Tengo un amigo al que admiro mucho, por lo sabio y sensible que es y por lo bien que piensa. Tal vez esto tenga una explicación directa: no es español y, además, ha leído mucho. Viajando a visitarlo, me enseñó aspectos muy valiosos de las mujeres, como “tiene un buen lejos” (fundamental para miopes y desprevenidos que confunden una foto arty en Facebook o Badoo con un cuerpazo), “es una estrella de mar” (la descripción más descarnada que he oído nunca sobre la pasividad sexual de una hembra) o “ya me las hice peores y pagando” (si esto no se entiende, prueben aquí). Además, también me hizo percatarme, por empatía directa, a no pasear nunca por el barrio de tu novia extranjera abrazado a un ligue (aunque ella esté en otro país, la calle tiene ojos y sigue siendo la red social por excelencia). Qué grandes amigos tiene uno.
Hace unos días, se me apareció a las tantas de la noche en Skype, mientras yo me entregaba a la profundidad filosófica de tender calzoncillos y su voz resonaba fuerte en la madrugada silenciosa de mi apartamento. Algún vecino dio unos toques en la pared mientras ambos reíamos en el clímax de la videoconferencia. Capullos. Cuando me escuchan follar, ninguno protesta.
Resulta que se ha echado novia. Y está feliz. Antes de explicarme quién era, cómo la había conocido o de qué tono tenía la aureola del pezón, recurrió a una teoría nueva: “Hay dos tipos de mujeres –dijo muy serio-, las que saben cómo masturbarse y las que no. Las primeras son más independientes y dan menos guerra”. Cuando acabó de soltarlo, se quedó con el gesto muy muy serio, como quien revela un secreto importantísimo. Soberbio. Después, claro está, me envió fotos por chat de su nueva presa y me contó cómo se lo había “comido” tal fiera sexual. Porque fue ella. Y no al revés.
Esa noche, tardé en dormirme analizando tan magistral teoría. Y, en vez de contar ovejas (que nunca son blancas, sino amarillentas y huelen fatal), me dediqué a filtrar mentalmente mis conquistas recientes por su hipótesis del onanismo y la autonomía. Tras una criba de algunas docenas de docenas que han visitado el catre, el cesto de las pedorras estaba lleno y sólo unas cuantas en el de las que conocen su cuerpo y saben dejarte en paz. Entonces, ¿por qué razón las dejaría escapar?, me pregunté. Totalmente desvelado, repasé SMS’s y emails antiquísimos que tengo guardados en algún clúster de un viejo disco duro. Y la autoestima, que es analógica, me dio la mejor respuesta: “Ellas sabían bien cómo masturbarse, pero no qué hacer contigo”.
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Peta-bytes es la alquimia entre chips y feromonas, cibercultura y sexo, la nube y la entrepierna. Para eso hemos sacado de la cama a Tecnácrata -un canalla al que todavía le contestan los whatsapp- y le hemos cambiado a sus mujeres por un iPad. Dice que lo va "a contar todo". Pobrecillo. La gente, a veces, dice unas chorradas impresionantes...
Tecnácrata

01.04.2013
El grupo es el ganador de la VI edición del Termómetro RS
