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Crítica: Bruce Springsteen, 'Wrecking ball'

Lanzamiento: 05-03-2012

Género: Pop, Rock

País: EE.UU.

Discografía: Columbia/Sony

Crítica: Bruce Springsteen, 'Wrecking ball', Columbia/Sony


Bruce Springsteen pasa el escáner a una nación destruida en el que es el álbum más turbulento de su carrera.

Brecking ball es el más desesperado, polémico, y musicalmente turbulento álbum que Bruce Springsteen ha hecho nunca. Se muestra enfadado y acusador en estas canciones, hasta el punto de quedar exhausto, con gran razón. La América de aquí es una tierra quemada: arrasada por los usureros, sufre una vergonzosa erosión de valores democráticos y caridad nacional. La rendición de la marcha de encadenados y el rugido de río pantanoso de Springsteen en Shackled and drawn; el cargamento de dobles significados de la balada This depression; el reproche que impulsa We take care of our own, una canción tan obviamente dedicada a los ideales abandonados y llena de reproches mutuos que ningún candidato se atrevería a tocarla: esto es una oscuridad que va mucho más lejos de los límites de la ciudad, al corazón de la república.

Springsteen ha estado aquí antes, muchas veces. De la vida de trabajador de su propio padre tomó la inspiración para los espíritus entumecidos de la cadena de montaje de Factory (1978). Pero los sueños desvanecidos que atormentan en The river y los ciclos de hambre y violencia en The ghost of Tom Joad siempre traían consigo algo de luz: una fe cabezona en el honor de América y nuestras mejores virtudes. Incluso The rising, la respuesta de Springsteen a la aplastante angustia y los retos morales del 11s, fue escrito y tocado para sanar y unificar, un equilibrio maestro entre el luto y la columna vertebral armada de guitarras de la E Street Band.
Death to my hometown es una alusión obvia a la maltrecha nostalgia de My hometown, del Born in the U.S.A. (1984). Pero incluso los escaparates vacíos de dicha canción han desaparecido; el lugar ha sido allanado. “No escuché ni un sonido/los merodeadores atacaron al anochecer/y trajeron la muerte a mi ciudad”, canta Springsteen, una acusación directa a la fría avaricia y la impotencia del Congreso. Y la convierte en una deliciosa venganza, con un robusto ritmo irlandés y pátina de nobleza guerrera: un sample de la grabación de 1959 de Alan Lomax de los Alabama Sacred Harp Singers. El efecto es el de una danza sobre cenizas con un recordatorio: en una lucha justa, la música todavía es buena munición. “Volverán, tan seguro como que sale el sol”, avisa Springsteen. “Consíguete una canción que cantar… Cántala fuerte y cántala bien/Envía a los magnates ladrones al infierno”. Es Woody Guthrie en la era de la ejecución hipotecaria con una nueva pegatina en su guitarra: esta máquina mata gigantes chupasangres.

Wrecking ball es el primer álbum de Springsteen con canciones nuevas sin el fuego disciplinado de la E Street Band al completo desde Devils & dust (2005). Es el primero, también, con un nuevo co-productor, Ron Aniello, cuyo bagaje, más orientado al pop, incluye un disco en solitario de 2007 de la mujer de Springsteen y vocalista de la E Street, Patti Scialfa. Springsteen le deja un par de solos protagonistas a Tom Morello, de Rage Against the Machine, incluido el cálido lamento que contrarresta el abatimiento de My depression. Pero en la mayoría de los casos, Springsteen y Aniello funcionan como un único combo: tocan la mayoría de instrumentos antes de meter las cuerdas, el acordeón folk, los metales repicantes y las voces de los coros.

El efecto es un frenético, convincente péndulo entre la intimidad y la exuberancia, entre la angustia y el subidón, que complementa los zig-zag emocionales y temperamentales en la composición. “La sangre en nuestras manos volverá a nosotros por duplicado”, se lamenta Springsteen en el himno para los sufridores Rocky grown, por encima de una tensión de hip-hop y coros de capilla. Bruce también está preparado para la pelea. “Venga, tira tu mejor tiro/Quiero ver de qué eres capaz”, se mofa Springsteen en Wrecking ball, una canción que estrenó en directo en 2009 como despedida al antiguo estadio de los Giants pero que reencuentra aquí su propósito como una batalla de voluntades (“Aférrate a tu furia/Y no caigas en tus miedos”) con munición de big band y chulería de Jersey. Estando en año electoral, Wrecking ball es un disco fuertemente político. La premisa básica es que el verdadero negocio de la política –el gobierno responsable, la gestión de las retribuciones compartidas– está roto, con mucha culpa que repartir. Puede ser una señal de cómo afrontar el difícil optimismo el hecho de que Springsteen se versione a sí mismo –reviviendo Land of hope and dreams, originalmente publicada en Live in New York City (2001)– para insistir que no todo está perdido. Es glorioso. Los nuevos arreglos suenan como Phil Spector en una iglesia con la ayuda de Curtis Mayfield. También hay una dosis de resurrección. El fallecido Clarence Clemons aparece al saxofón, una bella extensión de su vida con Springsteen.

Pero la canción nueva más adherente de en Wrecking ball es la que termina en la peor forma de frustración. En el abrumador gemido, acompañado de un piano de paso lento, que es Jack of all trades, Springsteen interpreta a un tipo de la nueva clase obrera, cualificada y a la deriva, sin beneficios, seguridad ni, al final, paciencia. “Si tuviera una pistola, encontraría a los bastardos y les dispararía sobre la marcha”, maldice entre las ráfagas ametrallantes de la guitarra de Morello. Porque no existe la empresa libre. Alguien, generalmente en lo más bajo de la cadena, paga por sus cotizaciones. Algún día, esa piedra puede exigir sangre como pago. 


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24.04.2013 | sin comentarios
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