5.000 personas], si conseguimos buenos teloneros, y tal vez en cinco años puedan acercarse a los cabezas de cartel de Reading”.

Fue una historia similar en EE UU, donde Geffen distribuyó sólo 45.000 unidades. “Estoy seguro de que si hubiéramos llegado a 50.000, en el resto del año habría sido considerado un éxito”, dice Mark Kates, entonces director de promoción en Geffen. Pero Geffen tenía otras prioridades. Use your illusion, el febrilmente anticipado doble disco de tortuosa creación y colosalmente caro de Guns N’ Roses, salió la semana antes que Nevermind. “Además, en las oficinas de Geffen había mucha expectación con The Nymphs [una banda de rock alternativo que se separó en 1992 después de sólo un disco]”, añade Kates. “Estaban haciendo ‘el’ disco, eran ‘el’ grupo. En fin, la cantante de los Nymphs, Inger Lorre, se meó en el escritorio de un ejecutivo de la compañía y todo eso. Nirvana no eran muy conocidos. Eran un grupo indie en un nivel inferior, aunque, como íbamos a descubrir, para mucha gente eran ya importantes”.


concourtney_400_01

Kurt Cobain y Courtney Love, detrás del escenario.


- AUTOBÚS DE GIRA DE NIRVANA, DE CORK A DUBLÍN: 21 DE AGOSTO DE 1991

Krist: Venga tío, ¡pregúntanos sobre las canciones de nuestro maravilloso nuevo disco!

Vale. Habladme de Territorial pissings.

Kurt: La verdad es que no tengo ninguna explicación para esa canción. Muchas veces, cuando me preguntan sobre una canción que he escrito, me invento una explicación en el momento, porque a veces escribo las letras en el estudio y no tengo ni idea de lo que estoy hablando la mitad del tiempo.

Guay. ¿Y Smells like teen spirit?

Kurt: Bueno, es como, hey tío, o, más bien, hey tía, tira la fruta y cómete las cáscaras…

Krist: Uau, lo veo.

Kurt: Ya no es un tabú que los tatuados cojan la solidaridad generacional y se la metan por el culo a esas vergüenzas andantes que escuchan a los Byrds y a Herman’s Hermits y que llamamos padres…

Krist: Eso es bonito, mola.

Kurt: Se trata de fingirse el enemigo e infiltrarse en los engranajes del sistema y pudrirlo lentamente, desde dentro. Es un trabajo desde dentro, empieza con los guardianes y las cheerleaders.

Krist: Esa es buena. De eso también trata la canción, claro.

Kurt: O no [sonríe, satisfecho].


En el Reino Unido, Nevermind debutó en listas dos puestos por debajo de Every good boy deserves fudge, el nuevo álbum de Mudhoney, que entró al 34 en la última semana de agosto. Nirvana habían teloneado a Mudhoney muchas veces, pero ésta fue la última vez en que sus excompañeros de sello en Sub Pop estarían por encima de ellos.

De acuerdo a una serie de criterios demostrables, Mudhoney eran mejor grupo que Nirvana. Mientras que los conciertos de Nirvana caminaban al borde del colapso (y a veces caían por el barranco), Mudhoney cumplían por sistema. Podían ser caóticos, pero parecía que siempre controlaban su caos. Con dos guitarristas –Mark Arm y Steve Turner–, pilotaban firmemente el barco de la distorsión, mientras que Nirvana ejemplificaban la magia de un power trio, pues apenas estaban en posesión de los suficientes elementos para llevar a cabo lo que trataban de hacer. El batería de Mudhoney, Dan Peters, era un intérprete hábil y polifacético, capaz tanto de aporrear como de llevar un ritmo con swing. Peters había sido brevemente miembro de Nirvana en el verano de 1990, pero fue reemplazado por la fuerza de acorazado de Dave Grohl. En Mark Arm, Mudhoney tenían a un líder carismático, dotado de la fuerza arrogante de una estrella de rock y se diría que nacido para cantar el blues del punk-rock. El sardónico Arm también se sentía cómodo vacilando al público, y en el bajista Matt Lukin Mudhoney encontraron a un tótem cómico inconmensurable, conocido por su capacidad para tocar el bajo mientras bebía cerveza y se bajaba los pantalones. 

Nirvana, sin embargo, poseían una intensidad que ninguna otra banda podía igualar, porque el punto de apoyo de esa energía era Kurt Cobain. Cada gramo de tristeza, dolor e ira que poseía se canalizaba a través de su forma de cantar y tocar. Era un espectáculo incómodo pero apasionante ver a este frágil joven a merced de sus tormentos internos. Parecía sobrevivir a base de un flujo constante de canciones bonitas sin ironía. Añádase a ello el, a veces desconcertante, acabado funky de Novoselic, más la precisa potencia que llegó con el reclutamiento de Grohl. La compulsiva atracción de Nirvana era evidente.

