Sr. Chinarro se pierde en Ibiza.
Miro la tarjeta de embarque de Ryanair (ese folio codiciado por la muchedumbre), leo “IBIZA” y me siento vulgar y vacío, valga la redundancia. Enfrente una chica se está pensando algo, está nerviosa, me mira. Se acerca, se me acerca. Quiere una foto conmigo.
-Eres el de Chinarro, ¿no?
-Si no lo sabes tú...
-Perdona si te molesto -dice (como me dijo Jordi Évole: debe de ser un poco follonera).
-No, no es molestia. Es que no llevo la guitarra, y a veces me olvido de quien soy -(debí haber añadido que me siento desaparecer más aún cuando hago lo mismo que los demás. No voy a bailar, solo a ver a un amigo que huyó del sur de los ERES falsos).
En el avión hay una corriente festiva, aunque presurizada, de discoteca pobretona, de pueblo anárquico. Un chaval compra cigarrillos de mentira y pide fuego a la azafata menos fea.
Las calas deben de ser bonitas en invierno; en verano cuentan con menos granos de arena que individuos hormonados: todas y todos están dispuestos a pasar por las estrecheces del embudo por el que se deslizan las horas de que disponen para ligar. Nadie habla de otra cosa. Se supone que es la isla del amor. Al parecer es la de Abel Matutes, el teleñeco del PP que fue.
-Este lugar será como cualquier otro: el que liga, liga. El que no, a aliviarse como pueda -digo.
-Elemental -responde mi amigo Luis. Así da gusto.
Se me acerca una chica. ¿Eres Antonio Luque? He leído tu libro. Pongo cara de:
-“¿¿Las 512 páginas??”
Cambiamos unas frases. Me reconocen por la barba, así es, Luis. No, no es guapa, Luis. La amiga tampoco. Nos bañamos en el embarcadero. No hay medusas ni erizos: tras 41 veranos de decepciones, poco más pido.
Se pone el sol. Cesa por fin la expresión libre del chundachundismo ilustrado, del dopaje estéril, de la fiesta químicamente sostenible, del opio low cost: ponen Kyoto song de The Cure mientras el rayo verde asoma tímidamente. En el 96 fue un rayo, ahora es un punto, una abstracción hypática, de tortilleras liofilizadas.
Tratan de integrarme en una pandilla indescriptible. Uno es brasileño.
Lleva marcapaquetes (o fardahuevos, según comunidades) y camiseta de baloncesto. Está fuerte, tiene cierta edad pero se conserva, pelo y barba bien recortados (no como yo: no creo que escriba ni que necesite ser reconocido para nada). Habla de mujeres. Todo el tiempo. Sonríe o se ríe: no hay alternativa. La palabra follar siempre en la boca. Le llama la atención mi seriedad (por no llamarla tristeza) y se empeña en que participe de la conversación. Me pasan cervezas y pitillos. Bebo y fumo por no hacer el feo. Escribo una letra en el iPhone (sobre el rayo verde, otra vez: me siento un poco acabado, pero me consuelo: se me pasarán los efectos adversos de todas las decisiones mal tomadas, empezando por esta lucha inútil contra mi fobia social incipiente, que es la que me da de comer, a mí, profeta de lo sucedido en balde).
Se ha puesto el sol
Delante de España
Al otro lado
Los Barros y cañas
Que en la albufera
Acaban en fuego
Se ha puesto hasta el sol
Ese es el juego
A veces los coches
Caen por el acantilado
Se ve que no me conoces
Vi la puesta pasmado
Y lo juro de nuevo
El rayo verde
Haberte venido
Tu te lo pierdes
El coche no traje
Iría nadando
Un pasito al fondo
Y cachondo expirando
Un pasito al fondo
Y el otro expirando
Inspirado expirando
Inspirado expirando
El chundachundismo vuelve por sus desafueros, ciega cualquier ojo de buey, inunda camarotes en los glass bottom boats. El brasileño se acerca como una pantera a un grupo de cuatro muchachas y un chaval que lleva una camiseta del Betis y la litrona a juego. Ellas son demasiado jóvenes para él, y sevillanas. La pantera les acerca la cara. Para mi sorpresa, ni el chaval se indigna con la intromisión ni las chicas hacen otra cosa que reír las gracias. El brasileño tiene arte y palique, más que el sevillano, mucho más. Al rato vuelve. Sigue con la palabra mágica. Follar y follar. Le pregunto:
-Se ve que se te da bien. ¿A cuántas te habrás follado en tu vida?
-No las cuento, hombre.
-Nadie lo hace. Pero, ¿más o menos?
-No sé. Novecientas, o mil. No sé.
Hago la cuenta mentalmente. Una a la semana desde el principio de sus tiempos. Tampoco es mucho. Creo que se ha quedado corto. Me coge de los pelos y me dice:
-A las mujeres hay que cogerlas así y decirles: “te quiero follaaaar” -medio gritando, medio susurrando.
-Podrías haber elegido a otro como muñeco para la demostración.
-Me caes bien -me dice. (Me doy cuenta de que tendré que escribir algo sobre este especimen).
Nos vamos a Sant Antoni. Mira por dónde (tendrás que volver solo). Pedimos hamburguesas y cerveza. En la mesa de enfrente hay tres chicas que nos miran. El brasileño dice:
-Observa, Antonio. Esto se hace así:
Se levanta, se sienta con las chicas (que comparten fresas con nata) y las hace sonreír al instante. Se pone en pie y me llama. Que vaya. ¿Yooo? Sí tú. ¿Que me siente allí con ellas? ¡Claro, hombre, ven!
Me pongo colorado, no sé dónde meterme. No tengo alternativa. Los que vienen con nosotros me miran, cómplices de las fechorías inocentes de... (Llamemos Cristiano al brasileño, por su afán amoroso.)
