Quique González rocanrolea con su guitarra acústica, anoche en Madrid. (Foto: Ana Pérez).
Concierto: Quique González.
Fecha: 10/02/11.
Lugar: Sala Florida Park (Madrid).
Precio: 25,50 euros.
Asistencia: 600 personas (lleno).
¡Qué hemos hecho los madrileños para merecer esto! Incluso Bunbury y Loquillo lo han dicho en las últimas semanas: en Madrid faltan salas de conciertos decentes. En esta tesitura, alguien tuvo la brillante idea de reciclar la vetusta sala de fiestas Florida Park, sita en el interior del Parque del Retiro, para albergar conciertos de pop-rock. En palabras del sabio refranero español: salimos de la sartén para caer en las brasas.
Supongo que, hace medio siglo, las palmeras artificiales, las lámparas de araña, las cuatro bolas de espejos y los neones a tutiplén serían “lo más”, para aquellos caballeros que acudieran a ver espectáculos de revista. Hoy en día tienen el efecto de una máquina del tiempo. El público treintañero de Quique González lo miraba todo anoche con genuino asombro y, a su vez, los encargados de sala los miraban a ellos como a jóvenes maleantes, con la desconfianza de quien no está acostumbrado a una clientela que baje de la tercera edad.
A la entrada del local, un empleado te cortaba literalmente el paso para pedirte que dejaras las prendas en el ropero (este acoso y derribo con afán recaudatorio funcionará de perlas con su público habitual). En algo tenía razón el hombre: valía la pena quitarse tanta ropa como fuera posible, porque en el interior de la sala se alcanzarían después temperaturas absurdamente altas. Nada que no pudiera combatirse, por otra parte, con los combinados a 10 euros que se servían en las barras. En vaso de vidrio, nada menos: ése con el que, si no eres particularmente hooligan, no sabes qué demonios hacer una vez que te has bebido la copa.
Para crear ambiente antes de la actuación se confabularon una niebla londinense generada a base de humo cracker, que te dejaba la garganta como si te la hubiera arañado un gatito, y una luz rojiza de puticlub: vamos, que no se veía un carajo. Los 600 espectadores se distribuyeron por la sala como buenamente pudieron, la mayoría sin tener en cuenta que el escenario se eleva apenas medio metro del suelo, por lo que resulta imposible atisbar algo más que las cabezas de los músicos cuando uno se sitúa a ras de pista.
Pintaba tan mal la cosa que fue un alivio descubrir en la primera canción, Suave es la noche, que el sonido y la luminotecnia eran ambos bastante correctos. Detrás de la banda brillaba un letrero luminoso, Daiquiri Blues, que ojalá hubiera sido la portada del disco (en lugar de esa foto nocturna en el desierto en la que Quique, espantosamente iluminado a contraluz, se da un aire al feo de los hermanos Calatrava en El ete y el oto). Cuatro de los cinco músicos, todos salvo el baterista Toni Jurado, lucían buenas barbas, unos escorados hacia el rock sureño y otros hacia Camarón. Ahí está la foto para que el lector deduzca a qué grupo pertenece Quique González.
El público, ya se ha dicho antes, andaba por la treintena y estaba equiparado en sexos; las excepciones a la baja, por la razón que fuera, eran sobre todo chicas. Aunque era el primero de los tres conciertos consecutivos en Madrid con los que Quique termina su gira Daiquiri Blues, también fue el último en poner a la venta sus entradas. Los fans más dedicados, por tanto, serán los que acudan al último concierto, el del sábado. Los de anoche tardaron un rato en entrar en calor, aunque hicieron clic de forma irreversible a la media hora con Vidas cruzadas, de la que aullaron el estribillo.
Hace un lustro no lo hubiera creído posible, pero Quique González se ha convertido en un estupendo maestro del escenario, seguro de sí mismo y proyectando su satisfacción por pisar una tarima. Además de somatizar las canciones, ahora también las interpreta. Se ha vuelto más conciso y divertido a la hora de presentarlas, nada que ver con los tiempos en que musitaba un parlamento ininteligible que exasperaba a su audiencia. Ha perdido la timidez de actuar como el líder de banda que es. Mirar a Quique González durante dos horas es mucho más divertido que antes, sencillamente porque ahora hay algo que mirar.
Es difícil saber si los músicos que le acompañan son los mejores que ha tenido, pero seguro que son los que mejor le encajan. Su historia con Toni Jurado es larga; con el guitarrista Mario Raya algo menos, pero su apellido forma parte del ADN de los primeros discos de Quique, y Mario hace honor a él. Con el bajista Jacob Reguilón no hay duda de que conecta bien, pues es el único que le acompañará en la gira acústica de teatros Desbandados, que comienza dentro de un mes. Julián Maeso, ex Sunday Drivers, redondea con sus teclas un sonido de enorme pegada. Los nuevos arreglos han logrado que canciones algo lánguidas en estudio como Deslumbrado o Bajo la lluvia ganen músculo rockero para esta gira.
En Salitre se coló una estrofa de Calles de Madrid, que nos supo agridulce porque significaba que esa noche no la oiríamos entera. Quique lo compensó en el primer bis con dos temas consecutivos de su primer disco, el más madrileño (dedicado entre otros a los Burning), Cuando éramos reyes e Y los conserjes de noche, ésta con un acelerón en su clímax, propulsado por una armónica muy al estilo Ramoncín. En De haberlo sabido introdujo las primeras líneas de El sitio de mi recreo de Antonio Vega, y en Pequeño rock and roll, las de Paloma de Calamaro. En ésta se sentó al piano hombro con hombro con Maeso, pero no bajó el pistón y llegó incluso a aporrear las teclas con el tacón de su bota: algo impensable en otros “chicos tristes y solitarios” con los que tanto se le ha comparado.
Tras una breve presentación del equipo técnico y de su manager Polako, Quique concluyó el concierto a las dos horas con La luna debajo del brazo, en un calco perfecto de su versión grabada. Los espectadores, aquellos que lograron atisbar el escenario o no se desmayaron antes por un golpe de calor, aplaudieron con ganas. Es buena señal que faltaran canciones (en apariencia) imprescindibles: significa que el repertorio de Quique González es ya tan abultado que un solo concierto no puede abarcarlo. Y ahora que el músico ha pegado un estirón sobre las tablas, apetece repetir. Pero no en Florida Park, por Dios.
http://www.fanzineradar.es/index.php?option=com_content&view=article&id=298:las-ultimas-gotas-de-un-daiquiri&catid=2:cronicas&Itemid=9 Una crónica del mismo concierto, lo de la sala no tiene nombre, le faltan animales enjaulados!
Yo lo vi perfectamente desde el lado derecho de la sala, al lado de la barra y se escuchaba perfectamente. Quique fue MUY GRANDE y la banda genial también, eche de menos alguna colaboración pero por lo demás fue un conciertazo. Y el florida park estará antigua pero es bonito ver el retiro y la vegetación desde la sala.
Yo vi a Quique en Avila, en un pequeño teatro y me quede con ganas de más. Estoy de acuerdo con que un solo concierto sabe a poco, seguramente acuda a alguno de sus conciertos de nueva gira. Grande Quique, que consiguió levantarnos hasta con las canciones más "languidas"
Cada día me gustan más las crónicas de Rolling Stone. Enhorabuena!
Estoy harto de las malas condiciones de las salas madrileñas. Por favor, que abran una decente. Por cierto: gran Quique.
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