Hoy me he ido al Lincoln Center Square, un paraíso para los amantes de las artes escénicas, la ópera, el ballet, el cine, etc. Se inauguraba el NY Asian Film Festival y fui a ver Live Tape un documental que sigue los pasos de Kenta Maeno, el Bob Dylan de Japón por las calles de Tokio.
Un hora viendo a un nipón tocando una canción tras otra sin parar de caminar por la ciudad con el pelo alborotado, oculto tras unas gafas negras y copiando a Dylan literalmente. Sinceramente, me esperaba otra cosa. Al menos estaba subtitulado pero aquello, con todos mis respetos, era infumable y para colmo la sorpresa justo después de la película era la actuación del tipo. No pude aguantarlo, encima de tragarme más de doce temas, ahora volverlos a escuchar en directo. A la primera canción salí por patas de allí.
Me apetecía escuchar buena música, así que fui en busca de mi objetivo. Cogí el metro y me recorrí Battery Park, suele haber muchos conciertos por allí.
A medida que iba caminando la música se oía cada vez más cerca y fui tras ella como quien sigue el olor de una pizza recién hecha. Llegué al Wagner Park y mi sorpresa fue encontrarme un concierto de blues del bueno, pero del bueno de verdad. ¡Era John Hammond! !Uno de los grandes! ¡Un bluesman auténtico!
Pedazo de concierto que se marcó con su banda. Los tíos rozarían los 60 y están muy en forma todavía. Fue terminar y acercarme sin dudarlo a Hammond para hacerme una foto con él. Le dije, “Hey John, mi padre habría disfrutado mucho con tu concierto. El me enseñó lo que es el blues”.
Me preguntó de donde era y le dije que de España.”I love Spain” me dijo. Un tío simpático.
Sí señor, mi padre es un verdadero bluesman, dale una harmónica y te ameniza la fiesta y si se junta con mi tío Sergio ya ni te cuento, coge la guitarra y se marcan un bluesgrass en un momento, qué grandes. Siempre han vivido mucho la música, de hecho, pusieron un bar que se llamaba El Radio en Sevilla, cerca de la Alfalfa, y llegó a ser el bar más famoso de la zona porque ponían buena música los 60, 70… Los espontáneos se arrancaban a tocar con su guitarra cantaban una canciones mientra bebían cerveza bien fría. Hablo de hace más de 15 años. Al final lo tuvieron que cerrar, se formaban buenas allí. Siempre me cuentan historias del legendario bar “El Radio”.
Desde muy pequeña, mi padre me inculcó la música. Gran parte de la cultura musical que tengo es gracias a él y a mi madre, otra gran melómana. El ambiente en casa era muy musical.
En cada momento especial, si sabes adornarlo con la música exacta, lo haces más especial todavía, y de eso ellos saben mucho.
Aún con el ritmo en el cuerpo, seguí caminando hasta llegar a otro parque un poco más lejos, el Rockefeller Park. Había otro concierto, el de Beth Orton, una cantautora de folk inglesa.
El ambiente era mágico. Todo el mundo tumbado en el césped viendo el concierto junto al río Hudson y el sol poniéndose. Una maravilla.
Para alguien que se dedique a hacer canciones, esto es un paraíso. No hace falta buscar demasiado, todo en esta ciudad es inspirador.
La música forma parte de esta ciudad, fluye por sus calles, la impregna y adorna y la hace una urbe aun más interesante. De Nueva York han surgido corrientes y estilos musicales buenísimos, artistas y bandas geniales. La influencia y cultura musical aquí es brutal y se aprende mucho. El circuito de conciertos es interminable, garitos y salas por todos sitios con una extensa programación.
Vayas por donde vayas alguien está tocando en cualquier esquina o calle, en el metro, en los parques o en los bares. Lo mejor es que aún no he visto a nadie mediocre cantando y tocando, hay mucho talento en este sitio.
Me llama la atención la conexión público-artista. Ambos hacen muy bien lo que tienen que hacer, el público escucha atento, sabe escuchar y el músico se deja la piel en el escenario. Se nota la formación tan impecable de la mayoría de ellos. Artistas completos en todos los sentidos. El respeto a la música y al artista aquí es muy diferente.
Al terminar el concierto me di media vuelta y me fui por donde vine. Un paseo disfrutando de la buena temperatura, por fin, que hacía.
Llegué hasta el punto más al sur de Manhattan, mi sorpresa fue encontrarme con gigantescas grúas que trabajaban para levantar el nuevo edificio justo donde lideraban la ciudad las Torres Gemelas (Twin Towers). Es aterrador pasar por el World Trade Center e imaginar el caos que se llegó a producir ese terrible día. Joder, casi 3000 personas fallecieron. Justo enfrente había un pequeño y antiguo cementerio delante de una iglesia muy pequeña. La escena era de lo más irónica y sobrecogedora. En fin.. Me quedé absorta en mis pensamientos y seguí caminando. Era de noche, las calles estaban desiertas en Wall Street. Cogí el metro y me fui a casa.
Al día siguiente quedé con mi profesor de inglés, Louis, en la 72, en la zona media oeste de Manhattan en una cafetería al lado de Central Park y me dijo, “¿Sabes que es lo que tienes delante?”., Le dije que no. “Es el edificio Dakota donde vivió John Lennon con Yoko Ono hasta que lo asesinaron unas calles más allá”. Me quedé a cuadros cuando me dijo eso y me recorrió otra extraña sensación por el cuerpo.
De ahí fui a ver dos conciertos, el grupo punk Woven Bones y los Beach Fossils que no me convencieron demasiado.
Otro sitio al aire libre lleno hasta reventar. El Seaport es un muelle enorme que está casi pegado al puente de Brooklyn. Al lado está South Street donde abren el mercado de pescado desde las once hasta las cuatro de la madrugada. Me encanta ir por esa zona, es muy auténtica, el mercado lleva abierto desde 1807 hasta hoy.
Qué de sensaciones me llevo a casa esta noche.
Ayer conocí y pude cruzar unas cuantas palabras con una leyenda del blues, un lujo que me pude permitir.
Las leyendas por muy grandes y aparentemente inquebrantables que sean, también son invulnerables. Lo que jamás podrán dañar será el recuerdo que cada una de ellas ha dejado de por vida en nuestros corazones.
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