En septiembre de 1991 tanto Mudhoney como Nirvana tenían programadas giras separadas en EE UU. Los itinerarios coincidían a finales de octubre, con dos dobles carteles en el Fox Theatre de Portland y en Halloween, en el Paramount Theatre de Seattle. Desde el principio de la gira, ya fuera por la radio o en cada club en el que tocaban, Mudhoney fueron conscientes de la paulatina omnipresencia de Smells like teen spirit. Pero Nirvana estaban tan impactados como el resto cuando supieron, al llegar a Portland, que Nevermind había llegado al oro, es decir, 500.000 ejemplares vendidos. Estaban sorprendidos porque sus circunstancias personales no habían cambiado: seguían sin un duro. Y, especialmente, en EE UU, la reacción del público rápidamente había llegado a un punto mucho más lejano de lo que nunca habían experimentado. El reconocimiento físico de lo que estaban haciendo significaba, para ellos, más que cualquier estadística de ventas o de temas radiados.

Inevitablemente, Nirvana encabezaron ambos conciertos.“Estaban más emocionados que horrorizados con lo que estaba ocurriendo”, recuerda Mark Kates, de Geffen. “No hubieran firmado por Geffen si no desearan el éxito. Con el tiempo, especialmente Kurt tomó un punto de vista revisionista sobre todo esto. No es que no quisiera tener éxito, pero cuando alguien se da cuenta de que ha perdido completamente el control, se agobia. Sin embargo, de verdad creo que en su momento encontraron la manera de tomárselo con humor y disfrutar”, añade Kates.

Seis días antes de la actuación de Halloween en Seattle, Kurt y Krist aparecieron en el programa nocturno televisivo de MTV Headbanger’s Ball, donde fueron entrevistados por el presentador Ricki Rachtman, paradigma del tiarrón con abultada melena que poco después iba a sufrir una crisis estética por el impacto de Nirvana en el universo del rock duro. Cobain llevaba un vestido amarillo y no dijo mucho, mientras que Novoselic sostuvo valientemente el punto de vista del grupo.

Rachtman: “Me gustaría hablar sobre el nuevo álbum, que se llama Nevermind. ¿Es nuevo? ¿Lleva ya un tiempo en las tiendas y es ahora cuando la gente está empezando a pillarlo o es bastante nuevo?”

Novoselic: “Salió hace cosa de un mes”.

Rachtman: “¿Cuál creéis que es la razón de que a la gente le haya gustado Nirvana tan rápidamente?”.

Novoselic: “Hmmm…”.

Rachtman: “Porque es bastante salvaje”.

Novoselic: “Tenemos un gran carro, con un montón de caballos, caballos de muchos colores, que tiran de él y la gente se sube. Es como un viaje de ácido de Ken Kesey [personaje de la contracultura de los 60], y nosotros somos como los Merry Pranksters [grupo que acompañaba a Kesey]”.

Esta conversación dio comienzo a una sucesión de traviesas apariciones mediáticas que mostraron a Nirvana jugando con su creciente estatus como estrellas y divirtiéndose. El 8 de noviembre, aparecieron en el programa The Word del Channel 4 británico, conocido porque en él Cobain declaró que Courtney Love era “el mejor polvo del mundo”. Pero tan notable como eso fue la tensa interpretación de Smells like teen spirit, mostrando que el sonido tirante y combustible de Nirvana era perfecto para la televisión. De vuelta al Reino Unido, dos semanas después, aparecieron en el mítico programa Top of the Pops, desenmascarando de forma memorable el formato de playback del espacio: mientras Grohl y Novoselic rápidamente abandonaron cualquier pretensión de tocar sus instrumentos, Cobain (su voz era lo único en directo) cantó Smells… en un burlón registro grave en plan gótico que luego dijo era un homenaje a Morrissey. En el programa de Jonathan Ross hicieron Territorial pissings en lugar de la acordada Lithium.

Antes de que la era del multicanal y la banda ancha alterara irrevocablemente los comportamientos de la cultura de consumo, había una sensación de genuina expectación que convirtió estos episodios en auténticos eventos. Pero el mejor momento televisivo de Nirvana llegó con su irónica aparición en Rapido, de la BBC. Grabado el día del concierto en Sheffield el 28 de noviembre, comenzaba con el trío revelando sus sentimientos sobre el programa, presentado por el estimado charlatán francés Antoine de Caunes.

Cobain: “Estoy emocionado. Es uno de mis programas favoritos cuando venimos hasta el Reino Unido”.

