Mis expectativas con respecto a Nueva York se van estirando cada vez más, como sigan creciendo no se que voy a hacer, mudarme definitivamente es una opción que no descarto. Pero por otra parte están los casi 12 años que llevo en mi adorada Madrid, nuestra relación es como la de un matrimonio acostumbrado a estar juntos y con muchos hijos, aunque, como muchas parejas suelen hacer, se separan, vuelan solos de nuevo, ven el percal que hay por ahí un tiempo y luego vuelven a sus nidos. También hay otras que se reconcilian con su olvidada soltería o los infieles que juegan a dos bandas, viviendo a caballo entre dos mundos. En fin, que no es mala idea despegarme de la capital un tiempo.
Me vine a Madrid con la mayoría de edad recién cumplida, eso fue en 1998, se dice pronto, doce años ya, parece increíble. En todo ese tiempo han pasado muchas cosas, muchas ilusiones, desilusiones, gente que pasa por tu vida, unos se quedan, otros se van, proyectos, momentos en los que uno madura a pasos agigantados y otros en los que uno se queda estancado, emprender una vida independiente, descubrir lo que se quiere hacer en la vida, conocerse a uno mismo durante años hasta llegar a una edad en la que las cosas cobran una claridad impensable hace tiempo... En fin, media vida en Madrid bien aprovechada en su gran mayoría.
Y ahora, le toca el turno a esta otra ciudad. Cada vez me siento más cómoda, siento como si llevase mucho tiempo aquí, es curioso.
Madrid y Nueva York comparten, bajo mi punto de vista, muchas similitudes. Por ejemplo: la vida que hay en las calles es frenética como en Gran Vía y Broadway, los barrios más alternativos de Madrid como Chueca, La Latina o Malasaña y los neoyorkinos, Greenwich Village, East Village y Soho también se parecen, llenos de tiendas de nuevos diseñadores, locales de música indie, restaurantes de diferentes estilos y menús elaborados y creativos... La luz que ambas desprenden son diferentes e iguales al mismo tiempo. Madrid es blanca y NY oscura, por el tipo de edificios y como están levantados, pero las dos brillan, son alegres y te hacen sentir libre paseando por cualquiera de sus rincones.
Hace mucho tiempo que quise venir a Nueva York a vivir una temporada y hasta ahora no he encontrado el momento justo para hacerlo. Las cosas no hay que forzarlas, simplemente esperar a que se presenten por sí solas y atacar con un buen y estratégico plan para sacarle el máximo partido.
Y en eso mismo estoy. Lo fui posponiendo hasta que todo se unió en el punto favorable.
Otro viaje que tengo pendiente, sonará muy típico, es el de coger una moto y tirar por la The Mother Road (ruta 66), desde Chicago hasta el oeste (Santa Mónica-Los Angeles), 2500 millas de aventura parando en moteles de carretera con colegas en la misma onda y haciendo paradas nocturnas en sitios perdidos para tocar la guitarra, emborracharse y ver el amanecer entre las montañas, tiene que ser muy interesante, muy de película de rock. Se de algunos que lo han hecho y cuentan maravillas.
Algo parecido hice en Los Angeles-California, nos fuimos un grupo de gente hacia Malibú al oeste de Santa Mónica, un viaje que puedes hacer conduciendo por la costa pero preferimos subir y volver a bajar cruzando las montañas para llegar a un local en la misma playa muy auténtico, el Neptune´s, ambiente motero, música en vivo, chupas de cuero y verdadera actitud rock. Había una congregación de gente que venía viajando desde diferentes puntos para tomarse un cerveza bien fría y comer una hamburguesa triple americana aprovechando para hacer un alto en el camino.
Unos iban en moto y los demás nos cogimos un jeep. Los Eagles of Death Metal sonaron a todo volumen durante la travesía, que buen rollo. Cada vez que escucho I only want you, Flames go higher o Stuck in the metal recuerdo ese cálido día de febrero yendo hacia la playa de Malibú tras las montañas.
