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“¿Cómo te llamabas? Encantada de follarte”

Con los años, Tecnácrata ha pasado de ser un canalla integral a desarrollar cierta capacidad de reflexión. Tampoco demasiada, no os vayáis a pensar. Hoy nos cuenta su truco para un lifting de la autoestima erótica: una Lolita 2.0. Por Tecnácrata.

“¿Cómo te llamabas? Encantada de follarte”

Cuando uno empieza a ser viejuno, las resacas duran el doble y las canas en la entrepierna dejan de ser señales divertidas de un cuerpo la mar de majo para pasar a ser lo que son: síntomas certeros de decrepitud, que a esto de la vida venimos a morir. Pero eso ya lo sabemos todos. Así que, dediquémonos a morir, pero viviendo. Y, si podemos, derramándonos por todos los cuerpos que podamos. Cien. Mil. Millones. Todos. Derramémonos como cirios pascuales correteando por piernas, tetas y barrigas. Éa. Porque remedios para la melancolía viejunista hay muchos, como hacerte con el set completo de accesorios para la Wii, enfundarte unas zapatillas del Decathlon y unirse a la secta de los corredores de parques o volverse loco con el botón “cómpralo ya” surfeando fricadas en eBay. Quita, quita. El mejor que he encontrado hasta ahora es liarte con una buenorrilla joven a quien casi doblas la edad. ¿Viejunismo? Esto es un jodido premio, creedme.

Me pasó sin buscarlo, porque en muchos de los afters en donde terminan mis huesos abreva mucha juventud (y más que abrevará, obvio). Estábamos tan etílicamente amorosos que se vino al catre sin preguntarme siquiera el nombre. Ni yo el suyo. Cuando por fin nos hablamos, varios asaltos después y con un sol polaco, escondido detrás de un cielo de nubes, los dos entrelazamos sonrisas de instituto. Para coger no hace falta saber los nombres. Ni hablar mucho. Los perros tampoco lo hacen. Eso sí, hay otros perros que, viendo que la adolescente tiene el mismo smartphone que tú, le deja el suyo y le dice: “mira, ya sabes cómo funciona este cacharro, así que toma, apúntame aquí tu nombre y tu teléfono y sabré quién eres y cómo localizarte”. Eso hice y, un día más tarde, la agregué a Facebook (por fortuna, compaginaba el país de Zuckerberg con el clásico Tuenti de los adolescentes). Me aceptó en seguida, llamándome “pederasta” cuando descubrió mi edad real en la información de mi cuenta. Sincero que es uno, y no como muchas folclóricas de mi generación, que se creen más poetas por no revelar el año en el que salieron de sus calentitas vaginas maternas. En fin. Que me encantó el tono erótico de aquel “pederasta”. A ella le ponía y a mí me ponía ella. Así que siguió visitando el catre una buena temporada, para mi regocijo propio, el de mis vecinos y el de España entera.

Lo realmente novedoso de compartir sábanas, líquidos y espasmos con quien podría ser tu hija no es el hecho de que te haga la “baticao” en modo turbo y sin despeinarse, ni que en su mundo referencial Barcelona ’92 sea la edad del Bronce, ni que te diga que no puede quedar esta tarde “porque tiene que hacer deberes”. No, no es nada de eso. Uno se entrega al bombeo más feliz que un ocho, porque las cosas de los cuerpos las entienden los cuerpos y no las mentes. Y resbala muy mucho el que te acabe de preguntar, mirándote como a un abuelo, si “alguna vez has probado” tal o cual sustancia. Ella es una inquilina más del catre, aunque venga de pegar un chicle en la mesa de la facultad y tenga que volver a casa de sus padres antes de las doce. Lo brutalmente galáctico es todo lo que han aprendido estas generaciones viendo YouPorn a la vez que Bob Esponja y la madurez sexual que demuestran sabiendo exactamente lo que quieren (y lo que a ti te gusta, papi). Ahí es . Lo que algunos aprendimos en años, ellos lo pillaron en un par de tweets. Sin ir más lejos, sólo el cómo se enviaba a sí misma a través de todo el arco iris multimedia para poner palote al carroza que se está haciendo, deja tus antiguos experimentos de sexo y videocámara VHS a la altura del betún, escandalizando tu lado más bizarro. Y al loro de enseñarle a tu madre en el móvil las fotos de tus vacaciones, que puede aparecer un vídeo de una Lolita 2.0 tan burro como para desheredarte automáticamente. Sexualmente, los nativos digitales son unos pérfidos. Bendito mundo digital, lleno de mentiras y sexo.

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08.06.2012 | sin comentarios
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BLOGUEROS RS

Sobre el blog

Peta-bytes es la alquimia entre chips y feromonas, cibercultura y sexo, la nube y la entrepierna. Para eso hemos sacado de la cama a Tecnácrata -un canalla al que todavía le contestan los whatsapp- y le hemos cambiado a sus mujeres por un iPad. Dice que lo va "a contar todo". Pobrecillo. La gente, a veces, dice unas chorradas impresionantes...

Sobre el autor

Tecnácrata Tecnácrata
Tecnácrata es un estoico contemporáneo. Nunca quiso ser periodista y tampoco le preguntaron si quería nacer. Le gustan las mujeres, el vino y la vida digital tanto como a Julio Iglesias el bótox y la viagra.
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