Grohl: “No podemos dormir y es lo único que merece la pena ver”.

Novoselic: “Estamos viendo el billar y aparece Rapido y nos ponemos a saltar. ¡Venga, Rapido, Rapido!”.

Cobain: “Es mejor que el billar”…

Entre imágenes de fans llegando a la sala, la voz en off del programa describe acertadamente al grupo: “El único fenómeno realmente surgido de la calle de este año, han conseguido el estatus de estrellas sin que su compañía apenas haya gastado dinero en promoción, con su reputación transmitida de boca en oreja. La razón es su música”. De vuelta a la entrevista, Cobain estaba sentado en el suelo, tratando de definir su arte: “La palabra que más he visto en las definiciones que he leído es ‘libertad’. Así que nos gusta pensar en nuestra música como libertad musical”.

Luego, se mostraba al grupo interpretando Aneurysm. Viéndolo ahora, el reportaje de Rapido resumía perfectamente el ánimo de naif asombro que rodeaba a Nirvana en esos momentos. En medio del creciente caos de sus vidas, esos individuos estaban comprometidos con el grupo: ingeniosos, mordaces y sinceros. Acababa con un Kurt ya completamente horizontal declarando a Nirvana como parte de una misión para corregir una década de fechorías cometidas en nombre del rock. “Siempre ha habido grupos buenos y apasionados a lo largo de la historia del rock’n’roll, depende de los fans y la gente de la industria de la música asegurarse de que no se convierta en algo tan rancio y malo como lo que ha habido en los últimos diez años”, dijo Kurt. No tardarían mucho las demandas de esa misma industria en invadir sus vidas hasta un punto desastroso.

Para Cobain, en particular, siendo el compositor y el cantante, además del componente más frágil físicamente, esto le llevó a abstenerse de las situaciones en las que se sentía impotente, dejando a Grohl y Novoselic que se encargaran de la prensa, un reto al que se enfrentaron estoicamente. Habiendo visto cómo atravesaba con la mirada sin compasión a un empleado de la discográfica, es difícil imaginar a alguien menos dispuesto al ritual de apretones de manos y palmaditas en la espalda que Kurt Cobain. Pero era por su propia supervivencia por lo que en ciertas situaciones decidía mantenerse al margen en lugar de tomar el control. Agotado por meses de gira y un calendario promocional que le tenía de un lado para otro, simplemente se plantó y dijo: “Basta”.

El último tramo de la gira europea, del 9 al 14 de diciembre, fue cancelada, lo que significó que la última actuación fue en el festival Transmusicales de Rennes (Francia). Sin duda aliviados porque veían el final, el grupo subió el nivel, dando un extraordinario concierto que empezó con una estruendosa profanación de Baba O’Riley, de los Who, y acabó con Kurt saliendo del escenario en los brazos de Krist. En situaciones en las que se sentía cómodo con las personas o pensaba que había un respeto mutuo en términos de motivación, Cobain podía ser todo un encanto. Así, el 1 de diciembre, en medio de la vorágine, Cobain y Grohl hicieron un acústico para unas pocas docenas de alucinados espectadores en el Southern Bar de Edimburgo, a beneficio del hospital de niños de la ciudad.  “Al estar cerca de Nirvana no te dabas cuenta de la magnitud de lo que se habían convertido”, dice Anton Brooks, publicista de Nirvana. “Tratabas con las mismas personas y los mismos problemas. El grupo no había cambiado de repente. No se les subió nunca a la cabeza. Simplemente estaban un poco apabullados por todo”.

 

cobaingrohl_400_02

 Cobain y Grohl, pasando el rato.


-AUTOBÚS DE GIRA DE NIRVANA, DE CORK A DUBLÍN: 21 DE AGOSTO DE 1991

¿Qué es lo que más te importa del grupo?
Kurt: Nuestras canciones. Nos hacen felices. A ver: podría vivir sin ello. Me he construido suficientes defensas como para manejar cualquier situación. Así que si nos separáramos mañana me pondría muy triste, pero…  empezaría otro grupo o haría otra cosa. Todos tenemos amigos.

¿Se toma la gente el rock & roll muy en serio?
Kurt: Demasiado en serio. La gente tiene muchas expectativas puestas en el rock & roll. Esperan que  se pueda usar como una herramienta política, y no debería ser nada más que música de fondo.

¿Quieres decir que nunca le has dado mucha importancia? 
Kurt: Oh, la música ha cambiado mi vida de arriba a abajo. El punk-rock me hizo mucho más consciente de las cosas. Me recordó que todos tenemos una identidad. Cambió mi puta vida cuando lo escuché. Así que es algo muy importante. Pero [se ríe] se exagera todo mucho.