Hay tantas cosas divertidas que hacer cuando uno se siente libre y lleno de energía... Eso no tiene precio. Y ahora en Nueva York vuelvo a sentirme más libre que nunca. Ir hacia un país tan grande, lleno de oportunidades, de gente interesante, de experiencias inolvidables, ¡joder eso es felicidad! Tu guitarra, tu ilusión y tu maleta vacía para llenarla de cosas bonitas, siempre hay tiempo de ir llenándola para volver a casa, vaciarla y escaparte de nuevo en busca de más vivencias.
Y una de ellas fue hace unos días. Compré una entrada para ir a ver a John Mayer en directo. Llegar al lugar donde se celebraba el concierto fue toda una odisea.
Me imaginé que sería en Manhattan o alrededores pero no, el sitio estaba donde Jesucristo perdió la zapatilla. Más concretamente en en Jones Beach, una isla bastante alejada de Nueva York. Así que me fui a Penn Station para comprar los billetes de tren y autobús. Esperando en la cola de la taquilla casi me roban la cartera, menos mal que me dí cuenta, llamé a un poli que no andaba lejos y se fue tras el colega, vaya tela... Por fin subí al tren, me esperaba una hora de camino atravesando Long Island para llegar a una estación perdida de la mano de Dios, me recomendaron que en la estación tuviera cuidado y lo que tuve fue suerte porque el autobús no tardó en llegar. Otros 20 minutos recorriendo una zona bastante extraña y luego una carretera comarcal muy estrecha que atravesaba el mar. Cuando me dí cuenta estaba en la playa. Vaya sitio que me encontré, menudas playas hay allí. Serían las 2 de la tarde, me tumbé durante horas bajo el sol lejos del mundanal ruido de la ciudad. Prácticamente la playa era mía, ni un alma, únicamente me acompañaban centenares de gaviotas enormes recostadas cómodamente en la orilla. Estaba prohibido bañarse porque el mar estaba revuelto pero me daba igual, yo estaba allí disfrutando como nadie.
Justo detrás, al otro lado de la carretera, el Nikon Jones Beach Theatre, un anfiteatro gigantesco donde unas cuantas horas más tarde estaría tocando el señor Mayer y su banda.
Se iba acercando la hora. Me fui hacia allá, estaba hasta arriba de gente. El grupo de San Francisco Train fueron los encargados de abrir el concierto y sobre las 9 el niño prodigio cogió su guitarra y se marcó una intro de lo más potente. ¡Conciertazo! De los mejores que he visto en cuanto a sonido, éste, el de Muse en Madrid en el Palacio de los Deportes y el de Bruce Springteen en La Peineta de Madrid en plena gira The Rising, así da gusto.
Este tipo es un showman. Un Mayer ojeroso, despeinado y ataviado con unos pantalones de cuadros haciendo chistes y metiéndose como nadie a la gente en el bolsillo. Momentazo cuando se marcó una versión reggae de Ain´t no Sunshine de Bill Withers con metales, preciosa. Y cuando arrojó su guitarra al suelo, se arrodilló ante ella y la hizo sonar durante más de cinco minutos, un solo de guitarra desesperado que dejó al público con la boca abierta.
El concierto duró más de dos horas. Justo antes de terminar la última canción salí de allí pitando hacia la parada de taxis, no había servicio de buses esa noche y suerte si pillabas un taxi para volver porque había muy pocos. El taxista no me quiso llevar si no iba con más gente. Así que lo compartí con un chico y una pareja. Cogimos el tren de vuelta a la ciudad.
El chico que venía en el taxi resultó ser un músico de Monterrey-Mexico que lleva 3 años viviendo en NY en Harlem y nos tiramos todo el camino charlando de música y de nuestras experiencias.
Un día interesante. Terminé echa polvo pero feliz y satisfecha.
Algo muy bonito que he leído:
"La vida no se mide por el número de veces que respiramos, sino por los lugares e instantes que nos quitan la respiración"
Buenas noches.
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