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Cómo follar sin palabras

Tecnácrata se ha desparramado por todas las redes sociales, pero nunca creyó que Twitter o Instagram encerrasen un orgasmo en la esquina. Un camarada lisérgico le ha enseñado que sí. Envidia cochina. Por Tecnácrata

Cómo follar sin palabras

A estas alturas del partido, ninguno de nosotros necesita ver a un moderno en streaming diciendo que las redes sociales son la nueva expresión de un yo inventado y extraño que teje una existencia virtual paralela para autorrealizarse en comunidad. Todos mentimos, hermanos de las redes sociales, la notificación y el WhatsApp. Y a todos nos da una rascadita al ego cuando nuestras cuentas suben en followers o un comentario absurdo se llena de “me gustas”.

Sigamos el discurso con otra verdad “verdadera”: utilizamos Facebook para follar. Y quien no, o está muy solo, o es un lerdo en sociabilidad 2.0 o es un voyeur reprimido. Amanecemos a las redes sociales con el sueño larvado de un coito en la distancia, como salimos de copas con la ilusión solapada de que una vida mejor se puede cruzar en esta agonía cotidiana que algunos llaman existencia y algunos entendemos como una broma larga y amarga.

 

Y, tras dos enunciados, una conclusión, como rezan los manuales de buena literatura: Lo que no sabíamos, algunos iletrados como yo, es que podemos follar sin hablar. Podemos llegar al catre a espasmos de jpeg, con nuestro móvil como única herramienta de flirteo. Y no, no hablo de Badoo, no soy tan previsiblemente soez (viva Badoo y sus flacas ¿eh?), estoy hablando de Instagram.

Sí, de Instagram, esa red social silenciosa por la que el curilla Zuckerberg pagó cientos de millones de dollars. Esa red social que es como un Flickr tuiterizado en el que cualquiera apunta a un pedazo de realidad con su cámara y la filtra por sus maravillosos plug-ins retro, convirtiendo la mierda en una poesía de autor. Una democratización del talento que puede ser utilizada también para lubricar a alguna seguidora anónima y ligera de cascos (sí, cuánto machismo en esta España peperiana, no me lo tengáis en cuenta).

Lo que voy a contaros no es de mi cosecha feromónica, ya me gustaría. Le pasó a un amigo con el que he compartido amaneceres, risas y billetes enrollados. El tipo, que es flaco como una aguja y más largo que un día sin Youporn, se metió en Instagram a lo bestia después de que una pelada lo mandase al carajo. Pobrecilla ella. Y, con su perfil abierto y sus fotos en formato medio en las que retrataba un hedonismo inteligente, comenzó a “aceptar” a seguidores de todo calibre. Todos cabían en esa cuenta integradora y canalla ¿he dicho canalla? Lo subrayo. Canalla. Largamente canalla, como él.

A los pocos días, UNA follower comenzó a darle al “me gusta” de todas sus fotos, a dejar un rastro de comentarios (interesados) para después enviarle una solicitud a Facebook, donde la partida se juega de verdad. Mi colega, que no es manco, investigó su cuenta oliendo cada rincón de sus fotografías como un perro en celo y descubrió que tenían amigos en común. Como siempre, el chat hizo su magia. Estaba cerca, había interés digital (ergo, animal) y le dio el móvil a la primera. ¿Qué pensar? “Gracias Instagram. Este instante digital equivale a un orgasmo”, debió pensar mi colega (que espero por Zeus que no lea estas líneas, ya que esta es una historia robada a golpe de chat y baño; chat y baño, maravilloso maridaje…).

Total, para no aburriros: Recordad que ambos pelados no se conocían y que, con todos los canales multimedia abiertos, ella soltó un “¿Qué tal niño? Estoy hecha polvo de la espalda”. El flaco, que como yo es impulsivo, neurótico, vicioso y hedonista, se ofreció para un masaje sin pensarlo dos veces. Tres líneas más de hipertexto y estaba conduciendo hasta su casa, pensando en si hacía bien, si todo sería un lío, si se trataba de una psicópata con fotos de perfil falsas… Me contó después que le abrió la puerta “en un mono corto en el que se intuía que no llevaba nada debajo”. Y lo demás es historia. Bombeos como la vida misma, de esos que zarandean al ser humano desde su ligazón intrínseca al ser y mueven el catre en busca de una respuesta aristotélica al ejercicio de estar vivos, derramándose después como un cirio Pascual (quien diga que el sentido de la vida es otro es un triste, un posibilista o el último romántico sin pulsión de muerte). Hermanos, como un trozo de lefa flotando en el cosmos, nuestra existencia es ridícula, insignificante, vacía.

Como todas, le duró unas semanas hasta que le vino el síndrome de la mesilla de noche, ese impulso tan común al que yo me he atrevido a describir. Me lo contó todo con pelos y señales mientras me pedía el número de teléfono de un camello.

Le escuché boquiabierto.

Le di una enhorabuena envidiosa.

Abrí mi cuenta de Instagram en busca de alguna follower generosa que me regalase comentarios y alguna visita al catre.

Qué líquida es la vida digital. Qué maravilla follar por jpeg.

¿Os he dicho que os quiero?

 

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25.07.2012 | 1 comentario
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Comentarios

Vic
25.07.2012 | 23:26
Vic

Un poco de ayuda para un grupo joven español de punk rock californiano: http://www.myspace.com/trastornodemencial http://www.youtube.com/watch?v=kFZAIvL0mRg

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BLOGUEROS RS

Sobre el blog

Peta-bytes es la alquimia entre chips y feromonas, cibercultura y sexo, la nube y la entrepierna. Para eso hemos sacado de la cama a Tecnácrata -un canalla al que todavía le contestan los whatsapp- y le hemos cambiado a sus mujeres por un iPad. Dice que lo va "a contar todo". Pobrecillo. La gente, a veces, dice unas chorradas impresionantes...

Sobre el autor

Tecnácrata Tecnácrata
Tecnácrata es un estoico contemporáneo. Nunca quiso ser periodista y tampoco le preguntaron si quería nacer. Le gustan las mujeres, el vino y la vida digital tanto como a Julio Iglesias el bótox y la viagra.
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