Win Butler con su inefable corte de pelo, anoche en el Palacio de Deportes de Madrid. (Foto: Ana Pérez)
Concierto: Arcade Fire.
Lugar: Palacio de Deportes (Madrid).
Fecha: 20/11/2010.
Precio: 40,50 euros.
Asistencia: 15.000 personas (llenísimo).
Segundo llenazo consecutivo en el Palacio de Deportes tras el concierto del viernes de Shakira, aunque la expectación no era ciertamente la misma: la colombiana ya había actuado en Madrid en junio, mientras que los canadienses Arcade Fire llevaban sin hacerlo desde julio de 2007, en el extinto festival Summercase. La plaza de Felipe II y sus calles adyacentes estaban tomadas por jóvenes con paso nervioso, impacientes por canjear su ticket por una hora y media de felicidad plena.
Todo el Palacio era anoche de entrada general, ya fuera pista o grada. La gente pululaba alterada de una puerta a otra, en busca de la mejor visibilidad posible. Sin asiento numerado, tampoco había acomodadores ni control en los accesos, por lo que la zona de prensa se vio pronto invadida y desbordada. Ante la tesitura de permanecer allí sentado en los escalones, un servidor prefirió subir hasta lo alto del segundo piso, desde donde se podía apreciar que las paredes del Palacio estaban a punto de reventar por la presión que ejercían las miles de personas en pista. Los mochila-men, distinguibles por sus luces rojas en lo alto de sus barriles de cerveza, no se aventuraban a entrar en la masa compacta por temor a no salir vivos de allí.
Las luces se apagaron con veinte minutos de retraso, a las diez menos diez, quizá para permitir que la gente encontrara su hueco entre el caos. La tropa de músicos que forman Arcade Fire atacaron la apropiada Ready to start, y la explosión de entusiasmo colectivo hizo volar por los aires la pequeña libreta de este redactor. Ésa es la razón fundamental por la que esta crónica versará más sobre las sensaciones que sobre los detalles concretos.
Y allí, en las alturas del Palacio, la sensación era la de sentirse estafado. El sonido resultaba cacofónico hasta el punto de hacer ininteligible la canción, algo parecido a escuchar el concierto a través de las paredes del pabellón. Sentí vergüenza por la gente que tenía a mi alrededor, pues yo, al fin y al cabo, no había pagado nada; pero ellos habían desembolsado 40 euros por escuchar aquella (digámoslo claro) mierda. Mucha gente consideró aquello intolerable y se aventuró a bajar a la superpoblada pista. Yo les seguí. En el foso, gracias a Dios, las melodías se distinguían. Tras recorrer el pabellón de arriba abajo, mi conclusión es ésta: el sonido en el Palacio de Deportes de Madrid es excelente en la primera grada, aceptable en pista y criminal en grada alta.
Cuento mi peripecia porque fue parecida a la de muchos anoche, que tardaron un tercio del concierto en encontrar su sitio. Aún con todo este trajín, pude presenciar la incendiaria reacción que despertó No cars go, con toda la pista botando al unísono. El público en las gradas, por su parte, permaneció en pie desde la primera nota del concierto.
El telón detrás de la banda reproduce unas autopistas elevadas, mientras la única pantalla está incrustada en un panel señalizador de carretera. Las proyecciones que la salpican y el juego de luces en sí mantienen el interés sobre el escenario, aunque se sigan echando en falta primeros planos de los músicos tocando. Lo cierto es que los Arcade Fire sobre el escenario son tan animosos como los Fraguel (una lección para tantos grupos de indie-rock a los que alguien parece haber clavado los pies al suelo), y está bien que así sea, porque no hay una estrella con mayúsculas en esta banda que capte toda la atención. De acuerdo, Win Butler es digno de mirar con esas pintas y ese corte de pelo atroz, pero no refulge como una luminaria del calibre del denostado Bon Jovi. Los canadienses son un grupo y reparten democráticamente su interés.
Keep the car running y We used to wait consecutivas, a la hora justa del comienzo, fue otro instante de temblor de masas, con rugidos por doquier. La segunda de ellas fue de las mejor recibidas del último disco, The suburbs, que copó gran parte del concierto. Arcade Fire han completado en cinco años el ciclo que a otros grupos les lleva el doble de tiempo (tal vez por lo aclamado que fue su primer trabajo, Funeral), y ya salta a la vista que su audiencia distingue entre “clásicos” y “temas nuevos”. El entusiasmo que despiertan las canciones de Funeral es más propio de himnos con décadas en el subconsciente colectivo.
La primera despedida llegó pronto, a los ochenta minutos. Sumando un bis con dos canciones se llegaría a la hora y media de rigor, que ya parece norma en los grupos jóvenes (The Killers, Franz Ferdinand, Arctic Monkeys, Interpol), pero que quizá sepa a poco a sus fans (los de la primera fila llevaban allí desde las tres de la tarde). Claro que es imposible que te pongan peros cuando zanjas el espectáculo con Wake up, esa marcha para el alzamiento indie que electriza hasta al más escéptico de los espectadores.
El tercer disco de Arcade Fire ha provocado división de opiniones, y no hay duda de que algunos les tienen ganas; pero sus directos siguen siendo avasalladores y emocionantes, con un sentido de la épica que aún no roza la sobreactuación de Coldplay o U2. Win Butler ya ha advertido que la banda durará lo que dure su matrimonio con Régine Chassagne, también integrante del grupo, así que recemos porque el amor prevalezca. Su público lo agradecerá.
La palabra es: CONCIERTAKO. Una de las mejores bandas de la actualidad. Lo han demostrado en este increible directo en el que no sólo nos mostraron sus grandes dotes interpretativas y musicales, intercambiándose los instrumentos entre ellos y tocándo con gran habilidad, si no que además tuvieron al público eufórico durante todo el concierto. SOBRESALIENTE
"Four Quarks: Buen rock en Inglés tocado por cuatro jóvenes madrileños" en www.itthings.net/?p=180
Uno de los conciertos del año, al que no pudo veer lo bien o escuchar lo que este atento a proximas fechas cercanas por que es una banda que hay que ver. Saludos
El mejor concierto de mi vida. ¡Fue genial! Y mira que a mí el disco no me parecía de 10 precisamente… Buena crónica.
Y los violines no se oyeron nada. ¿Para qué los llevaron?
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