¿Puedes imaginarte qué habrías hecho si el rock te hubiera pasado de largo?
Kurt: Sería una persona más depresiva. Algo habría hecho. No habría acabado en un taller reparando coches, eso lo sé.

Hoy en día cuesta recordar cómo eran Nirvana en 1991, porque los Nirvana que ahora conocemos no es el grupo que conocimos entonces. Hoy Nirvana son el objeto de películas y libros serios, de programas académicos. Nirvana también son carnaza para un montón de tonterías: videojuegos, cómics, muñecos… y ropa. En el festival de Reading, Kurt Cobain se puso una camiseta de la revista Sounds que le di en mi visita del año anterior a Seattle. También les di camisetas a Krist Novoselic y Dan Peters, que se tomaron el gesto como lo que era –una pequeña broma– y nunca se las pusieron. Apañadas a toda prisa por el maquetador de la revista, no es que las camisetas fueran muy bonitas. Kurt, sin embargo, se mostró enormemente agradecido (quizás simplemente por sus apreturas económicas) y la llevó en público en varias ocasiones. Yo me tomé este pequeño gesto subversivo como solidaridad con una revista que había apoyado pronto a su grupo, y que fue ‘recompensada’ por su visión de futuro siendo cerrada en abril de 1991. El último número incluía una crítica del concierto de Nirvana en el Commodore Ballroom de Vancouver (Canadá), con una foto de Cobain con la camiseta. Nunca nadie había pensado que Sounds fuera algo molón. Pero ahora, como todo lo que Cobain avaló, incluso esa camiseta tiene su caché. Se fabricó una réplica en 2009, por la empresa Worn Free, en sus colores originales blanco y azul con manga corta. “Una camiseta exclusiva que llevó Kurt Cobain”, explica la tienda web T-Shirt Grill: “Incluye el logo de la revista musical de los 70, 80 y principios de los 90 Sounds, y constituye un hallazgo para los fans de Nirvana y Cobain”.

Esto resume el recorrido de Nirvana en toda su apabullante locura. Por supuesto, hay otros asuntos más significativos respecto al grupo, sobre todo en cuanto a lo relacionado con la vida y la muerte. Pero con Nevermind, tanto estética como comercialmente, Nirvana alteraron el sonido del rock ofreciendo a un público masivo algo que no era necesariamente radical pero sí auténticamente diferente. El conservador consumidor masivo se exponía a un subestrato de la cultura de EE UU que hundía sus raíces en la política de izquierdas y el feminismo, que rechazaba las estructuras de poder ortodoxas y sospechaba profundamente de las nociones convencionales del éxito. En su nivel más básico, grupos tan diversos como Bikini Kill y The Jesus Lizard podían llegar mucho más allá de su hábitat natural, gente conectada por una red subterránea de fanzines, emisoras de radio comunitarias y salas de conciertos: un estilo de vida genuinamente alternativo.

Este cambio podría haberse dado de todas formas, pero es dudoso que su impacto hubiera sido tan profundo. Como todas las insurrecciones, fue asimilado y comercializado casi en el momento en el que la botella fue descorchada. Pero en última instancia, la razón por la que a tanta gente aún le importan Nirvana es porque se trata de un sonido y una voz que le llega a millones de personas que se ven reflejados en ellos. Escuchándolo, aparece un sentimiento agridulce, igual que con el hecho de que Grohl y Krist Novoselic toquen juntos en el nuevo disco de los Foo Fighters. A 20 años vista, éste es su mundo ahora. Esperemos que eso es lo que él hubiera querido.


- AUTOBÚS DE GIRA DE NIRVANA, DE CORK A DUBLÍN: 21 DE AGOSTO DE 1991

Kurt: Le pregunté a mi hermanita de cuatro años: “¿Cuál es el mayor problema del mundo, Brianne?”. Me dijo: “La gente debe concentrarse más”. ¡Fue increíble! Va a hacer algo grande cuando crezca… y no será presidenta [se ríe]. Creo que negar que existe el monstruo del sistema es una pérdida de tiempo. Deberíamos usarlos, violarlos de la misma manera en que ellos nos violan a nosotros.

Fantástico, un mundo lleno de violadores…
Kurt: Por lo menos significa que estás luchando. No creo en lo de cerrarse a las diferentes opciones para hacer que tu propio mundo parezca más importante. [Una larga pausa, luego una sonrisa]. Creo que ‘empatía’ es una palabra muy bonita.

 

 

INFORMACIÓN RELACIONADA
DISCOS RELACIONADOS

Escribir comentario

Debes iniciar sesión para comentar en Rolling Stone

Si no tienes cuenta, puedes crearla en apenas unos segundos.

También puedes iniciar sesión mediante: