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Arcade Fire se consagra en el Monte do Gozo

Los canadienses, que cerraron su concierto con un apoteósico ‘Wake up’, se posicionan como el grupo del momento. Por Tito Lesende

Arcade Fire se consagra en el Monte do Gozo

Festival: MTV Galicia.
Lugar:
Santiago de Compostela (A Coruña).
Día:
5 de septiembre de 2010.
Cartel:
Arcade Fire, Echo & The Bunnymen, The Temper Trap, Cornelius 1960 y Eme DJ.
Precio de la entrada:
gratis.
Asistencia:
15.000 espectadores (60% del aforo).

Arcade es un pueblo gallego a medio camino entre Pontevedra y Vigo. Viven allí poco más de 3.000 habitantes que tienen el orgullo de montar, una vez al año, su popular fiesta de la ostra. Unas 25.000 personas se acercan durante ese fin de semana de abril a degustar el preciado molusco; el mismo número de fieles que se esperaba acudiesen a presenciar el MTV Galicia. Dígase pronto: el poder de convocatoria de Arcade (el pueblo) parece superar, por el momento, al interés generado en Galicia por Arcade Fire, una de las bandas más en forma del espectro pop internacional. En su participación en el festival, celebrado en el Monte do Gozo compostelano, Win Butler y compañía ofrecieron un recital compacto, diverso y entregadísimo ante una concurrencia que, a pesar de la gratuidad del evento, apenas rebasó el 60% del aforo total.

“Yo tengo colegas de A Coruña e incluso de Santiago que no vinieron”, dice Pablo (35 años); “al no tener la entrada asegurada, no se arriesgaron a subir”. Pablo luce camiseta de Robert de Niro en Taxi driver y confiesa que él mismo se lo pensó antes de coger el coche rumbo a la capital gallega: “Es que, venir hasta aquí para hacer cola y luego quedarte sin ver nada… Podía ser un palo”. Comprensible: al concierto se entraba por la patilla, pero sin invitación previa; se había anunciado que pasarían los 25.000 primeros y ni uno más. Los hoteles fueron los primeros en notar el renuncio: en los días previos, el flujo de reservas en la ciudad era discreto. Sin garantía de acceso, los fans de Arcade Fire (bueno, y de los otros grupos del festival) de fuera de Santiago de Compostela y, sobre todo, de fuera de Galicia, no se animaron en masa.

Así las cosas, el público fue llegando al recinto de manera escalonada y, contra lo que muchos imaginaban, sin mayores apreturas para entrar en tono con Eme DJ y el primer grupo de la tarde, Cornelius 1960, una de las puntas de lanza del actual rock gallego. El sexteto ofreció apenas un aperitivo de su repertorio, que cruza influencias de sabor añejo, guitarrero y soulero con guiños a Jamiroquai y otros clásicos de finales del siglo pasado. Como aporte vitamínico extra, añadieron versión del Inmigrant song de Led Zeppelin.

Tras su paso por el FIB, The Temper Trap tomó el escenario a continuación para presentar a la audiencia gallega su debut, Conditions. Lastrado por problemas de balance en sus monitores y un sonido estridente, el grupo puso más intención que argumentos, recurriendo a menudo a esquemas rítmicos ochenteros que, por cierto, siguieron presentes con intermitencia a lo largo de toda la jornada. Lo mejor, la voluntariosa actuación del bajista Jonathon Aherne; no busques en él sutileza o arreglos imaginativos pero, ataviado con camisa blanca a topos y gorro casi tirolés, levanta a su peña.

Antes de la salida de Echo & The Bunnymen, la policía contabilizó la entrada al auditorio de casi 9.000 festivaleros. Se distinguen camisetas de Parchís (sí, el grupo infantil de los años 70), El Fary y otras menos sorprendentes que no merecen mención. Se acerca una chica, portando vaso de cerveza y sin identificarse: “Dios bendiga la música y el amor”. Y se va. Quizá ese es el espíritu del Xacobeo, que patrocina el evento. Para entonces, Ian McCulloch y los suyos ya han comenzado a atronar y hacen su recuerdo a los Doors. “Lo que pasa con Echo & The Bunnymen es que no sorprenden: llevan años ofreciendo lo mismo”, dice un reconocido crítico musical desde la ladera del Monte do Gozo.

En los momentos previos a la salida de Arcade Fire, el avituallamiento se vuelve imposible. Se han terminado los bocatas (ha triunfado el preparado de “tortilla rústica”, que llega de Navarra en cajas para ser degustado precisamente en Galicia, patria de la patata) y sólo quedan, en todo el recinto, perritos calientes. Habrá que aguantarse: son las diez y aparecen los canadienses. El comienzo de Arcade Fire es en tromba, con dos de las piezas más cañeras de su reciente The suburbs: Ready to start y el blues salvaje y disfrazado Month of May; esta última, probablemente, la pieza más directa de su repertorio. Sobre el escenario, un colectivo de ocho músicos, entrega y venas hinchadas. De fondo, una pantalla gigante ofrece planos cortos y dispara destellos de luces. Esto no es, digamos, el montaje de Muse, pero funciona.

