Robin Pecknold en un momento del concierto de anoche en Madrid. (Foto: Ana Pérez)
Concierto: Fleet Foxes.
Lugar: Sala La Riviera (Madrid).
Fecha: 25/11/11.
Precio: 28 euros.
Asistencia: 2.500 personas (lleno).
Esta es la clase de crónica que el crítico detesta escribir. Cuando un concierto te parece brillante o terrible puedes teorizar sobre él con cierta pasión, si bien por motivos distintos; pero es mucho más difícil hacerlo de un espectáculo mediocre que solo te ha producido indiferencia. Y el cronista se encuentra en esa tesitura: intentando decir algo sobre un recital tan romo como el de Fleet Foxes anoche en Madrid.
El problema con este grupo es que su música no es comunal: está pensada para ser paladeada en la intimidad por amantes del indie-folk, de las armonías vocales e incluso del rock progresivo. Y también habrá a quien esas canciones le parezcan insoportables cantos de ballena o música para embarazadas de las que se cuelgan cascabeles al cuello para torturar al feto. Sea como sea, trasladar esas atmósferas sonoras al directo presenta un problema: la mansedumbre de los temas acaba por convertirlos en el hilo musical de las divagaciones mentales y las charlas ausentes de sus espectadores.
Y mira que estos eran anoche bienintencionados: guardaron un silencio reverencial desde el principio, chistaron a todo aquel que osaba romperlo y aguantaron con paciencia las pausas entre canción y canción. Abundaban las camisas de cuadros y las mejillas hirsutas, y la media de edad deambulaba por la treintena, por encima de la de los mismos músicos (mal asunto para aspirar a una carrera longeva). Algunos de esos espectadores quedaron embelesados por las melodías, pero también se podían observar caras de gente que ya estaban pensando en cómo cazar un taxi a la salida.
Se comprende. En el escenario había poco que contemplar, pues la mayor parte del tiempo los músicos permanecieron en la penumbra, sin ningún cañón frontal que nos mostrara si realmente eran ellos o unos sustitutos apañados (es un milagro, por ejemplo, que esta crónica tenga foto). Solo el cantante y líder de la banda, Robin Pecknold, gozó en algún momento del privilegio de los focos, el resto se limitaron a ser siluetas comparsas al pie de una pantalla con proyecciones psicodélicas. Y como esas siluetas no eran particularmente animadas, al cabo de un rato te preguntabas: “¿Para qué narices estoy mirando?”.
En cuanto a la música, la banda picoteó de su primer ep y de sus dos álbumes, interpretando el segundo, Helplessness blues, prácticamente íntegro. Daba un poco igual qué tocaran, porque las canciones no parecían ordenadas con ningún propósito dramático concreto: te gustara o no lo que estabas oyendo, ese era el estado de ánimo que ibas a mantener durante la exigua hora y media de concierto. Es complicado señalar un momento memorable que sobresaliera por encima del resto. La impresión era que todo se iba borrando sin dejar huella según sucedía. A medio concierto, súbitamente, este cronista recordó que ya había visto antes en directo a Fleet Foxes abriendo para Neil Young (algún promotor perverso quiso ver lazos entre los artistas. Quizá sí, si expurgas la rabia del sexagenario canadiense a la que no se acercan ni de lejos estos veinteañeros), y comprendí que ese es el destino que le espera a la comparecencia madrileña de los de Seattle en las mentes de muchos de sus espectadores: el olvido absoluto.
El sonido fue decente (para los cánones de La Riviera, se puede decir que incluso bueno), así que, quien quisiera apreciar la capacidad de Fleet Foxes para calcar los arreglos y las armonías de sus grabaciones, pudo hacerlo; en cambio, quien pensara que iba a sumarle a estas la energía propia de un directo, se llevaría un buen chasco. Impresión final: este sexteto comandado por un cantante vegano no puso toda la carne en el asador. Si tuvieron una noche poco inspirada o esa es la tónica general de sus recitales, con franqueza, espero no tener que averiguarlo.
Todo el mundo salió ayer encantado de la riviera, al menos mis amigos y yo. Ah, y tenemos 21, 22 y 24 años.
Los dos discos de fleet foxes de lo mejor de los últimos años. Si estabas esperando algo "cañero" vete a ver el canto del loco, GILIPOLLAS
Querida Rolling Stone: Estáis fatal.
Pues si es que ya se veía venir. Vaya par de discos más aburridos que tienen. No sé ni porqué los recomendaías. Más malos que Amaral.
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