Me siento con las mujeres. ¡Cristiano se va y me deja solo con ellas! ¿Me cree capaz de andar con tres? ¡Si apenas puedo pasear a solas, me da corte! Son muy amables: no me echan a bolsazos de la mesa a pesar de que empiezo diciendo que formo parte de un experimento. ¡Seré gilipollas!
Las tres, a coro:
-¿Un experimento?
-Sí: todos lo estáis haciendo conmigo.
Pasado el pánico inicial, logro explicarme y charlar con ellas casi veinte minutos.
-¡Has aguantado mucho! -dice Luis cuando regreso: se ve que consideran a las mujeres como toros mecánicos que cabalgar. Fuerzas y mecanismos no les faltan, desde luego.
Un ingeniero de la industria petrolífera, joven y rico, se acerca a nosotros y nos ofrece su botella de vino. Por charlar en inglés un rato, me informo de los pormenores de su trabajo. Él estaba en el golfo de México cuando el desastre de BP. Se equivocaron con los tapones, básicamente. El chico va a casarse. Nos lleva a un bar y nos invita a un litro de Tequila Sunrise a cada uno. Bebemos. Nos lleva a una discoteca que es en verdad, en verdad de la buena, un bar en el que las mujeres se desnudan. Nunca había estado en uno. Quedo vivamente patidifuso. Como dice Luis: todas están más o menos buenas, pero siempre hay una que te vuelve loco. Bueno, yo no enloquezco, pero no entiendo qué hace ahí esa letona: parece perfecta. Algún defecto tendrá.
-¿Quieres un baile privado?
-¡Pero si no hay casi nadie aparte de nosotros!
Me mira con desprecio y se larga. Las putas no tienen modales, y rápidamente te consideran tacaño. Con estas premisas tenidas en cuenta he de indicar que el número de putas se hace preocupante. Otro colega le pregunta, intenta seducirla. Tiene novio la letona. No entiendo nada, ni quiero entender: ya he visto bastante, son demasiados veranos.
Nos vamos del lupanar, que ni siquiera es tal (al parecer, ni pagando se puede: a mí me da igual, jamás pagué: no soy Holden Caulfield, pero me dan lástima -por no dármela yo, intuyo-).
El tequila hace su efecto y Cristiano se pone a llorar. Tiene cuatro hijos en Brasil y tres en Ibiza. Su exmujer lo echó de casa y vive en una tienda de campaña. Tiene dos hernias de disco que le duelen al follar. Tener hernias de disco en Ibiza es, por otra parte, lógico: Don Abel Matutes te la mete hasta el fondo en el Space, que por lo que cuentan es suyo. Cristiano me enseña las fotos de sus hijos. Le cuento que tengo uno y que mi jaula no es mucho mayor que una tienda de campaña. Mal de muchos... Le digo que le ha dado a sus hijos lo mejor que podría darles: unos genes expansivos. Aquí se me ve el punto judío que me vio la letona, de nariz dulcemente aguileña. Que el diablo se la lleve.
Duermo mal. Resaca. Por fin logro hablar por teléfono con quien quería yo hablar.
-¿Estuviste con un brasileño? ¿Y te buscó chicas? ¡Mira qué bien, hombre! -tono de vivo reproche.
-Yo no quería. Era cosa suya. O hablabas de follar con él -y con los demás- o no hablabas. Tiene siete hijos. Acabó llorando. Buen tipo.
-Los brasileños son muy de dejar hijos por ahí.
-¿Ah, sí? Es de Bahía. ¿No es allí donde pasaste una temporada?
Vuelve a atardecer. Subo la cuesta. Unos niños me gritan: ¡BARBUDO! He llegado al castillo. Los barcos se van a Formentera. Dos chicas me preguntan si soy Antonio Luque. Me piden que las disculpe porque me han interrumpido la contemplación del paisaje. Entonces me acuerdo de Rimbaud, al que empecé a leer porque Luis me lo recomendó:
“La visión se ha encontrado en todos los aires.”
Y les digo a las dos mujeres, por ser amable, que mi plan es ir a un concierto de hip hop.
Hurra! I´m absolutely lost.
Nos vamos a San Antonio.
Pincha aquí para leer las entradas antiguas del blog de sexo de Sr. Chinarro,
Por un quítame allá esas pajas.
Más noticias, discos, conciertos y especiales en Rollingstone.es
http://www.youtube.com/watch?v=3xNWvwrGtjw
Por un quítame allá esas pajas, este y no otro es el título que ha escogido Sr. Chinarro para su nuevo blog sobre muejres y sexo (que se dice pronto). El cantautor, escritor (y a veces cascarrabias) Antonio Luque se empeñará en demostrarnos semanalmente que el verdadero rock and roll way of life es más fácil de encontrar en su anónimos personajes que en músicos con guitarra. ¿Le creemos?
Sr. ChinarroSr. Chinarro, músico sevillano de 41 años e icónico superviviente del indie español, acabo de publicar en un arranque de inspiración un nuevo disco doble, Menos samba (Mushroom Pillow), de 19 canciones, sólo un año después de Presidente (2011), que entró en nuestra lista de lo mejor del año. Pero no es lo único: además de este recién estrenado y bienavenido blog sobre sexo y mujeres, Por un quítame allá esas pajas, también ha publicado dos nuevos libros. Por unlado su primer novela, Exitus (El Aleph). Y por otro, un relato sobre su club de de toda la vida, el Betis, para una colección de la editorial Libros del K.O. sobre fútbol y literatura. Dicen que no puede parar de escribir.

01.04.2013
El grupo es el ganador de la VI edición del Termómetro RS
