LMFAO en Madrid: noches de garrafón, mañanas de resacón

La fiesta por la fiesta acarrea inevitablemente fatales consecuencias a la salida del sol.
Por - 17 de marzo de 2012
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Concierto: LMFAO (+ Far East Movement + Matthew Koma)

Fecha: 16 de marzo de 2012

Lugar: Palacio Vistalegre (Madrid)

Aforo: 10.000 personas (lleno)

 

Para LMFAO en la vida sólo importa la fiesta a muerte, a lo bestia, sin control, hasta el fin. Y al menos para ellos es una cuestión cuantitativa y en ningún caso cualitativa. Se trata de arrasar las barras de los garitos, desfalcar los monederos, ducharse en champán, consumir las suelas de las zapatillas, desafiar los límites de la resistencia humana, seducir a cualquiera y quemar las tarjetas de crédito. Eso en España, no nos engañemos, lo entendemos a la perfección, pero el éxito planetario de Laughing My Fucking Ass Off (algo así como “me parto el maldito culo de la risa”), indica a las claras que en tiempos inciertos el personal, mayoritariamente rondando la mayoría de edad, quiere disfrutar con la mente en blanco.

El gurú de todo este despiporre es Redfoo, uno de esos estrafalarios personajes icónicos de apariencia nada convencional y con pinta de pelocho con sobredosis de cafeína, con aspecto de ser la oveja negra y descarriada de los pitufos maquineros. En solitario en esta ocasión al frente de LMFAO, abandonado para esta gira por su sobrino SkyBlu, aquejado de severos problemas en su columna vertebral, él y su indudable carisma como canalizador de la energía fiestera se han bastado para conseguir que a nadie le falte de nada. Y que no se entere él de lo contrario. “¿Tú qué bebes? Ron. Pues toma whisky y tira, a bailar”.

Como suele suceder en este tipo de celebraciones, aún con la mente relajada uno sabe que la cosa no va a pasar de ahí, que no hay en realidad gran cosa detrás de tanto chupito, tanto botellón y tanto garrafón más o menos explícito, de tanto flirteo, de tanta foto grupal premeditadamente divertida para publicar en el Tuenti con la lengua fuera y poniendo morritos. Se trata por eso de apurar el instante, agarrar el momento, de rendirse a la fiesta sin pensar en las inevitables consecuencias, con la mayor dignidad posible. Aquí conviene hacer apología del desfase nocturno y el mañana es lo de menos porque, total, tal vez no exista.

En el Palacio Vistalegre, como casi siempre peleado con el sonido, por una noche más o menos avasallador, sonaron las composiciones más celebradas de sus dos álbumes, el exitoso Party rock (2009) y el increíblemente aún más exitoso Sorry for party rocking (2011), auténticos tratados ambos de pop electrónico para las masas del siglo que viene. Allí estaba medio Tuenti, predispuesto con pelucas, mallas, gafas sin cristales y lo que hiciera falta para celebrar temas como como Sorry for party rocking, Take it to the hole, Shots o One Day, que pusieron a un público escandalosamente adolescente predispuesto para un despegue que en realidad nunca llegó, aunque alto sonó. Predispuesto es poco, y eso de que nunca llegó es absolutamente discutible a la vista del parte de bajas al final de la batalla.

Todo ello con Redfoo, por cierto hijo del magnate musical Berry Gordy, fundador de la legendaria discográfica Tamla Motown (que cada uno saque sus conclusiones sobre el cambiante signo de los tiempos), absolutamente desaforado, como recién liberado de un insoportable cautiverio, cambiándose constantemente de ropa y sin parar de ejercer su papel de cachondo contra cualquier hostilidad. Bueno, en realidad lo tenía todo a su favor, pues esto no dejaba de ser como una sesión pasada de hora en una carpa festivalera con 10.000 acólitos dándolo todo a las seis de la mañana. La ilusión de cualquier pinchadiscos. La pesadilla de cualquier niño asiático extraño de las costumbres occidentales y propenso a la epilepsia.

Para entonces ya está claro que los matices dan igual a un público incansable que busca básicamente que le partan el pecho en dos y no le importa en exceso si es pregrabado o ejecutado en directo. A partir de esta premisa aceptada todo fluye con pasmosa naturalidad y suenan Champagne Showers, Party Rock Anthem y ese mega hit inconcebible para cualquiera con más de treinta años que es Sexy but I Know it. Ni que decir tiene que el tramo final con el grito de guerra del Seven Nation Army de los White Stripes canalizó una energía capaz de destruir Vistalegre entero desde los mismísimos cimientos, con sus tornillos, sus tuercas y sus seguratas volando por los aires, aferrados a imposibles.

El público, adolescente en un 85 por ciento, cumplió a la perfección con el ideario, sobrado de hedonismo peluca en mano o cabeza aún peluda a pesar de todo. Las ajustadas mallas de leopardo de algunos merecerían un capítulo aparte que en realidad no se van a llevar. Todos son verdaderamente complementos de una loca noche en la que todo estaba permitido excepto no disfrutar de ese instante que igual que viene se va. Superficial y volátil. Porque el público danza y salta con una vehemencia por una vez tan peligrosa como necesaria y reivindicable, todo ello a la vez.

Pero a pesar de que actualmente les avalen 11.253.071 fans en Facebook, 2.192.700 seguidores en Twitter, 948.839.782 reproducciones de sus videos oficiales en Youtube, 769.547 oyentes en LastFM y números uno en las listas de medio mundo, inevitablemente después de la fiesta nocturna siempre llega la mañana, el vacío, la soledad, el dolor de cabeza, los remordimientos, la culpabilidad, la taquicardia, la reflexión, el recuento de desperfectos y abolladuras. La nada, el vacío. Hasta que la rueda vuelva de nuevo a girar porque, total, pronto será otra vez viernes y el ser humano puede caer por culpa de la misma piedra no una, sino todas las veces que hagan falta. Y para tropezar tan buenos son LFMAO como cualquier otra posibilidad rocosa e interminablemente fiestera. 

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