Band of Horses durante su actuación en Madrid.
Concierto: Band of Horses.
Fecha: 08/02/2011.
Lugar: Sala Heineken (Madrid).
Precio: 23 euros.
Asistencia: 800 (lleno).
Tras la grabación del segundo disco de Band of Horses, Ben Bridwell, líder, vocalista y compositor, se dio cuenta de que se habían convertido en un grupo de éxito y pensó que si iban a estar largas temporadas de gira (como así fue) seguramente iba a echar de menos a su familia, así que decidió mudarse desde la gris ciudad donde la banda se había formado, Seattle, a su soleada tierra natal, Carolina del Sur, para sentir que de vez en cuando regresaba "a casa". Cuando uno escucha lo que Bridwell y sus chicos son capaces de hacer en vivo con sus voces y sus instrumentos, el sentimiento es precisamente ese de estar "en casa": en los confortables territorios del buen country-rock de toda la vida, aquel que tan impecablemente cantaron Crosby, Stills, Nash & Young. Referencias como esas son las que recorren la médula espinal de la banda, que explota al máximo sus raíces sureñas, pero que no renuncia en ningún momento a la herencia de la ciudad que les vio nacer, la grunge y muy gris Seattle. ¿El resultado? Desde el punto de vista sonoro, un rock genuinamente americano de ecos polvorientos pero recubierto con una capa guitarrera noise (por algo estos chicos sacaron sus dos primeros con Subpop). Desde el punto de vista estético, una panda de indies de manual, pero con botas camperas en los pies.
Bridwell, un híbrido perfecto de Robbie Robertson de The Band (en su actitud), Chris Robinson de Black Crowes (en esa barba y ese penetrante timbre de voz) y Stephen Malkmus (en ese rollo de príncipe guapo de la escena alternativa) es un arma de destrucción masiva de féminas. Los tatuajes se le enredan en los brazos y le suben por el cuello hasta colarse detrás de las orejas; la camiseta arratada y el pantalón de campaña de traje antiguo dejan ver su extrema delgadez; y las espesas y desordenadas barbas camuflan -pero no ocultan del todo- una expresión como de niño travieso que se acentúa cuando el chico empieza a hablar. "¡Eres Dios'", le gritaría alguien entre el público, más avanzado el concierto.
Cuando la banda salió sobre el escenario, sonaba en la megafonía Tenth Avenue freeze out, de Bruce Springsteen: signo evidente de que no tenían miedo a ponerse el listón alto, incluso sabiendo que la expectación era máxima, ya que llevaban tres años sin tocar en España.
El arranque del recital fue algo frío, pero de ello sólo se puede culpar a la propia sala, que se encargó de rebajar a un nivel de notable muy alto un concierto que en otro recinto con una acústica más adecuada habría sido matrícula de honor. Eso sí: el técnico de sonido consiguió mejorar el nivel acústico paulatinamente hasta alcanzar cotas verdaderamente épicas.
Canciones como Factory o Compliments sonaron apagadas. Con Marry song, una balada de hombre-leal-que-canta-a-su-hembra, la noche empezó a despegar. La forma en la que se ensamblaban las voces del teclista -y guitarrista- Ryan Monroe y el líder del grupo (y la complicidad entre ellos) trajeron a la sala a los espíritus de David Crosby y Stephen Stills.
Y un poco más tarde, con pildorazos de su último disco (Infinite arms) como Laredo o Northwest apartment y canciones de trabajos anteriores como Too soon o The great Salk Lake La Banda de Caballos hizo honor a su nombre: cabalgaron sobre guitarrazos que elevaron los corazones.
Las canciones de Band of Horses aúnan las mejores características del gran rock: acordes potentes, estructuras ascedentes y excelentes estribillos que permiten corear a la audiencia muchos “oh ohs” y “ah ahs”. Ponerse a medio camino entre el indie y el country rock y resultar creíble no es una tarea fácil. Pero el carisma de Bridwell, quien se dejó ver con guitarra, con pandereta y con pedal steel y no dejó de hacer alusiones directas al público -diciendo cositas alentadoras y agradeciendo la calurosa acogida- hicieron que todos los presentes nos creyésemos la película a pies juntillas. En unas ocasiones la balanza se inclinaba hacia el lado alternativo, por ejemplo cuando llegó el turno de Is there a ghost -el que en su día fue el primer gran éxito de la banda-, un himno épico que parece concebido específicamente para un anuncio de coches y que hace pensar en Roxy Music y en ¡Coldplay!, todo de golpe.
En otras ocasiones la vena vaquera se disparaba, por ejemplo cuando interpretaron Older. En los bises, el público, cuajado de ardillas (chicos con camisas de cuadros, gorras visera y gafas de pasta) se quedó sin aliento después de ver al líder de la banda y a su guitarrista, Tyler Ramsey (una impresionante torre de dos metros), cantando juntos y casi a capela, con una discreta guitarra acústica por todo acompañamiento. Fue en un prodigio vocal titulado Evening kitchen. Todas las miradas decían la misma cosa: "Mamá, de mayor quiero ser como los Band of Horses". Algunos nos conformaríamos simplemente con poder verlos de nuevo en una sala mejor.
Qué pena no haber estado, con lo intensos y épicos que son.
A mí también me encantaron. Evening kitchen lo podéis aquí: http://open.spotify.com/track/4mUpvS74rPpUdMqwgH9bUj
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