El octeto se mueve y permutan instrumentos; se arengan y percibes la sinergia. Siguen Neighbourhood nº2 (Laika), No cars go y Haïti, estupendamente defendida por Régine Chassagne y muy bailada en el foso. Momento de reflexión: hace unos años nos hubiese parecido impensable que una propuesta de las características de Arcade Fire pudiese tener un impacto serio en las listas de ventas en España. Ni mucho menos mover de esta manera a varios miles de personas. No es un grupo inmediato; no es precisamente Maná o… Bueno, tú ya me entiendes. Sin embargo, esta noche todos nos sorprendemos porque el aforo no pasa de las 15.000 personas y existe la sospecha generalizada de que, si se hubiesen vendido entradas, la banda habría tocado para un público más numeroso.

Otra gran paradoja tiene que ver con el concepto mismo de The suburbs, el flamante tercer disco de Arcade Fire; un repertorio conceptual y desencantado que se refiere a esas páginas que pasamos, a esas expectativas sólo parcialmente cumplidas, a los logros que no saben como habíamos imaginado. ¿Hay, acaso, postura más viejuna que la mirada romántica a lo que dejamos atrás? Pero, he aquí la paradoja: mientras cantan a la emoción perdida, Win Butler y sus amigos despiertan emociones nuevas en la multitud. También pasa en Santiago de Compostela cuando el grupo encadena el compás cortado y adictivo de Modern man con una sentida interpretación de Rococo y estalla en The suburbs (con Win perfecto al piano), todas ellas contenidas en ese último disco, al que reservan buena parte de su tiempo esta noche. Una pega: no luce la pareja de violines. Aunque el sonido es compensado, hay cosas que se quedan abajo en la mezcla y sólo saldrán a flote en la segunda mitad del concierto.

A estas alturas, el flequillo del líder lleva rato adherido con sudor a su frente. También hay flequillos desiguales entre el público. Para lucirlos, uno ha de tener carisma o, de lo contrario, terminará recordando al entrañable George McFly (Crispin Glover en Regreso al futuro). No es el caso de Win, que hoy lleva botas de ante de media caña sobre pantalón ajustado negro y te lo tragarías si te dijesen que es un baloncestista serbio. Lanza un guiño a los peregrinos que viajan a Santiago y les dedica Intervention, a la que siguen Crown of love y Neighbourhood nº1 (Tunnels). Dice que está a gusto en España y eso son buenas noticias, porque en noviembre volverá para ofrecer sendas actuaciones en Madrid (día 20) y Barcelona (día 21), tras una breve gira americana.

En uno de los puntos álgidos del espectáculo, Régine interpreta Sprawl II (Mountains beyond mountains), ese impacto de electropop que podría bailar tu cuñada si, en lugar de imaginártela cantada por Blondie, se te viene a la cabeza Abba. Porque la melodía es lo suficientemente versátil. Win da palmas y arenga al personal subido a un amplificador; la chica se gusta, baila y hace volar su vestido de fiesta hasta mostrar el final de sus medias blancas. Se proyectan en la pantalla esas postales que ya no escribimos y suena We used to wait, con Butler encarando al público micro en mano, sin nada más, un metro por delante de sus monitores. Como Brett Anderson, pero bien alimentado.

Antes de los bises, Rebellion (Lies) es una de las piezas más celebradas. Win se baja a mezclarse con la afición. En el escenario lo dan todo. Tras el respiro, Régine sale con una zanfona y Win dice haber visto ese instrumento en la “iglesia” esa misma tarde. Con “iglesia” se refiere a la Catedral de Santiago. Tocan Keep the car running y despiden con la esperada dosis de rock de estadio: Wake up. Apoteosis coral y brazos en alto en el estribillo. Toda la banda tocando al frente, excepto el batería. Lanzan al foso panderetas, púas, hojas de repertorio… Se van.

Lo que hemos visto, el festival MTV Galicia, será emitido por la cadena americana en 40 países. Los telespectadores se felicitarán por la oportunidad de gozar con una de las bandas más importantes del momento, en su salsa. En el Monte do Gozo, casi la misma sensación, sólo que… Aun obviando las dificultades del sonido, el ambiente hubiese sido otro con el aforo lleno, claro.

 

06.09.2010 | 1 comentario
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Comentarios

Thereshegoes
06.09.2010 | 10:56

Pfff se me pone los pelos de punta! Que ganas de que llegue noviembre!! Buena critica señores.

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