Springsteen, el hombre que no envejece, durante su concierto en Sevilla. Foto: Gettyimages
Ahí fuera el mundo parece estar estallando en mil pedazos, convirtiéndose en lugar inhóspito, confuso, incómodo. De mal en peor, nadie es capaz de vislumbrar en el horizonte una tierra fértil de sueños y esperanza. En estas anda media humanidad cuando Bruce Springsteen se planta con su mensaje de lucha y optimismo en Europa, se planta en Sevilla para abrir nueva gira por el continente, y el cielo parece abrirse súbitamente. Tal vez sí haya alguna forma de escapar de aquí si todos creemos que es posible. Tal vez el rock pueda dar alguna respuesta después de todo.
Pasan unos pocos minutos de las nueve de la noche del domingo 13 de mayo y una masa de camisetas de Springsteen descoloridas por el paso del tiempo salta al unísono con el ritmo machacón de un Badlands coreado salvajemente por la parroquia y con el fallecido Clarence Clemons en el recuerdo. Camisetas gastadas, desteñidas y agujereadas, pero guardadas con mimo por sus legítimos propietarios a la espera del momento perfecto. Y el momento llegó y prosiguió con We take care of our own, la épica Wrecking ball y la saltarina The ties than bind.
El público siente una genuina adoración por Springsteen, algo que se aprecia desde el mismo instante en que sale a escena, y que va progresivamente a más durante la actuación. Hay pocos tipos a los que les quede mejor una guitarra en sus manos. Hay pocos tipos a los que les queden mejor los pantalones vaqueros. Que tenga 62 años no es impedimento para esto. Es una figura icónica del rock. Bruce nació para dedicarse exactamente a esto y el destino por una vez, sin que sirva de precedente, fue justo con alguien.
Death to my hometown, My city of ruins y Trapped calman ligeramente al personal, que literalmente se entrega a la mayor de las fiestas con el clásico Out in the street. Tiempo de nuevo para la reflexión momentánea con Jack of all trades, justo antes de una tanda de canciones ganadoras integrada por Candy’s room, She’s the one, Darlington county, Shackled and drawn, Waitin’ on a sunny day y The promised land. Fue en esta última cuando de nuevo se echó realmente en falta al fallecido Clarence Clemons, aunque su sobrino Jake, que ocupa su lugar por derecho por aquello de la sangre familiar, cumple bien.
Pero esto es una fiesta absoluta. Sencillamente no puede ser de otra manera. El maestro de ceremonias no permitiría que una sola de las cerca de 40.000 personas allí reunidas se fuera sin haber sentido, al menos durante un segundo, la esperanza del rocanrol. Todos disfrutan, pero uno se queda con la sensación de que quien mejor se lo pasa es precisamente quien se lleva todas las miradas. Tal vez ese y no otro sea el secreto de la eterna juventud.
Sigue la traca con Apollo medley, Becauste the night, The rising y Lonesome day. Todo coreado hasta la afonía por un público que muere por agarrar el momento y quedárselo para siempre en el corazón. Porque un concierto de Bruce es como cuando eres adolescente y la chica que te gusta te dice que quiere ser tu novia. La vida te sonríe y eres invencible. En estas reflexiones anda el personal cuando suenan We are alive y Land of hope and dreams, poniendo punto final a la primera parte del concierto después de más de dos horas.
Pero claro, hay más, hay todavía mucho más. Esta banda de sexagenarios ha vuelto a Europa para dar todo lo que lleva dentro, siempre magistralmente dirigidos por un Max Weimberg en la batería en plan Beckenbauer y perfectamente ensamblado después de cuatro décadas con el bajo de Garry Tallent. Ambos conforman una base rítmica inapelable e infalible, y sobre su trabajo fluyen todos los demás, mientras Springsteen se lleva todas las miradas y se dedica a pasear de aquí para allá por las largas pasarelas del escenario.
Un escenario espartano como pocos, lejos de grandes despliegues audiovisuales, algo raro tratándose de conciertos de estadio. Sencillamente es que todo está basado en la música, y la E Street Band, ampliada ahora con nuevos coristas y una sección de metales, sigue arrollando y siendo el mejor grupo de rock en grandes espacios, capaz de transmitir la sensación de estar en un club. Siguen sonando contundentes, tienen fuelle, saben dosificarse y se lo pasan tremendamente bien.
Rocky ground abre los bises tímidamente, pero después ya es un momento de máxima intensidad con la sucesión de I’m going down, Born to run, Dancing in the dark, Bobby Jean y el cierre con Tenth Avenue Freeze-out con homenaje expreso de músicos y público a Clemons. Han sido en total tres horas de épica callejera, rock & roll majestuoso, soul liberador, folk politizado de combate para afrontar tiempos oscuros e inciertos.
El rock es para disfrutar y ahí está Bruce, hecho carne para sus fieles, arengando, gritando, agitando a un público que en realidad no necesita que le animen demasiado, pues ya estaba desde primera hora de la tarde más que predispuesto. Si la animan en exceso la masa puede terminar tranquilamente arrojándose al Guadalquivir con ciega fe en que eso es exactamente lo correcto.
En el Estadio de La Cartuja hay hombretones talluditos, bien maduros, hechos y derechos, básicamente reencontrándose con ellos mismos, viendo su vida comprimida pasar ante sus ojos enrojecidos, que a duras penas pueden contener las lágrimas de sincera emoción, desesperados por agarrar el momento, desesperados por agarrarse a la vida. Porque para miles de personas aquí reunidas la vida es lo que pasa entre dos conciertos de Bruce Springsteen.
El público aguanta pero más de uno siente que se le enciende la lucecita de la reserva. “¡Arbitro, la hora, pita ya!” Si esto llega a alargarse un poquito más la lista de bajas habría sido aterradora. Y luego a ver quien es el guapo al que le toca ir casa por casa dando la mala noticia: “Parecía que todo estaba controlado, pero el rock pudo con él, señorita”. Por suerte eso no va a suceder y ahora el mundo es un lugar un poquito mejor. Gracias al rock. Gracias a Bruce.
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