Un verdadero moderno celebra tener miopía.
Ni los modernos quieren ser modernos. Las personas más modernas que conozco (ropa de segunda mano traída de Londres, consumidores de la revista Vice, postgraduados en el Instituto Europeo de Diseño o amantes de Los Punsetes y las gafas de pasta) se refieren a sus similares con un descarado desprecio: “Bah, ese un moderno”. Yo miro a uno, miro al otro y no doy crédito. “Pero si es igual que tú”, pienso. Y no digo nada. No es inteligente enemistarse con los modernos: son ellos quiénes consiguen que te pongan en la lista de entrada de las fiestas más modernas, quiénes conocen a un decorador divino que te hace un precio aún más divino por apañarte el minipiso que te acabas de comprar con la inestimable ayuda de tus padres o quiénes se enteran de cuándo y dónde se puede comprar un bolso de Prada por una cuarta parte de su precio real. Pero, ojo, que ellos no son modernos. Los entiendo: autoproclamarse moderno en los tiempos que corren es un ejercicio kamikaze, como si Jorge Javier Vázquez se diera una vuelta por la Real Academia de las Artes con Belén Esteban de la mano. Un despropósito. Para conocer el alcance real del odio que generan los modernos allá donde pisan, sólo hay que echar un ojo a los grupos de Facebook, ese cosmos virtual que se está zampando a dentelladas la vida real que en algún momento todos tuvimos. Expongo algunos grupos al azar:
- Modernos a los que no le gustaba el pescado y ahora se lo comen crudo.
- Modernos que escuchan grupos que todavía no existen.
- Modernos que usan camisetas de Los Ramones sin saber que es un grupo.
- Modernos que se masturban viendo pelis de la nouvelle vague.
- Modernos que sólo se lo pasan bien para hacerse la foto en Tillate.
- Yo también culpo a los modernos de mi falta de confianza en las personas.
- Modernos que pagan 50 euros por un Casio que valía mil pesetas.
- Modernito por fuera, mongolito por dentro.
- Modernos cuya apariencia vintage induce a pensar que viven en la mendicidad.
Hace unos días, el suplemento de El País, el EP3, publicaba un artículo del periodista Xavi Sancho titulado “¿Está pasado ser moderno?”, en el que resultan especialmente interesantes las declaraciones de Mark Greif, editor de la revista n+1 y coordinador del libro What was the hipster? (¿Qué era el moderno?): “El odio que se pueda sentir [hacia los modernos] tiene que ver con elementos más allá de su apariencia. Los modernos han sido las tropas de choque de la gentrificación [el aburguesamiento], son los hijos del neoliberalismo, de la victoria definitiva de la sociedad de consumo. En su comunidad hay más coolhunters y diseñadores que músicos y poetas”. En resumidas cuentas, que modernidad es igual a frivolidad, y a todos nos gusta dárnoslas de profundos, sobre todo para ligar, que sospecho que es la razón postrera por la que un adolescente más bien feúcho decide pasarse al lado oscuro (o moderno) y dejarse crecer el bigotillo a lo Adolf Hitler. Porque seamos sinceras: ¿alguien ha visto alguna vez a un tío bueno, de los de verdad, en un garito de modernos? Ni de coña.
Me quedo con el de "Modernos que escuchan grupos que todavía no existen". Es imposible competir con ellos en ese campo, siempre te quedas atrás. Pues nada, en su honor voy a ponerme un disco de Miguel Ríos.
joer... es cierto, yo llevo pitillos y soy bastante feo. ¿Porqué nos da tanta rabia que existan otras personas que sean tan modernas? ¿Por el simple hecho de ser modernas? ¿Acaso nos da rabia que a priori (y sólo a priori) parezcan más interesantes dentro de un mundo elitista y snob? Aunq Leonor tiene bastante de razón, un desprecio o rechazo foribundo hacia "algo" aveces suele implicar una cierta envidia frustrada. No quieres ser como ellos (xq en el fondo te crees por encima) pero te fastidia que sean así.
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