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Nacho Vegas en Madrid: enrocado en lo previsible

El cantautor asturiano brinda a sus fieles un concierto prototípico suyo: énfasis en atmósferas y textos, y absoluto desinterés en la puesta en escena. Por Jorge Arenillas

Nacho Vegas en Madrid: enrocado en lo previsible Nacho Vegas, con su corte de pelo a lo Justin Bieber, anoche en la sala Joy Eslava. (Foto: Ana Pérez)

Concierto: Nacho Vegas.
Lugar: Joy Eslava (Madrid).
Fecha: 24/03/11.
Precio: 15 euros.
Asistencia: 900 personas (lleno).

¿Por qué está tan triste Nacho Vegas? No, en serio, pensemos en ello un instante: ¿por qué esa melancolía intrínseca a un individuo que se dedica a lo que le gusta, que vende discos cuando ya nadie lo hace, que toca tres días seguidos en la capital y que tiene la agenda llena hasta después del verano? Vale, debe escocer que Christina Rosenvinge te deje, pero hasta en eso ha llegado Nacho más lejos que el común de los mortales: él ha estado con Christina y tú no. Intentemos ver el vaso medio lleno.

Parece que Nacho tema que la felicidad le arruine la vida: que si un fotógrafo le pilla sonriendo, las musas y su público puedan llegar a darle la espalda. Algunos dicen que La zona sucia, su último disco, tiene más humor y menos pesadumbre; supongo que se refieren a los coros infantiles tipo Nena Daconte que acompañan los estribillos de un par de canciones porque, aparte de eso, yo no lo veo. La autocompasión y la fragilidad emocional siguen en primer plano, subrayadas por esa voz quebradiza y esa forma de arrastrar las palabras que te hace temer que, si ralentiza un poco más el tema, éste se para.

Así que Nacho Vegas, la persona, ha alcanzado un éxito notable gracias al malditismo que rodea a Nacho Vegas, el personaje. Con su talento como músico y, en especial, como letrista, ha sorteado hasta ahora la caricatura: pero si no empieza a mostrar otras facetas menos sombrías de su personalidad, acabará por desbordar su propio cubo. Nadie puede estar jodido veinticuatro horas al día, siete días por semana.

El problema con Nacho Vegas en directo es que sólo trabaja un estado de ánimo, y más te vale que sea el que tengas el día de su concierto a las nueve de la noche. Desoyendo el principio básico de que la música en directo se basa en la empatía, Nacho se encierra en su caparazón y se ensimisma con sus canciones; y éstas son como las lentejas, las tomas o las dejas.

Es probable que los 900 treintañeros que anoche llenaron Joy Eslava ya estuvieran advertidos, porque guardaron un silencio reverencial (y chistaron a quienes no lo compartían) desde la primera canción, y vitorearon con ganas al final de cada tema. Un público tan entregado rara vez le pone peros al espectáculo, así que anticipo comentarios ofendidos por la tibieza de esta crónica.

Mientras la gente buscaba su sitio en la sala, sonaba por el hilo musical Fernando Alfaro, compañero de sello discográfico y otro que no es precisamente la alegría de la fiesta. Al fondo del escenario, un telón reproducía la portada de La zona sucia, la preciosa pintura de Adolfo P. Suárez. A las nueve y diez se apagaban las luces y los músicos ocupaban su lugar sin prisas. Arrancaron con Cuando te canses de mí, una de las nueve canciones del último disco (de las diez que contiene: qué humillación para la excluida) interpretadas anoche.

Nacho, vestido con un elegante traje oscuro con pañuelo rojo en el bolsillo, lucía el pelo más corto que le hemos visto en años, aunque con un flequillazo sin nada que envidiar al de Justin Bieber. Aún así, en cuestiones capilares, no hay nadie en el universo Vegas capaz de rivalizar con el hiperbólico tupé del teclista Abraham Boba.

Al escribir estas líneas aún no sé qué imagen habrá elegido la fotógrafa ni a qué instante del concierto pertenecerá, pero me aventuro a describirla: un Nacho Vegas impertérrito, tocando su guitarra sin mucho ímpetu y con los labios pegados al micrófono. Esa estampa define los ciento diez minutos de recital. Y que conste que no lo digo con desdén: es una hazaña no mover ni un pie al ritmo de las melodías que tú mismo has compuesto (tampoco es moco de pavo que se te caiga la púa de las manos al rasgar las cuerdas de tu guitarra durante un medio tiempo como Maldición). Nacho Vegas sobre las tablas es como contemplar una esfinge. O la foto de una esfinge.

