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El expediente Stone Roses y el caballero Noel Gallagher; historia y clase en el FIB

Ian Brown y su grupo cumplieron con un histórico pero demasiado correcto concierto en la tercera jornada del Festival Internacional de Benicàssim, que hoy recibe a David Guetta y The Vaccines. Por Lino Portela

El expediente Stone Roses y el caballero Noel Gallagher; historia y clase en el FIB Ian Brown, anoche en el FIB 2012.

Lo de los Stone Roses tiene algo de Expediente X: su leyenda como banda de culto imprescindible para entender el rock, sobre todo el brit pop, de los noventa supera con creces el poderío y la calidad de algunas de sus canciones. Las tiene buenas, sí, (muy buenas, diríamos) pero también es cierto que éstas son superadas por su trascendencia histórica como grupo. Con sólo dos discos (un debut imprescindible y un segundo disco decente) el grupo de Mánchester son una pieza clave para el rock. Con ese aura de leyendas vivas se presentaron ayer a la 1 de la madrugada sobre el escenario principal en la tercera jornada del FIB, 18 años después de su desastroso concierto que les llevó a la separación en el 96.

No defraudaron, pero tampoco brillaron más de lo necesario. De riguroso chándal Ian Brown, al que ya le asoman las canas, dirigió un concierto irregular del que se esperaba más. Suene ocurrir en estas deslumbrantes reuniones. Hubo momentos brillantes y otros simplemente correctos. Ellos son historia más por la influencia que sus canciones han ejercido sobre el público que por su ejecución. Y también que empezar con su gran himno I wanna be adore hace que tengas el partido ganado desde el minuto uno, por mucho que, a veces, sus largos desarrollos instrumentales psicodélicos resultasen pesados.   

Detallazo el de Ian al saludar en castellano (‘Hola, ‘gracias’, en lugar de ‘hello’ y ‘thanks’) ante un público mayoritariamente británico. Sin aspavientos ni más excesos de los necesarios (ya tuvieron bastante en el pasado) The Stone Roses cumplieron el expediente con canciones como (Song for my) Sugar Spun Sister, Waterfall, She bangs the drums y I am the resurrection. Pocas cosas nuevas tiene que aportar a estas alturas el grupo, pero es que ha aportado tanto en el pasado que ya tienen su sitio ganado en el Olimpo del rock.

Noel Gallagher vio toda la actuación de los Stone Roses desde el lateral del escenario con una sonrisa dibujada en su cara y cantando todas las canciones. Una hora antes había ofrecido un magnífico concierto, el más coreado de la noche. Este hombre, a sus 45 años, debería llevarse un premio al tipo que se hace mayor con más clase. Las canciones de su primer disco en solitario Noel Gallagher’s high flying bird funcionan en directo y él defiende su nuevo repertorio con gallardía y entereza, pero también es consciente que  hay un escalón, todavía insalvable, con sus temas de Oasis. Anoche tras cantar The death of you and me, Dream on y Everybody’s in the run, sus mejores canciones en solitario, hizo Whatever y Don’t look back in anger para convertir el FIB en un karaoke gigantesco. Dijo un ‘hasta luego’ en castellano y se marchó con los deberes hechos.

El gran contraste de la noche fue entre los veteranos Buzzcocks y la joven Jessie J. Los dos actuaron casi al mismo tiempo, pero esta última, (una de las sorpresas del festival junto a David Guetta) congregó más gente en el escenario (grande) Maravillas.

(La) Jessie es como una Miley Cyrus de extrarradio londinense. Su mérito es que ella compone, ella baila, ella actúa… No es un producto prefabricado, pero lo parece. A las 21.30 horas apareció con unas estridentes botas naranjas, camiseta rockera y una diadema de flores a lo princesa prometida. Su música tiene mucho de descompresión: gotitas de amor, celos y superación sin complejos.

No esperes intensas reflexiones en su música. Si es una canción alegre te hará bailar. Si es triste se te pueden saltar las lágrimas (a alguna inglesita le ocurrió ayer). Así de simple, así de difícil. Por mucho que Justin Timberlake la haya nombrado como “una de las mejores cantantes actuales”, ayer demostró que no lo es. Lo suyo es el rap electro mezclado con pop a lo Britney Spears, pero de segunda división.  Eso no le resta diversión a su propuesta y, muchos menos, provocación: anoche vimos lascivos tocamientos de pubis y felatios simuladas a su guitarrista. Su público, sin complejos, que no supera los 25 años, se quedó tan contento.  

Algo completamente distinto ofrecía al mismo tiempo The Buzzcocks en otro escenario. Los británicos son como esos hermanos de tu madre a los que le tienes cariño. Fueron la respuesta británica de los Ramones y su punk garajero gamberrote ha evolucionado poco. ¿Para qué? Precisamente de eso se trata: canciones directas, monolíticas y sin florituras. Y  aunque sus cuatro miembros estén más cerca de la edad de jubilación (el cantante Pete Shelley tiene 57) ofrecieron un sudoroso, enérgico y adelgazante concierto. Justo lo que se esperaba de ellos, así que todo bien. Ever fallen love, su gran éxito, sonó al final y dejó satisfecho al respetable.

Lo mismo que otro de los grupos destacados de ayer: el dúo canadiense Crystal Castles suplen con energía y salvajismo sus carencias musicales. Su punk electrónico es eso: punk incómodo, machacón, irreverente e incontrolable. Lo vimos ayer cuando la cantante Alice Glass se lanzó varias veces al público y surfeó sobre la masa. No lo podía evitar: regresaba al escenario, pero el cuerpo le pedía más y volvía a lanzarse.

Algo que, apostamos la vida, no hará esta noche David Guetta en el último día del festival, que como decíamos ayer, ha bajado sus cifras de asistencia, pero ha abierto su curioso espectro musical que puede deparar alegrías en el futuro. Hoy, antes de que el DJ y productor francés cierre esta edición podremos ver entre otros a La Casa Azul,  The Vaccines y New Order, o lo que queda de ellos.      

15.07.2012 | sin comentarios
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