Lanzamiento: 24-08-2010
Género: Heavy metal
País: Reino Unido
Discografía: (Emi)
Iron Maiden es el sueño de cualquier compañía discográfica. La banda inglesa tiene una larga trayectoria (con éste son 15 álbumes de estudio publicados), no pasan eternidades entre disco y disco (rara vez más de tres años), viven ajenos a modas, dentro y fuera del mundo del heavy que les acuñó, y encima venden millones de discos –The final frontier se ha hecho con el uno en las listas de ventas de 21 países. Nada de terapeutas tratando de encender brasas donde no las hay (el propio Lars Ulrich, de Metallica, dice sentir vergüenza cuando ve Some kind of monster, el documental que refleja cómo su banda trata de reencontrarse con la ayuda de un terapeuta) ni tampoco de elaboradas campañas de márketing para convertir en fenómeno el lanzamiento de sus discos. Y, por encima de todo, mantienen el tipo, siempre con las mismas ropas tan imposiblemente horteras, tras 30 años de carrera desde su primer disco (la banda tardó cinco años en publicar su debut, Iron Maiden, de 1980). Unos currantes, vaya.
Pero que nadie se engañe: los años dorados de Iron Maiden hace tiempo que quedaron atrás. Los más puristas dirán que después de Piece of mind, de 1983 (último y cuarto de una serie de discos brillantes que reorientó el heavy metal a principios de los 80), la banda no ha hecho si no repetir una y otra vez los mismos patrones; mientras, los incondicionales tragarán hasta con los infumables trabajos (The X Factor y Virtual XI) que el grupo grabó con el flojucho Blaze Bailey, que sustituyó una temporada al vocalista Bruce Dickinson (en baja temporal por crisis de identidad), durante los enmohecidos años 90 de Maiden. Testigos directos cuentan haber visto recientemente a Blaze interpretando canciones de Iron Maiden en un karaoke en Alemania (no es broma).
Con las rencillas resueltas entre Steve Harris, bajista fundador y disciplinado organizador del grupo, y Bruce Dickinson, carismático cantante y el contrapunto irónico (además de piloto de aviones y escritor de cuentos), la banda recuperó el rumbo creativo. Y con la lucha de egos equilibrada, Iron Maiden lleva desde 2000 cuatro álbumes publicados (incluyendo el que nos ocupa), entre el bien alto y el notable por los pelos, en los que han revitalizado su fórmula, con constancia, solidez y escasos ingredientes nuevos. The final frontier ofrece pocas cambios, pero tiene la espontaneidad y el “me importante un pepino lo que piensen los demás” que dan los años.
Lo más inesperado del disco está en sus primeros cuatro minutos: una introducción con un bajo que no desentonaría en un disco de Muse (¡Harris con distorsión!), acompañado por guitarras y una batería casi de rock industrial, que dan paso a un tema que – tranquilidad, no se han vuelto modernos a estas alturas– arranca los acordes más rockeros de Iron Maiden. Después de 15 satellites… The final frontier se acabaron las sorpresas y el álbum se mueve en su lado más experimental, ese que explotó con Seventh son of a son, de 1988, su primer álbum plenamente conceptual (no en vano, Steve Harris es un degustador del rock progresivo de los 70, con Jethro Tull entre sus bandas favoritas). Entre largos desarrollos, teclados envolventes y cambios de ritmo inesperados, aparecen dos o tres canciones de estribillo con cuernos en alto, repartidas con cabeza para mantener el ritmo en el más largo de sus discos publicados (76 minutos y 35 segundos). El bajo galopante, la batería virtuosa pero no exhibicionista de Nicko McBrain y los solos virtuosos, siempre en el borde del precipicio de lo hortera, siguen ahí, y recuerdan que sólo los Maiden saben sonar como los Maiden; que, efectivamente, su fórmula es tan obvia y fácil de identificar como virtuosa y difícil de imitar (¿son los Dire Straits del heavy?). The final frontier suena potente y preciso; ofrece poco nuevo, también. La sensación de dejavú es inevitable.
El disco número 15 de Iron Maiden tiene varios momentos inspirados y que echan la vista atrás a diferentes etapas de su carera. The alchemist no palidece entre las canciones más aceleradas de sus últimos años (entendiendo como últimos de 1990 hasta hoy), como Be quick or be dead o Tailgunner. Isle of avalon recordará a los iniciados al desarrollo pausado de un tema favorito entre los acérrimos, Rime of the ancient mariner (canción de 1984 que, por cierto, debió llevar a Mogwai a hacer su Mogwai fear Satan, sospechosamente parecida y 13 años más joven). Y Starblind podría estar en los créditos del mencionado Seventh son of a seventh son. De todas las canciones, El Dorado, primer single, con los años casi seguro acabe siendo la única que rescaten del álbum en sus conciertos. Cosas de tener 15 álbumes de estudio. Por otro lado, hay momentos muy tediosos, como The man who would be king o When the wild wind blows: una canción de heavy sin estribillo es como un rapero que no dice tacos. Pues eso, aburrido.
¿Es entonces éste un disco prescindible? Sí y no. No hay eufemismo que valga: aquí no hay una canción, ni un fragmento siquiera, que se acerque remotamente a Run to the hills, The trooper o Number of the beast u otro de la decena de himnos que los del East End londinense han compuesto para el rock duro. Pero, ¿cuántos discos escucharíamos si sólo hubiese lugar para clásicos? Incluso uno de los tres guitarristas de la banda, Janick Gears, lo dijo recientemente en una entrevista para la BBC, al hablar de este trabajo: “Es muy difícil que lleguemos al gran nivel de Seventh son... o Number of the beast”. No es que el guitarra no tenga abuela: es que no tocó en aquellos álbumes.
El escéptico podrá decir que prefiere pinchar, una vez más, Number of the beast (1982) o Killers (1981), sus discos más inspirados; y el nostálgico que decida sumergirse en estas diez canciones, que rara vez bajan de los siete minutos, se verá moviendo sus cervicales, repitiendo y pasando canciones con su reproductor, para tras varias escuchas perderse de una canción a otra en su amplia discografía, en un momento de melancolía y reflexión: caray, por qué otros con mucho menos tienen más pedigrí entre los entendidos. ¿Y el no iniciado? Casi como le insinuaba un amigo enganchado a Perdidos a otro desconocedor de la materia: el que pruebe esto y le guste no es consciente de las horas de felicidad que le quedan por delante.
Este es el vídeo de El Dorado, el primer single de The final frontier:
Run to the hills, uno de los grandes clásicos de la banda:
Y la cara progresiva de Maiden, Seventh son of a seventh, la canción que dio título a su primer disco conceptual:
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