Si en un reconocimiento policial a uno le pidieran identificar a un sueco, José González no entraría en la quiniela, desde luego. Sus rasgos son claramente latinos: tez morena, nariz grande, ojos oscuros... Esos rasgos, enmarcados dentro de un pelo ensortijado y un oscura indumentaria compuesta por pantalones, camisa, zapatos y calcetines se convierten en casi arábicos.
Pero José González es, efectivamente, sueco. De Gotemburgo, para ser más exactos. Aunque ni su aspecto físico ni su forma de aproximarse a la música le permiten ocultar su herencia. Sus padres, argentinos, llegaron a tierras septentrionales en los años setenta huyendo de la dictadura de Videla y él creció en un barrio de inmigrantes donde como él mismo ha dicho, su apellido "no era ni mucho menos el más exótico". Anoche, como invitado de honor en los Días Nórdicos que se celebran hasta el día 28 de octubre en la Casa de América, González dejó muy claro que no es un ciudadano del norte al uso: ni rastro de los saltarines compases pop de grupos de la estela Cardigans, ni una pincelada de la ira rocanrolera de los Hellacopters, nada que ver con el rollo sibarita de tipos como King of Convenience (todos ellos muy dignos y reconocidos productos nórdicos).
Sentado en una silla blanca, con una guitarra española amplificada en su regazo y con una expresión corporal propia de un maestro gitano, González desgranó con cada canción esa propuesta suya tan peculiar en la que Ian Curtis y José Feliciano se dan la mano. ¿Los sonidos? Compases de la música tradicional criolla y la bossanova, giros flamencos, golpes sincopados del tango, acordes punk y recursos del folk norteamericano. Y todo ello sin él perder la pulcra compostura del cantautor independiente perfectamente occidental y domesticado.
En este íntimo concierto al que estaban invitados quinientas privilegiadas personas, la audiencia, también muy independiente y civilizada, recibía cada gesto de González con entusiasmo. "Ooohs" y "aaahs" de emoción y sorpresa se escuchaban cuando, tras afinar su guitarra (lo hacía en cada pausa) se arrancaba con temas favoritos como Crosses, Abram o Ciclying trivialities.
Aunque el repertorio de González no ha crecido desde hace tres años (en 2003 editó su primer disco, Veneer y en 2007 el segundo y último, In our nature) y no se podían esperar novedades, el público estaba encantado de poder ver tan de cerca a un músico que toca con todo su cuerpo -su poderosa voz es un instrumento más y sus pies son herramientas de percusión- y que convierte a la propia guitarra en una potente caja de ritmos. Él es el espectáculo.
El minimalismo del decorado (unos garabatos reproduciendo la forma de tres pinos sobre un fondo negro) competía con la austeridad formal del proyecto musical, al que sólo se añadió una discreta trompeta a mitad del recital. Este sueco tranquilo no necesita más para crear un ambiente sobrecogedor y telúrico, en el que los oídos no saben si se pierden en la profundidad de un bosque en el Círculo Polar Ártico o en Tierra del Fuego, en el Círculo Polar Antártico.
En cualquier caso, no deja de llamar la atención que este tipo de maneras monacales, con esa pinta de vivir alejado del mundanal ruido, haya alcanzado la fama mundial gracias a un anuncio de televisores Sony. En dicho anuncio funcionaba a modo de banda sonora su versión del Hearbeats de The Knife. Por supuesto, cuando llegó el momento de ejecutar ese tema, el público lo agradeció con vítores.
En los bises obsequió con dos caramelos: la emotiva Put your hand on your heart (cosecha propia) y su elegante deconstrucción de Teardrop, de Massive Attack. Tímido pero amable, se dirigió varias veces al público en español."Muchas gracias", decía con un inconfundible acento porteño para luego hablarle al técnico en perfecto sueco.
Con el recital casi tocando a su fin y todas las pieles muy justificadamente de gallina, una voz española se encargó de alzarse entre la oscuridad, para definir el sentimiento general de la noche: “¡Viva Pepe!”.
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