Los músicos se esfuerzan por no eclipsar a su líder, y quizá sea injusto medir su talento por lo que el cancionero de Nacho Vegas les permite mostrar de él. Salta a la vista que todos están deseosos de elevar un punto la intensidad de algunas canciones, pero es fácil que la voz de Nacho acabe por desaparecer en el estruendo: así que los arreglos navegan siempre en una monótona mesura. Anoche el sonido fue competente, bastante claro a pesar de algunos molestos acoples. La iluminación también fue correcta, pero tenue en exceso.

Nacho no se dirigió al público hasta la hora justa de concierto, para decir “buenas noches” y presentar a la banda. Entre tema y tema bebió cerveza, departió con sus compañeros y cambió de guitarra con una parsimonia exasperante. No hay que ser Bruce Springsteen para saber que el ritmo del espectáculo no depende sólo de las canciones, sino también de cómo administres los parones entre éstas. A Nacho, claramente, se la bufa lo que piense su público al respecto.

Con más de la mitad del repertorio consagrado a La zona sucia, no hubo demasiado hueco para los temas antiguos. Detener el tiempo y Dry Martini S.A. fueron las primeras en aparecer, y también de las más coreadas. Me he perdido fue seguida con atención desde el palco de invitados por Christina Rosenvinge, que hizo oídos sordos al listillo que voceó “¡olvídate de ella, Nacho!” al final de la canción. De las nuevas, Perplejidad y Lo que comen las brujas acusaron la falta de coros infantiles (se comprende: yo tampoco querría que mi hija de cinco años se fuera de gira con Nacho Vegas), aunque los treintañeros los suplieron con bastante tino y el volumen adecuado en la mezcla.

Cerraron con una atmosférica El mercado de Sonora, dotada de un intenso final (con el guitarrista Xel Pereda dejando caer su instrumento y arrancando los cables del ampli) poco representativo del concierto en sí. Nacho esbozó una sonrisa e hizo un amago de genuflexión por toda despedida, camino ya del camerino. Si quedaban esperanzas de un segundo bis, el telón y las luces de la sala las pulverizaron sin remedio a las once en punto de la noche.

El éxito actual de Nacho Vegas es, sobre todo, una recompensa a la excelencia de sus canciones, que nadie discute. En cualquier directo se espera que éstas vuelen aún más alto; pero Nacho, atenazado por el miedo a las alturas, sólo parece buscar un aterrizaje seguro. No hay por qué mentir: anoche hubo gente que gozó de lo lindo. Yo no fui uno de ellos. Un concierto de Nacho Vegas no me ofrece nada que sus discos no me den, ni es lo que yo espero de la música en vivo.

25.03.2011 | 30 comentarios
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Comentarios

San Francisco
07.12.2011 | 10:13
San Francisco

Nacho VEGAS es el único cantautor sociata con una mancha de mierda metafisica y filial repellada eternamente en la trasera de su pantalón.Por eso no se muevemucho,si lo hiciera su horrible boñigo se desprendería de su patalón .Cadavez NachO que le gustaría ser Dylan(y que duerme con el Blonde andd blonde debajo de su cama cada noche.Cda vez me recuerda más a Phil OCHS

Laura
06.05.2011 | 20:03
Laura

Quien se queda solo con la imagen de un hombre con el estado anímico por los suelos, es alguien con un sentido de la ironía nulo y que no ha entendido absolutamente nada de lo que ha escuchado.

vaya..
11.04.2011 | 15:00
vaya..

Crítica muy triste. Por lo que veo, hay gente que si el músico en cuestión no da saltitos por el escenario, no merece la pena en directo. Lo malo es que esa gente se dedique a ser crítico musical..

Michi Panero
31.03.2011 | 07:18
Michi Panero

"Nacho, vestido con un elegante traje oscuro con pañuelo rojo en el bolsillo, lucía el pelo más corto que le hemos visto en años, aunque con un flequillazo sin nada que envidiar al de Justin Bieber." Aquí he dejado de leer.

Ana
30.03.2011 | 22:41
Ana

Sinceramente, no me imagino a Vegas dando unos pasitos mientras canta. Sus letras, su música es para sentirla y esa noche creo que la inmensa mayoría disfrutamos muchísimo. Coincido con el comentario de Hablando de Marlén, impresionante. Hacía tiempo que quería oírla en directo y Nacho sabe cómo transmitir...

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