Sting, tan impecable al comienzo como al final, en su concierto de Madrid. (Foto: Ana Pérez)
Concierto: Sting.
Fecha: 30/10/10.
Lugar: Palacio de Deportes (Madrid).
Precio: de 53 a 142,50 euros.
Asistencia: 10.000 personas (lleno).
Empecemos por lo frívolo y guardemos la música para después: Sting es el epítome de la hombría. O incluso de la superhombría, pues si fuera un personaje de ficción no sería Don Draper, sino Superman. Nos reíamos del yoga cuando nos lo vendía Nacho Cano, pero en este inglés de 59 años recién cumplidos ha obrado milagros. Salvo por algunas delatoras arrugas en el cuello, uno imagina que debajo de esa camisa se esconde un cuerpo tan trabajado como el de Willie, el bedel del colegio de Bart Simpson. Por ser más conciso, y parafraseando a la fotógrafa de este artículo: “¡Está buenísimo!”.
Y aparte de estar en plena forma (comprendemos a Stewart Copeland cuando afirmaba: “Nunca llegamos a las manos porque Sting estaba demasiado cachas”), el cantante hace gala de una seguridad en sí mismo que intimida. Quizá sea porque, al contrario que tantas otras estrellas musicales, Sting no suda. Esto es un hecho: anoche, después de 2 horas y 45 minutos de concierto, no había ni una perla en su frente, ni su camisa de seda gris mostraba el menor rodal. Y no fue porque no se moviera. Inquietante…
Para ver este milagro se reunieron en Madrid unas 10.000 personas, rozando el lleno en el Palacio de Deportes, dado que en pista también había sillas. Los precios, como siempre últimamente, disparatados: el asiento en las primeras filas costaba 142,50 euros aunque, si así lo deseabas, podía multiplicarse por dos gracias al cocktail previo para los poseedores del Golden Ticket. Y sí, hay gente dispuesta a pagar casi 300 euros por ver un concierto.
A las diez menos veinte se apagaron las luces del Palacio y los remolones corrieron a sus sitios. Los encargados de seguridad al pie del escenario parecían niños castigados, sentados en sillas enfrentadas a la primera fila del público (me pregunto qué harán durante todo el concierto para fingir que no miran a la persona que tienen justo delante). Sorprende que los seguratas resistieran la tentación de girarse, porque la Royal Philharmonic Concert Orchestra apabulló desde la primera nota, ayudada por un sonido y una amplificación impecables.
Hace poco pudimos ver a Peter Gabriel con una presentación sinfónica similar de su repertorio (propio y ajeno) pero, a diferencia de aquel, Sting ha buscado la opulencia antes que la sutileza, y en directo funciona diez veces mejor. No ha caído en el error de desterrar la base rítmica del rock (con dos bateristas, nada menos), aparte de imaginar unos arreglos más cinematográficos que clásicos.
Así, Every little thing she does is magic suena al Elmer Bernstein de westerns como Los siete magníficos; Moon over Bourbon Street tiene aires de las bandas sonoras de Danny Elfman para Tim Burton; Tomorrow we´ll see podría haberla compuesto John Barry para una película de James Bond de los sesenta; Sting sopla su armónica muy a lo Ennio Morricone al inicio de I hung my head, y la sombra de John Williams sobrevuela varios pasajes instrumentales del concierto.
El uso del tiempo presente en el párrafo anterior se debe a que estamos hablando de anoche en Madrid, pero igualmente podríamos estar haciéndolo de Barcelona el pasado viernes o de Milán el martes próximo, porque el repertorio es inmutable. No puede ser de otra forma, en realidad, por la misma concepción teatral del espectáculo: todo está calculado al milímetro, empezando por la escenografía y la luminotecnia. Cada músico sabe cuándo es su momento de brillar, y dónde tiene que colocarse para que las luces le engrandezcan y los cámaras pillen su mejor ángulo. Sobre las cabezas de la orquesta rotan sobre sí mismas unas enormes pantallas de LED que, cuando se colocan en horizontal, parecen un ominoso yunque gigante a punto de aplastar al Coyote.
Sting exhibió en Madrid una voz espléndida, sin aparente mella por los años de giras. No hubo forma de captar su imagen más icónica, pues no cogió el bajo en ningún momento, pero se colgó guitarras eléctricas y acústicas en varias ocasiones; y con frecuencia aporreó (más que tocó) una pandereta al alcance de su mano.
Lo mejor de todo es que, aparte de presentar cada canción en un potable castellano, también las interpretaba. Lejos quedan los tiempos de Quadrophenia o Dune, pero Sting no ha perdido talento dramático y sabe cómo representar visualmente los argumentos de sus canciones. Un ejemplo fue su mímica de violinista mientras una pareja bailaba un agarrado durante When we dance (aunque es difícil derrotar a Juan Tamariz en ese campo); o su mirada acero azul al pretender ser un vampiro durante Moon over Bourbon Street, con la sombra del Nosferatu de Murnau proyectada tras él en las pantallas.
Rivalizaron con Sting por la atención del público una corista recién salida de 1990, en su aspecto y actitud; y el sobreactuado director italiano Steven Mercurio. Tampoco los músicos se libraron de tener que interpretar: los rockeros marcándose un baile tipo Coyote Dax durante This cowboy song, y los más clásicos haciendo la ola durante She´s too good for me, el primer tema de rockabilly sinfónico de la historia.
Every breath you take fue, como siempre, el cénit del espectáculo, aunque su encarnación actual no mejora la primigenia (¿cómo podría?). Un cuarto de hora después concluían los bises con I was brought to my senses cantada a capella por Sting. Los 165 minutos de concierto (descanso incluido) habían sido toda una orgía para los fans acérrimos, y casi un empacho para los espectadores casuales; pero dejaron claro que Sting no viene nunca a dar gato por liebre.
Una crónica de infrecuente calidad literaria, sí señor. Casi tan buenas como las de Fernando Neira o Diego Manrique en El País.
Muy buena crónica. Leyéndola casi me ha parecido que estaba allí.
Montando a caballo con la protagonista de la exitosa 'Los juegos del hambre', descubrimos cómo esta sencilla chica de pueblo ha llegado a convertirse en la actriz joven más cool en Hollywood, en una entrevista realizada por Josh Eells. Por Rolling...

08.05.2012
Shuarma, tranquilo y confiado, se atrevió a interpretar 'Elixir de juventud', tema del fallecido cantante madrileño, justo cuando está a punt de cumplirse el tercer aniversario de su muerte. Por Rolling Stone
