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Eels y su lección de rock descarnado en Madrid

El músico estadounidense despliega su inimitable carisma dramático en un concierto que conmovió a los que llenaron La Riviera. Por Raquel Nicolás

Eels y su lección de rock descarnado en Madrid

Los barbudos Eels, tocando anoche en La Riviera. Mr. E es el del mono blanco.

Concierto: Eels.
Lugar: La Riviera (Madrid).
Fecha: 18/9/2010.
Asistentes: 2.800 (lleno).

¿Cómo es posible qué la biografía de Mark Oliver Everett (alias Mr. E), Cosas que los nietos deberían saber, un músico independiente de Virginia inventor del subgénero pop llamado dysfunctional americana se haya convertido en uno de los libros más vendidos de la temporada
en un país en el que la escena alternativa ha sido siempre un reducto minoritario de incomprendidos y testarudos? Al contemplar al autor del libro en cuestión sobre el escenario de La Riviera la respuesta a esta pregunta se presentaba ante uno luminosa y meridiana: el carisma de Mr. E, jefe de Eels, todo lo puede. 

Sería ingenuo pensar que la entrega y ternura con la que la audiencia arropó ayer  a Everett no tiene nada que ver con el hecho de que gran parte de los presentes habían  leído Cosas que los nietos deberían saber y conocían por tanto que este chiflado barbudo y fumador de puros, siendo un chaval se encontró a su padre muerto en el salón de casa, vivió poco después el suicidio de su hermana -adicta a las drogas duras y depresiva crónica- y más tarde tuvo que hacer frente a la muerte de su madre, enferma de cáncer.  

El concierto comenzó con las alegres notas de la canción oficial de Disney, When you wish upon a star, y  no resultó difícil comprender la ironía: a Eels siempre le ha encantado hacer chocar universos sonoros cándidos –propios de los dibujos infantiles clásicos- con la rudeza descarnada del rock.  Así que, cuando este tipo con maneras de genio loco se presentó ante la audiencia con una imagen a medio camino entre ZZ Top (larguísima barba) y La naranja mecánica (vestía un mono de trabajo de color blanco), fue  imposible no querer sumergirse de lleno en su mundo siniestro  y a la vez luminoso. Empezó con una parte semiacústica, acompañado de una steel guitar y dejando salir muy despacito su muy áspera (pero muy clara) voz. Quería hacer creer que aquello iba a ser un encuentro íntimo con el público: uno de esos recitales en los que el autor atormentado se sincera con una propuesta minimalista. 

Pero después de interpretar Grace Kelly blues, la formación al completo apareció en el escenario. Y con Prizefighter empezó la lección de rock. Haciendo también los demás músicos gala de pobladísimas barbas (la afición indie/leñadora está de enhorabuena: el pelo facial está aquí para quedarse), ocultos todos ellos tras gafas de sol  y vistiendo trajes de chaqueta, era inevitable pensar en  los Blues Brothers. 

Es curioso: los últimos discos de la banda (especialmente Tomorrow morning) acusan el amor incondicional de  Mr. E por los trucos electrónicos y los ruiditos sintéticos. Pero ayer, sin embargo, con batería, bajo y tres exultantes guitarras eléctricas (incluida la de Mr. E) los músicos  crearon un auténtico tifón eléctrico de la vieja escuela. La actitud de rockeros de honky tonk –ejecución precisa e impecable- redondeó esa sensación de estar frente a una banda poseída por el espíritu de los clásicos. El homenaje a John Sebastian, de The Lovin’ Spoonful, con una versión literal (y espléndida) de Summer in the city y la interpretación del Summertime de Gershwin, aunque con el mítico fraseo de Billy Stewart, dejaron claras estas intenciones.

Sonaron canciones de los nueve álbumes que Eels ha editado desde 1996. Algunas, fetiches del público más entendido, como My beloved monster. Otras, clásicos suyos, Dog faced boy. Pero haciendo honor a la tradición dylaniana, y de acuerdo con los gustos del propio Mark Everett (“nunca he comprendido por qué la gente que va a los conciertos quiere escuchar las canciones tal y como fueron grabadas en el disco. Si quieren escuchar el disco, que se lo pongan en casa”, dice), los grandes éxitos fueron deconstruídos y pasados por el tamiz de otros géneros musicales y canciones, hasta tal punto que eran irreconocibles. Así, el espíritu de Medley y Rusell se apoderó de las notas de Mr. E’s beautiful blues, que corrían sobre la estructura de Twist and shout. El público enloqueció, claro.

Cuando llegó el turno de I like birds, la base rítmica del My generation, de The Who, era el alma de la fiesta. La apoteosis se produjo cuando, presentando a los miembros de la banda, Everett le dio a su batería la oportunidad de jugar a ser Levon Helm (percusionista de The Band y uno de los ídolos de Mr E.): no muchos bateristas pueden sentarse frente a los tambores y cantar al mismo tiempo. 

Así que hay que admitirlo: quizá anoche, el público, conocedor de la terrible historia personal de Mr. E., llegó  predispuesto a empatizar con su drama. Pero anoche Mark Everett demostró que eso de que la música le salvó la vida no es sólo una pantomima de atormentado.

 

19.09.2010 | sin comentarios
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